Nunca le he escrito a un caballo, quizás porque nunca he montado uno. Dicen que son hermosos y seguramente es cierto. En Lorca y Alberti he encontrado caballos con jinetes muertos que se pierden en el mar. Cuando niño, me gustaba cuando el caballo tiraba al jinete y sentía que los caballitos del carrusel harían lo mismo con mi persona. A padre le gustaban los corridos de la Revolución que hablaban de caballos heroicos. El olor a uña quemada de cuando hierran a los caballos me provoca lo mismo que el olor de las peluquerías provocaba en Neruda cuando se cansaba de ser humano.
Por un principio ontológico -por no decir superstición- nunca montaré un cuaco, pero tomo prestado el tuyo -con tu anuencia, amiga Grace- para verlo trotar a buen paso en las praderas donde sueño la libertad.
Dejo abrazos, muchos, y mis mejores deseos, más.