Amor en el metro de Madrid

Luis Libra

Atención: poeta en obras
`
Amo el metro y los trenes de cercanías.

Viajar en los trenes de Madrid es poesía pura
en vena.

Los prefiero con abundante pasaje
pero tampoco demasiado llenos.

El gobierno se ha empeñado en jubilar mi coche
y ambos nos lo tomamos con resignación.
-Ay compañero, "amico firmo nil emi melius"

que lo sepas-

Antes de Cristo, antes de mi Opel Corsa gti
-que corría como el diablo sin abs y sin airbags
y sin radares y sin controles de alcoholemia-
y antes de mi primer invierno nuclear
yo viajaba mucho en metro y buses,
¡jóder, cuánto ha llovido de eso!

Sí, amo viajar bajo las calles
y los edificios de la ciudad;
todos son felices en los andenes y vagones
en esta nación de luz led y ratas discretas,
de felicidad y amor subterráneos.

Solo faltan los pájaros,
si hubiera pájaros sería la nación perfecta.

Los jóvenes -ajenos aún a los big crunchs de la vida-
en parejas o grupos, conversan y ríen
con sus teléfonos móviles. Todos
teclean religiosamente y a la velocidad de la luz,

teclean, ríen, hablan y aman sin parar
abducidos por sus silícicos apéndices,
extrafinos, Apple, japoneses o coreanos.
Jóvenes y teléfonos móviles son uno
en este inquieto siglo.

Y es que todos los jóvenes son hermosos,
todos los jóvenes son buena gente,
todos los jóvenes son poetas en potencia.

En el metro todos los pasajeros son felices
hasta los que tienen cara de lunes eterno
y se miran en el cristal de las ventanas de los vagones
o leen un libro o el periódico o sus contratos de trabajo
o los resultados de sus analíticas de sangre.

Miles de almas ateas, creyentes, agnósticas,
diestras, zurdas, veletas, eólicas,
almas parcheadas, sin gluten,
salpicadas con arena de mar, espías de Andrómeda,

chicas con deportivas más grandes que ellas,
viejos con mirada tan cansada
como los hepatocitos de España.

Todos son felices y yo tan feliz.

Y son felices porque en el metro no existe la soledad.
Y son felices porque si de repente uno se desmaya
si sufres una lipotimia o te da un infarto
incluso si saltas a las vías en un ataque
de supremo bajón existencial
todos te van a ayudar, van a pedir ayuda
con sus bonitos y modernos teléfonos móviles;

van a ponerse nerviosos
algunos van a llorar a gritar a preocuparse por ti
van a detener el tren
y van a dejar de reír y de guasapear
y de charlar alegremente sobre sus cosas.
Te van a ayudar a ti, te van a amar a ti.
Porque si Dios existe, no lo dudes, va en metro.

El metro y los trenes de cercanías
son el verdadero ministerio de la Solidaridad
de este puto mundo.

Si bombardeara La Aviación enemiga,
si hubiera un terremoto devastador
o una guerra, incluso una invasión alienígena,
todos, juntos, en magnánima comunión
habitando los inexpugnables pasillos del metro
ayudándose unos a otros como hermanos
como hermanos que antes, arriba, no lo eran.

Aunque aquí no hay guerras ni terremotos
devastadores, esas cosas ocurren
en lugares donde no hay
ni se imagina metro ni suerte,
pero ahora estamos hablando del metro de Madrid.

Falsos mapas del tesoro y relatos burbuja
ilustran el interior de los vagones.
A veces entra un músico y resume
algún great hit de Dylan o el maestro Leonard
que sorprende y emociona al personal
(y les afloja el corazón y los bolsillos)

Hoy dejan viajar a los perros con sus humanos,
si mi Bart estuviera aún conmigo le llevaría en metro
solo para que lo conociera,
y seguro montaría La Revolución
y algunos pasajeros ya no serían tan felices,
pero yo sí.

