Anne_
I killed Bukowski.
Es como si nada pudiese más conmigo,
porque no hay nada que pueda entrar donde estoy.
Me traje unos escalones viejos de concreto
de cuando me partí la cabeza en la escuela,
algunos oscureceres amarillos al fondo de la mar arrugada
en solfeos que nadie consideraría hermosos jamás,
y todas las agujas que levitaron esta caja aplastada
tragando espuma seca reventando las corneas contra las nubes
y los truenos de mi garganta fraccionada.
Pero quiero un último Walkman viejo frente a la catedral,
con las zapatillas cosidas y las pilas agonizando;
un último ahorro escolar para comprar audífonos baratos
y reventarme el alma contra el tráfico.
Cuando yo era la tierra hervida en tiras de melancolía
rechinando calles que jamás me acogieron
y gente que jamás me olvidó
porque nunca tuvo que recordarme.
Hasta esto, que, aunque sea,
un último sueño contigo rodeando la pileta,
toda opaca por tu respiración
que un día terminó siendo mi aullido distorsionado
entre bosques blancos y devoluciones de mi vientre
sostenido de paracetamol y veneno para rata,
tragando tu vergüenza por los rieles de mis alambres superiores.
Hasta esto, que, aunque sea,
una última piedra mal lanzada al mar,
y una moneda eterna para ver pasar las olas.
Estoy lista, solo una última taza de té,
para salir a dejar la basura, donde se deja la basura;
entre retazos de papel higiénico llenos de semen
y comida podrida.
Y tiene sentido,
¿Quién dejaría la basura, en una cómoda cama
de alguna apacible casa muda?
No, la basura suda en el concreto,
a la luz de las ratas deformes
y las chispas de patrulleros buscando donde orinar.
La basura se acurruca bajo puentes reciclados y allí,
allí es donde devuelve el alma por el culo,
allí es donde se sulfura y destaza los dientes
y las sobras apagadas de su inconsistente
y putrefacto aliento allí,
donde nadie se ofende,
porque el que es fácil de ofender, es fácil de engañar.
porque no hay nada que pueda entrar donde estoy.
Me traje unos escalones viejos de concreto
de cuando me partí la cabeza en la escuela,
algunos oscureceres amarillos al fondo de la mar arrugada
en solfeos que nadie consideraría hermosos jamás,
y todas las agujas que levitaron esta caja aplastada
tragando espuma seca reventando las corneas contra las nubes
y los truenos de mi garganta fraccionada.
Pero quiero un último Walkman viejo frente a la catedral,
con las zapatillas cosidas y las pilas agonizando;
un último ahorro escolar para comprar audífonos baratos
y reventarme el alma contra el tráfico.
Cuando yo era la tierra hervida en tiras de melancolía
rechinando calles que jamás me acogieron
y gente que jamás me olvidó
porque nunca tuvo que recordarme.
Hasta esto, que, aunque sea,
un último sueño contigo rodeando la pileta,
toda opaca por tu respiración
que un día terminó siendo mi aullido distorsionado
entre bosques blancos y devoluciones de mi vientre
sostenido de paracetamol y veneno para rata,
tragando tu vergüenza por los rieles de mis alambres superiores.
Hasta esto, que, aunque sea,
una última piedra mal lanzada al mar,
y una moneda eterna para ver pasar las olas.
Estoy lista, solo una última taza de té,
para salir a dejar la basura, donde se deja la basura;
entre retazos de papel higiénico llenos de semen
y comida podrida.
Y tiene sentido,
¿Quién dejaría la basura, en una cómoda cama
de alguna apacible casa muda?
No, la basura suda en el concreto,
a la luz de las ratas deformes
y las chispas de patrulleros buscando donde orinar.
La basura se acurruca bajo puentes reciclados y allí,
allí es donde devuelve el alma por el culo,
allí es donde se sulfura y destaza los dientes
y las sobras apagadas de su inconsistente
y putrefacto aliento allí,
donde nadie se ofende,
porque el que es fácil de ofender, es fácil de engañar.