Hotarubi
Poeta recién llegado
El cielo parecía extenderse hasta la orilla, reposando su cabeza en la arena.
Sus pulmones se llenaban de agua salada, mientras que los cabellos, formando ondas, acababan enredados entre los pies de algún enamorado que paseaba por la noche.
Toda la idea del mundo se desvanecía, en el parpadeo del faro. Su luz, dejándose caer por el agua, santificaba el instante, creando esa inocencia que se cree capaz de tener todo, de ser dueño de sus actos.
Entre esa quietud, una barca reposaba cerca del foco, donde un pescador se alzaba y se descolgaba con el movimiento de las olas. Fiero, arrastraba la red, dejando a salvo su presa.
Bastó un segundo, quizá menos, una medida de tiempo incontable, para que su mirada se acostumbrara a lo invisible y pudiera observar, que entre escamas y algas, unos mechones negros estaban revueltos.
Alarmado, tembloroso, se fue acercando, ¡Había un cuerpo!
Pero no, no era uno muerto, pues sorprendentemente, aquello empezó a incorporarse dejando entrever la figura de una mujer envuelta en un kimono de seda azul.
Parecía frágil, pero no lo era, y así la misericordia se descalzó para pisar la cabeza de la serpiente.
Ella le miraba desde arriba, ajena al sufrimiento...¿En qué momento nos separamos de la vida? Quizá, cuando nos dejamos llevar, cuando nos entregamos al vacío de unos ojos. Tal como hizo el pobre hombre, que se tiró a las pupilas del abismo. Anestesiado por la belleza, le hacía olvidar la soledad y el se convirtió en ello.
Cuando el amanecer separó el cielo del mar, la barca había quedado desterrada en el muelle del pueblo. El cazador había sido cazado.