No estaría mal morirse en el metro,
un buen lugar para morir: rodeado de amor
de gente feliz que nunca te dejarán solo,
porque en el metro no hay soledad.
Rodando, volando sobre las vías
a través de los túneles y entre publicidad
mil colores y una voz suave, robótica -casi divina-

anunciándote amable la próxima estación.


_______
 
Última edición:
Todo es un compendio de cosas positivas cuando se viaja... la experiencia cabe evaluarla y emitirla en conceptos tan marcados y optimistas como lo haces en tu escrito. Creo que también depende de tu estado de animo... el viaje es mas agradable cuando vas admirando el paisaje y sopesando con humanidad y cortesía a las personas que viajan a tu lado.
Me gustó la manera como describes la aventura de tu viaje y valoro la experiencia que nos compartes, mi estimado Luis
Saludos, poeta
 
`
Amo el metro y los trenes de cercanías.

Viajar en los trenes de Madrid es poesía pura
en vena.

Los prefiero con abundante pasaje
pero tampoco demasiado llenos.

Últimamente los utilizo
cuando tengo que ir a algún doctor especialista
o resolver algún impertinente asunto burocrático.

El gobierno se ha empeñado en jubilar mi coche
y ambos nos lo tomamos con resignación.
-Ay compañero, "amico firmo nil emi melius"
que lo sepas-


Antes de Cristo antes de mi Opel Corsa gti
-que corría como el diablo sin abs y sin airbags
y sin radares y sin controles de alcoholemia-
y antes de mi primer invierno nuclear
yo viajaba mucho en metro y buses,
¡jóder, cuánto ha llovido de eso!

Sí, amo viajar bajo las calles
y los edificios de la ciudad;
todos son felices en los andenes y vagones
en esta nación de luz led y de ratas discretas,
de felicidad y amor subterráneos.

Solo faltan los pájaros,
si hubiera pájaros sería perfecta.

Los jóvenes conversan y ríen
en parejas o grupos,
con sus teléfonos móviles, todos
teclean religiosamente y a la velocidad de la luz,

teclean, ríen, hablan y aman sin parar
abducidos por sus silícicos apéndices,
finos y modernos, Apple, japoneses o coreanos.
Jóvenes y teléfonos móviles son uno
en este siglo.

Y es que todos los jóvenes son hermosos,
todos los jóvenes son buena gente,
todos los jóvenes son poetas en potencia.

En el metro todos los pasajeros son felices
hasta los que tienen caras serias y se miran
en el cristal de las ventanas de los vagones
o leen un libro o el periódico o sus contratos
de trabajo o los resultados de sus analíticas de sangre.

Miles de almas ateas, creyentes, agnósticas,
de izquierdas, de centro y de derechas,
chicas con deportivas más grandes que ellas,
viejos con mirada tan cansada
como los hepatocitos de España,
almas internacionales, sin gluten,
con arena de mar, espías de Andrómeda...

Todos son felices y yo tan feliz.

Y son felices porque en el metro no existe la soledad.
Y son felices porque si de repente uno se desmaya
si te da una lipotimia o te da un infarto
todos te van a ayudar, van a pedir ayuda
con sus bonitos y modernos teléfonos móviles,

van a ponerse nerviosos
algunos van a llorar a gritar a preocuparse por ti
y van a dejar de reír y de guasapear
y de charlar alegremente sobre sus cosas.
Te van a ayudar a ti y te van a amar a ti,
porque si Dios existe, no lo dudes, va en metro.

El metro y los trenes de cercanías
son el verdadero ministerio de la Solidaridad
de este puto mundo.

Si hubiera una guerra y bombardeos,
y si hubiera un terremoto devastador,
y una guerra y a los meses un terremoto de 7,9
todos, juntos en los largos y bellos pasillos del metro,
ayudándose unos a otros como hermanos
como hermanos que antes, arriba, no lo eran.

Aunque en Madrid no hay guerras y terremotos
juntos, esas cosas pasan en países como Siria
en sitios donde no hay metro ni suerte,
pero ahora estamos hablando del metro de Madrid.

