kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
CRUENLANDIA
De pronto siento como una pringosa humedad atraviesa mis alpargatas.
Acabo de pisar un enorme helado de turrón con su montaña de toppings.
Un niño obeso de unos siete años con la cara llena de nata y mocos
llora, insulta y grita a su padre (todo a la vez)
mientras trata de limpiarse el rostro con sus propias manos.
Más que limpiarse yo diría que el chaval se golpea
igual que los pobres orangutanes en la jaula del zoo.
Su padre no le hace ni puto caso:
Anda voceando por sus AirPods maltratando a alguno de sus esclavos.
Agita con su mano derecha el móvil como haciendo el amago de tirarlo al suelo
mientras en la mano izquierda le chorrea el kétchup de un enorme perrito caliente.
El niño grita y grita y lo insulta.
¡¡Tiri tiri tiri!! Suena la sirena de una caseta de boletos anunciando al ganador.
¡¡Tiri tiri tiri!! Un señor sostiene un Toblerone de metro y medio y su familia lo jalea
mientras el resto de la gente lo observa con esa envidia terminal que linda con el asco.
Más de uno mataría por tener ese Toblerone (y no otro) en sus manos.
La montaña rusa más rápida del mundo cruza sobre mis hombros
con sus espantosos chillidos doppler descolgados en su estela.
—¿Quiere una foto con su familia?, se la muestran a la salida.
Avanzo a duras penas despegando el velcro de los toppings
que tengo incrustados en las suelas.
Frente a un McDonald’s abarrotado escucho a un joven cuñado
afirmar con solemnidad (animado por la circunspección de sus interlocutores)
que la hamburguesa es la misma en todos los establecimientos del mundo.
El niño obeso por momentos deja de gritar para coger fuerzas de nuevo
y masticar ansioso los restos que aún le quedan en la boca.
Hordas de adolescentes exhalan su histeria a la entrada de la montaña rusa
y a la salida vomitan literalmente el pantano de sus tripas
sobre sus flamantes modelitos de Zara.
Huele a una mezcla tibia de carne y batido de fresa.
¡¡Tiri tiri tiri!! —¿Quiere una foto con su familia?
¡El niño obeso ahora está contento!
Sostiene una gigantesca nube de azúcar a un palmo de su cara.
Su mirada es la de un puto lunático antes de acuchillar a su víctima.
Entiendo que al lector le parezca excesivo
todo este aquelarre de diversión, ¿verdad?
Podríamos cerrar estas líneas con que
nos vendría estupendo que la providencia cósmica
nos regalase un meteorito por navidad
para que así todo volviese a empezar de nuevo.
¡Pues va a ser que no!, demasiado nunca fue suficiente.
El ser humano siempre se supera en lo grotesco.
Y si no es capaz de ello, unas gaviotas drogodependientes
le harán el gran favor de seguir con la fiesta.
Asisto entonces a como unas gaviotas atacan a una de ellas
y la picotean sin piedad las alas, la cabeza y el vientre.
Trata de levantar el vuelo sobre un charco de chocolate,
pero ya no puede: se eleva una y otra vez y vuelve a caer.
Las plumas blancas se tiñen de sangre y caramelo
y el resto de la turbamulta sigue picando sin parar
consumando el linchamiento.
¡¡Tiri tiri tiri!! El padre del niño obeso se detiene por un instante
ante el fresco cadáver de la gaviota
y los labios le tiemblan de puro placer.
Y aprovechando el despiste de su orgasmo
una de las aves asesinas lo sobrevuela con inaudita precisión
y en un brillante tirabuzón le birla el perrito caliente.
¡¡Tiri tiri tiri!! —¿Quiere una foto con su familia?
Qué bellísimo
espectáculo.
Y ahora ya, si les apetece, añadan lo del meteorito.
Kalkbadan
San Sebastián, 4 de enero de 2022
De pronto siento como una pringosa humedad atraviesa mis alpargatas.
Acabo de pisar un enorme helado de turrón con su montaña de toppings.
Un niño obeso de unos siete años con la cara llena de nata y mocos
llora, insulta y grita a su padre (todo a la vez)
mientras trata de limpiarse el rostro con sus propias manos.
Más que limpiarse yo diría que el chaval se golpea
igual que los pobres orangutanes en la jaula del zoo.
Su padre no le hace ni puto caso:
Anda voceando por sus AirPods maltratando a alguno de sus esclavos.
Agita con su mano derecha el móvil como haciendo el amago de tirarlo al suelo
mientras en la mano izquierda le chorrea el kétchup de un enorme perrito caliente.
El niño grita y grita y lo insulta.
¡¡Tiri tiri tiri!! Suena la sirena de una caseta de boletos anunciando al ganador.
¡¡Tiri tiri tiri!! Un señor sostiene un Toblerone de metro y medio y su familia lo jalea
mientras el resto de la gente lo observa con esa envidia terminal que linda con el asco.
Más de uno mataría por tener ese Toblerone (y no otro) en sus manos.
La montaña rusa más rápida del mundo cruza sobre mis hombros
con sus espantosos chillidos doppler descolgados en su estela.
—¿Quiere una foto con su familia?, se la muestran a la salida.
Avanzo a duras penas despegando el velcro de los toppings
que tengo incrustados en las suelas.
Frente a un McDonald’s abarrotado escucho a un joven cuñado
afirmar con solemnidad (animado por la circunspección de sus interlocutores)
que la hamburguesa es la misma en todos los establecimientos del mundo.
El niño obeso por momentos deja de gritar para coger fuerzas de nuevo
y masticar ansioso los restos que aún le quedan en la boca.
Hordas de adolescentes exhalan su histeria a la entrada de la montaña rusa
y a la salida vomitan literalmente el pantano de sus tripas
sobre sus flamantes modelitos de Zara.
Huele a una mezcla tibia de carne y batido de fresa.
¡¡Tiri tiri tiri!! —¿Quiere una foto con su familia?
¡El niño obeso ahora está contento!
Sostiene una gigantesca nube de azúcar a un palmo de su cara.
Su mirada es la de un puto lunático antes de acuchillar a su víctima.
Entiendo que al lector le parezca excesivo
todo este aquelarre de diversión, ¿verdad?
Podríamos cerrar estas líneas con que
nos vendría estupendo que la providencia cósmica
nos regalase un meteorito por navidad
para que así todo volviese a empezar de nuevo.
¡Pues va a ser que no!, demasiado nunca fue suficiente.
El ser humano siempre se supera en lo grotesco.
Y si no es capaz de ello, unas gaviotas drogodependientes
le harán el gran favor de seguir con la fiesta.
Asisto entonces a como unas gaviotas atacan a una de ellas
y la picotean sin piedad las alas, la cabeza y el vientre.
Trata de levantar el vuelo sobre un charco de chocolate,
pero ya no puede: se eleva una y otra vez y vuelve a caer.
Las plumas blancas se tiñen de sangre y caramelo
y el resto de la turbamulta sigue picando sin parar
consumando el linchamiento.
¡¡Tiri tiri tiri!! El padre del niño obeso se detiene por un instante
ante el fresco cadáver de la gaviota
y los labios le tiemblan de puro placer.
Y aprovechando el despiste de su orgasmo
una de las aves asesinas lo sobrevuela con inaudita precisión
y en un brillante tirabuzón le birla el perrito caliente.
¡¡Tiri tiri tiri!! —¿Quiere una foto con su familia?
Qué bellísimo
espectáculo.
Y ahora ya, si les apetece, añadan lo del meteorito.
Kalkbadan
San Sebastián, 4 de enero de 2022
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