kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dedicado a Bea
CONCIERTO
Ayer fuimos al palacio de la Magdalena a un concierto.
El primero de esos multitudinarios
al que asistían mis hijos. Pero ellos dicen que no es así,
que el primero de todos fue el recital que dio su padre
y al que acudieron ellos mismos, mi compañera
y dos personas más que se habían equivocado claramente de bar.
Llegamos al recinto poco antes de las ocho
y nos sentamos los cuatro frente al escenario.
Ardían los satenes sanguíneos de un ocaso sideral
sobre la cúpula de aquella caverna platónica
de instrumentos y neones.
Al sur del cielo se encostraba fija una luna paciente
como espectadora privilegiada de lo que estaba por venir.
Se iba llenando el recinto con ese murmurio delicioso
que antecede a la explosión colectiva del arte.
Y en aquel bosque de piernas en incesante movimiento
gravitábamos Bea y yo maravillosamente solos
pasándonos lentamente ese enorme cachi de cerveza
en una secuencia de sorbos mudos.
Y es que no nos hacía falta decirnos absolutamente nada
porque el mundo nos atravesaba y hablaba por nosotros.
Y comenzó el concierto con ese nirvana en el que los músicos
entran a la caverna con una simulada indolencia
para acto seguido robar el fuego y conquistar cielo
ante este grupo de almas apiñadas sedientas de verdad.
El concierto avanzaba y se hacía grande, ¡qué grande!,
y sentía como en el estrecho de mi nuez
la emoción muerta se cobraba aquella deuda
que había contraído conmigo mismo hacía más de dos años.
La deuda por aquellas lágrimas que no fui capaz de derramar.
Y es que frente a la muerte me convierto en un macizo rocoso
y atravieso mi desierto con la mirada fija en la arena del tiempo,
y no soporto el llanto de la gente…
No soy capaz de llorar a los muertos
cuando aún se vislumbra su perfil
bajo la sábana blanca. Soy una puta roca, sí,
pero una roca con memoria.
Y es que necesito tiempo para disolver el basalto de mi pecho
y poder abrazar los huesos de mi querido muerto.
La gente alzaba sus índices hacia el cielo y bailaba
en el cénit de aquel ritual
que tanto nos hermana con la humanidad.
Y entonces comprendí que ese concierto era puro cielo.
Que era lo que tenía que suceder. Que ya era hora.
Que a los muertos hay que enterrarlos con amor.
¡Te lo merecías tanto, querido mío!
Se lo merecían tu hija y tus nietos;
y me lo merecía yo… también.
Aquella tarde de junio de hace más de dos años
paseábamos apenas a cien metros
de donde estábamos ahora celebrando la vida.
Caminábamos por la senda que sube al palacio.
Los niños corrían por la ladera
persiguiéndose entre alisos y acacias.
Y fue entonces cuando sonó tu móvil.
Y yo silbé a los chavales
y me alejé con ellos a un pequeño cerro
desde el que se podía admirar la bahía entera.
Y desde aquel lugar fascinante
observaba el movimiento transido y lento
de mi querida compañera
Sujetaba el móvil con la flaqueza de las malas noticias,
con los labios apretados y la mirada enterrada.
Y les conté a los niños que su abuelo
se acababa de morir.
Negaban con la cabeza con ese pasmo tan profundo
de quien se estrena con la muerte.
Lena me preguntó que si dolía estar muerto;
y Mateo callaba, como calla su padre.
Y las gaviotas volaban con la indiferencia de siempre,
pero mucho más lentas, casi detenidas, porque la muerte,
en su alarde de eternidad, es tan lenta
como triste.
Y el ocaso ardió como ardió el cielo en la tarde de ayer
acogiendo en el seno de sus preciosas llamas
al bueno de Mari.
Al salir del concierto nos giramos los cuatro hacia la senda
y nos fundimos en un largo abrazo. Y no nos dijimos nada más,
porque no hacía falta nada más. El mundo nos atravesaba
y hablaba por nosotros.
Y mientras nos reíamos camino de casa
sentía al fin las lágrimas rodar por mi pecho,
un pecho que siempre, maldita sea, siempre,
tuvo primero que quebrar su roca
para después poder amar
ofreciendo la fuente
que mana
de sus grietas.
Kalkbadan
Santander, 8 de agosto de 2022
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