Sí, soy feliz viajando en metro.
Falsos mapas del tesoro y relatos cortos
pegados en la pared de los vagones.
A veces entra un músico y resume
algún great hit de Dylan o el viejo Leonard
que sorprende y emociona al personal
(y les afloja el corazón y los bolsillos)

Ahora dejan viajar a los perros con sus dueños,
si mi Bart estuviera aún conmigo le llevaría en metro,
solo para que lo conociera,
y seguro montaría La Revolución
y algunos pasajeros ya no serían tan felices,
pero yo sí.

No estaría mal morirse en el metro,
un buen lugar para morir: rodeado de amor,
de gente feliz que nunca te dejarán solo,
porque en el metro no hay soledad;
... rodando, volando sobre las vías
a través de los túneles y rodeado de publicidad
mil colores y una voz de mujer suave.
robótica -casi divina-

anunciándote amable la próxima estación.


_______
Ay madre, que ya no podría ir a Madrid con mi vieja Vanette... ni a Atocha ni a Lavapiés.
Si tienes que ir al médico, primero averigua si están en huelga o no.
Tengo que confesar que nunca viajé en el metro de Madrid, aunque sí que podríamos haber coincidido por sus calles, tú con tu Bart y yo con mi Utsala que no sabía aliviarse entre coches y cemento. Entonces no había móviles ni plazas donde aparcar... pero se aparcaba.
Te aseguro que prefiero mi cueva cárstica a los túneles del metro. Allí, al menos, se puede morir en paz en uno G.
Qué buena mirada, Luis, a las entrañas de la tierra, a la superficie y a sus habitantes.
Próxima parada... Un abrazote desde estas lluvias mediterráneas que nos regalaron un día para no salir de casa.
 
Excelente relato considerando las circunstancias que obligan a dejar el coche y utilizar el metro para los desplazamientos urbanos, me ha gustado todo lo positivo de la mirada que nos compartes de ese ambiente solidario que describes con gran naturalidad.

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Amo el metro y los trenes de cercanías.

Viajar en los trenes de Madrid es poesía pura
en vena.

Los prefiero con abundante pasaje
pero tampoco demasiado llenos.

Últimamente los utilizo
cuando tengo que ir a algún doctor especialista
o resolver algún impertinente asunto burocrático.

El gobierno se ha empeñado en jubilar mi coche
y ambos nos lo tomamos con resignación.
-Ay compañero, "amico firmo nil emi melius"
que lo sepas-


Antes de Cristo antes de mi Opel Corsa gti
-que corría como el diablo sin abs y sin airbags
y sin radares y sin controles de alcoholemia-
y antes de mi primer invierno nuclear
yo viajaba mucho en metro y buses,
¡jóder, cuánto ha llovido de eso!

Sí, amo viajar bajo las calles
y los edificios de la ciudad;
todos son felices en los andenes y vagones
en esta nación de luz led y de ratas discretas,
de felicidad y amor subterráneos.

Solo faltan los pájaros,
si hubiera pájaros sería perfecta.

Los jóvenes conversan y ríen
en parejas o grupos,
con sus teléfonos móviles, todos
teclean religiosamente y a la velocidad de la luz,

teclean, ríen, hablan y aman sin parar
abducidos por sus silícicos apéndices,
finos y modernos, Apple, japoneses o coreanos.
Jóvenes y teléfonos móviles son uno
en este siglo.

Y es que todos los jóvenes son hermosos,
todos los jóvenes son buena gente,
todos los jóvenes son poetas en potencia.

En el metro todos los pasajeros son felices
hasta los que tienen caras serias y se miran
en el cristal de las ventanas de los vagones
o leen un libro o el periódico o sus contratos
de trabajo o los resultados de sus analíticas de sangre.

Miles de almas ateas, creyentes, agnósticas,
de izquierdas, de centro y de derechas,
chicas con deportivas más grandes que ellas,
viejos con mirada tan cansada
como los hepatocitos de España,
almas internacionales, sin gluten,
con arena de mar, espías de Andrómeda...

Todos son felices y yo tan feliz.

Y son felices porque en el metro no existe la soledad.
Y son felices porque si de repente uno se desmaya
si te da una lipotimia o te da un infarto
todos te van a ayudar, van a pedir ayuda
con sus bonitos y modernos teléfonos móviles,

van a ponerse nerviosos
algunos van a llorar a gritar a preocuparse por ti
y van a dejar de reír y de guasapear
y de charlar alegremente sobre sus cosas.
Te van a ayudar a ti y te van a amar a ti,
porque si Dios existe, no lo dudes, va en metro.

El metro y los trenes de cercanías
son el verdadero ministerio de la Solidaridad
de este puto mundo.

Si hubiera una guerra y bombardeos,
y si hubiera un terremoto devastador,
y una guerra y a los meses un terremoto de 7,9
todos, juntos en los largos y bellos pasillos del metro,
ayudándose unos a otros como hermanos
como hermanos que antes, arriba, no lo eran.

Aunque en Madrid no hay guerras y terremotos
juntos, esas cosas pasan en países como Siria
en sitios donde no hay metro ni suerte,
pero ahora estamos hablando del metro de Madrid.

Sí, soy feliz viajando en metro.
Falsos mapas del tesoro y relatos cortos
pegados en la pared de los vagones.
A veces entra un músico y resume
algún great hit de Dylan o el viejo Leonard
que sorprende y emociona al personal
(y les afloja el corazón y los bolsillos)

Ahora dejan viajar a los perros con sus dueños,
si mi Bart estuviera aún conmigo le llevaría en metro,
solo para que lo conociera,
y seguro montaría La Revolución
y algunos pasajeros ya no serían tan felices,
pero yo sí.

No estaría mal morirse en el metro,
un buen lugar para morir: rodeado de amor,
de gente feliz que nunca te dejarán solo,
porque en el metro no hay soledad;
... rodando, volando sobre las vías
a través de los túneles y rodeado de publicidad
mil colores y una voz de mujer suave.
robótica -casi divina-

anunciándote amable la próxima estación.

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Yo me bajo en Atocha/yo me quedo en Madrid. Joaquín Sabina...Un saludo Luis!!
 
Todo es un compendio de cosas positivas cuando se viaja... la experiencia cabe evaluarla y emitirla en conceptos tan marcados y optimistas como lo haces en tu escrito. Creo que también depende de tu estado de animo... el viaje es mas agradable cuando vas admirando el paisaje y sopesando con humanidad y cortesía a las personas que viajan a tu lado.
Me gustó la manera como describes la aventura de tu viaje y valoro la experiencia que nos compartes, mi estimado Luis
Saludos, poeta

Si, evidentemente tu estado de ánimo es fundamental, y tampoco es igual coger el metro a las 7 de la mañana en pleno invierno y con prisas por llegar al trabajo, que un mediodía primaveral y soleado y sin prisas :), pero sí, a mí siempre me ha gustado ese medio de transporte, soy muy urbanita y me encanta ver gente por todos sitios.
Me alegra que te gustara este recorrido ferroviario, Antonio. Gracias por la visita y un abrazo poeta.
 
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Amo el metro y los trenes de cercanías.

Viajar en los trenes de Madrid es poesía pura
en vena.

Los prefiero con abundante pasaje
pero tampoco demasiado llenos.

Últimamente los utilizo
cuando tengo que ir a algún doctor especialista
o resolver algún impertinente asunto burocrático.

El gobierno se ha empeñado en jubilar mi coche
y ambos nos lo tomamos con resignación.
-Ay compañero, "amico firmo nil emi melius"
que lo sepas-


Antes de Cristo antes de mi Opel Corsa gti
-que corría como el diablo sin abs y sin airbags
y sin radares y sin controles de alcoholemia-
y antes de mi primer invierno nuclear
yo viajaba mucho en metro y buses,
¡jóder, cuánto ha llovido de eso!

Sí, amo viajar bajo las calles
y los edificios de la ciudad;
todos son felices en los andenes y vagones
en esta nación de luz led y de ratas discretas,
de felicidad y amor subterráneos.

Solo faltan los pájaros,
si hubiera pájaros sería perfecta.

Los jóvenes conversan y ríen
en parejas o grupos,
con sus teléfonos móviles, todos
teclean religiosamente y a la velocidad de la luz,

teclean, ríen, hablan y aman sin parar
abducidos por sus silícicos apéndices,
finos y modernos, Apple, japoneses o coreanos.
Jóvenes y teléfonos móviles son uno
en este siglo.

Y es que todos los jóvenes son hermosos,
todos los jóvenes son buena gente,
todos los jóvenes son poetas en potencia.

En el metro todos los pasajeros son felices
hasta los que tienen caras serias y se miran
en el cristal de las ventanas de los vagones
o leen un libro o el periódico o sus contratos
de trabajo o los resultados de sus analíticas de sangre.

Miles de almas ateas, creyentes, agnósticas,
de izquierdas, de centro y de derechas,
chicas con deportivas más grandes que ellas,
viejos con mirada tan cansada
como los hepatocitos de España,
almas internacionales, sin gluten,
con arena de mar, espías de Andrómeda...

Todos son felices y yo tan feliz.

Y son felices porque en el metro no existe la soledad.
Y son felices porque si de repente uno se desmaya
si te da una lipotimia o te da un infarto
todos te van a ayudar, van a pedir ayuda
con sus bonitos y modernos teléfonos móviles,

van a ponerse nerviosos
algunos van a llorar a gritar a preocuparse por ti
y van a dejar de reír y de guasapear
y de charlar alegremente sobre sus cosas.
Te van a ayudar a ti y te van a amar a ti,
porque si Dios existe, no lo dudes, va en metro.

El metro y los trenes de cercanías
son el verdadero ministerio de la Solidaridad
de este puto mundo.

Si hubiera una guerra y bombardeos,
y si hubiera un terremoto devastador,
y una guerra y a los meses un terremoto de 7,9
todos, juntos en los largos y bellos pasillos del metro,
ayudándose unos a otros como hermanos
como hermanos que antes, arriba, no lo eran.

Aunque en Madrid no hay guerras y terremotos
juntos, esas cosas pasan en países como Siria
en sitios donde no hay metro ni suerte,
pero ahora estamos hablando del metro de Madrid.

Sí, soy feliz viajando en metro.
Falsos mapas del tesoro y relatos cortos
pegados en la pared de los vagones.
A veces entra un músico y resume
algún great hit de Dylan o el viejo Leonard
que sorprende y emociona al personal
(y les afloja el corazón y los bolsillos)

Ahora dejan viajar a los perros con sus dueños,
si mi Bart estuviera aún conmigo le llevaría en metro,
solo para que lo conociera,
y seguro montaría La Revolución
y algunos pasajeros ya no serían tan felices,
pero yo sí.

No estaría mal morirse en el metro,
un buen lugar para morir: rodeado de amor,
de gente feliz que nunca te dejarán solo,
porque en el metro no hay soledad;
... rodando, volando sobre las vías
a través de los túneles y rodeado de publicidad
mil colores y una voz de mujer suave.
robótica -casi divina-

anunciándote amable la próxima estación.

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Genial poesía que envuelve de urbanidad y de una pesada ironía sin escape. Un placer de lectura. Saludos cordiales
 
Ay madre, que ya no podría ir a Madrid con mi vieja Vanette... ni a Atocha ni a Lavapiés.
Si tienes que ir al médico, primero averigua si están en huelga o no.
Tengo que confesar que nunca viajé en el metro de Madrid, aunque sí que podríamos haber coincidido por sus calles, tú con tu Bart y yo con mi Utsala que no sabía aliviarse entre coches y cemento. Entonces no había móviles ni plazas donde aparcar... pero se aparcaba.
Te aseguro que prefiero mi cueva cárstica a los túneles del metro. Allí, al menos, se puede morir en paz en uno G.
Qué buena mirada, Luis, a las entrañas de la tierra, a la superficie y a sus habitantes.
Próxima parada... Un abrazote desde estas lluvias mediterráneas que nos regalaron un día para no salir de casa.

El metro y los trenes me gustan (y los aviones y los barcos y las naves espaciales :)) pero lo que más me gusta es conducir, pero sí, ahora a los que tenemos coches viejos y vivimos fuera de la ciudad nos han jodío bien; estoy esperando una lotería para comprarme un cochecito eléctrico, porque ahorrando lo llevo claro... El metro de Madrid está bastante bien, no al nivel del de Moscú, pero mucho mejor que el de Londres (con lo bonita que es la ciudad). El Bart conoció el centro de Madrid desde el coche , pero meterle en el metro hubiera sido toda una aventura, nos echaban fijo, con lo que le gustaba subirse a la gente... jeje. Y sí, supongo que hay muchos sitios estupendos además del metro para morirse :rolleyes:
Me alegra que te gustara este largo y sencillo poema, Alonso. Muchas gracias y un abrazote desde este frío pero soleado Madrid, compañero.
 
Excelente relato considerando las circunstancias que obligan a dejar el coche y utilizar el metro para los desplazamientos urbanos, me ha gustado todo lo positivo de la mirada que nos compartes de ese ambiente solidario que describes con gran naturalidad.

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Muchas gracias, Marcos, hay que ser positivo, no queda otra, además la positividad suele ser buena aliada de la poesía y la creatividad.
Un abrazo amigo.
 
Recuerdo la infancia. Recuerdo cuando al final del verano comenzaba el curso y la profesora decía: “A ver, niños, ¿qué habéis hecho este verano?”. Con gran alboroto, todos a la vez, queríamos explicarlo todo. “Bueno, pues para la semana que vienen tenéis que escribir una página contando lo que más os haya gustado del verano”. Era la edad en la que confundíamos poesía con geografía.

Puedo imaginar a la profesora tomando un Nescafé mientras leía los cuadernos de los niños, sus vivencias del verano escritas de corridillo, plagadas de infantil sintaxis.
“Fui en tren a Zaragoza y me gustó mucho. De ahí fuimos en el coche de mi tío al pueblo donde vive mi abuelo Pepe… Los niños del pueblo son muy amigos míos… Me gusta mucho el verano… El pueblo es muy bonito y tiene una iglesia”.

La profesora no esperaba que de aquella clase saliera con el paso de los años algún poeta, pero sí que con el tiempo su escritura mejorara. Hoy te encuentras por la calle, en cualquier sitio, innumerables poetas maduros infantilmente inmaduros que confunden la poesía con la velocidad de la luz.
 
Recuerdo la infancia. Recuerdo cuando al final del verano comenzaba el curso y la profesora decía: “A ver, niños, ¿qué habéis hecho este verano?”. Con gran alboroto, todos a la vez, queríamos explicarlo todo. “Bueno, pues para la semana que vienen tenéis que escribir una página contando lo que más os haya gustado del verano”. Era la edad en la que confundíamos poesía con geografía.

Puedo imaginar a la profesora tomando un Nescafé mientras leía los cuadernos de los niños, sus vivencias del verano escritas de corridillo, plagadas de infantil sintaxis.
“Fui en tren a Zaragoza y me gustó mucho. De ahí fuimos en el coche de mi tío al pueblo donde vive mi abuelo Pepe… Los niños del pueblo son muy amigos míos… Me gusta mucho el verano… El pueblo es muy bonito y tiene una iglesia”.

La profesora no esperaba que de aquella clase saliera con el paso de los años algún poeta, pero sí que con el tiempo su escritura mejorara. Hoy te encuentras por la calle, en cualquier sitio, innumerables poetas maduros infantilmente inmaduros que confunden la poesía con la velocidad de la luz.

A ciertas alturas mejorar la poesía de uno es difícil pero posible, lo que es casi imposible es madurar. Me temo que los que nos hemos quedado en la adolescencia eterna lo llevamos jodido ;), ... confundimos poesía con geografía, geografía con mecánica cuántica y las iglesias con los bares de barrio.
Cierto todo lo que dices, pero ¡y lo bien que nos lo pasamos contando batallitas infantiles a la velocidad de luz!. Gracias, señorita, me ha alegrado mucho volver a verla por aquí, es un honor :rolleyes:. Besito.
 
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Amo el metro y los trenes de cercanías.

Viajar en los trenes de Madrid es poesía pura
en vena.

Los prefiero con abundante pasaje
pero tampoco demasiado llenos.

Últimamente los utilizo
cuando tengo que ir a algún doctor especialista
o resolver algún impertinente asunto burocrático.

El gobierno se ha empeñado en jubilar mi coche
y ambos nos lo tomamos con resignación.
-Ay compañero, "amico firmo nil emi melius"
que lo sepas-


Antes de Cristo antes de mi Opel Corsa gti
-que corría como el diablo sin abs y sin airbags
y sin radares y sin controles de alcoholemia-
y antes de mi primer invierno nuclear
yo viajaba mucho en metro y buses,
¡jóder, cuánto ha llovido de eso!

Sí, amo viajar bajo las calles
y los edificios de la ciudad;
todos son felices en los andenes y vagones
en esta nación de luz led y de ratas discretas,
de felicidad y amor subterráneos.

Solo faltan los pájaros,
si hubiera pájaros sería perfecta.

Los jóvenes conversan y ríen
en parejas o grupos,
con sus teléfonos móviles, todos
teclean religiosamente y a la velocidad de la luz,

teclean, ríen, hablan y aman sin parar
abducidos por sus silícicos apéndices,
finos y modernos, Apple, japoneses o coreanos.
Jóvenes y teléfonos móviles son uno
en este siglo.

Y es que todos los jóvenes son hermosos,
todos los jóvenes son buena gente,
todos los jóvenes son poetas en potencia.

En el metro todos los pasajeros son felices
hasta los que tienen caras serias y se miran
en el cristal de las ventanas de los vagones
o leen un libro o el periódico o sus contratos
de trabajo o los resultados de sus analíticas de sangre.

Miles de almas ateas, creyentes, agnósticas,
de izquierdas, de centro y de derechas,
chicas con deportivas más grandes que ellas,
viejos con mirada tan cansada
como los hepatocitos de España,
almas internacionales, sin gluten,
con arena de mar, espías de Andrómeda...

Todos son felices y yo tan feliz.

Y son felices porque en el metro no existe la soledad.
Y son felices porque si de repente uno se desmaya
si te da una lipotimia o te da un infarto
todos te van a ayudar, van a pedir ayuda
con sus bonitos y modernos teléfonos móviles,

van a ponerse nerviosos
algunos van a llorar a gritar a preocuparse por ti
y van a dejar de reír y de guasapear
y de charlar alegremente sobre sus cosas.
Te van a ayudar a ti y te van a amar a ti,
porque si Dios existe, no lo dudes, va en metro.

El metro y los trenes de cercanías
son el verdadero ministerio de la Solidaridad
de este puto mundo.

Si hubiera una guerra y bombardeos,
y si hubiera un terremoto devastador,
y una guerra y a los meses un terremoto de 7,9
todos, juntos en los largos y bellos pasillos del metro,
ayudándose unos a otros como hermanos
como hermanos que antes, arriba, no lo eran.

Aunque en Madrid no hay guerras y terremotos
juntos, esas cosas pasan en países como Siria
en sitios donde no hay metro ni suerte,
pero ahora estamos hablando del metro de Madrid.

Sí, soy feliz viajando en metro.
Falsos mapas del tesoro y relatos cortos
pegados en la pared de los vagones.
A veces entra un músico y resume
algún great hit de Dylan o el viejo Leonard
que sorprende y emociona al personal
(y les afloja el corazón y los bolsillos)

Ahora dejan viajar a los perros con sus dueños,
si mi Bart estuviera aún conmigo le llevaría en metro,
solo para que lo conociera,
y seguro montaría La Revolución
y algunos pasajeros ya no serían tan felices,
pero yo sí.

No estaría mal morirse en el metro,
un buen lugar para morir: rodeado de amor,
de gente feliz que nunca te dejarán solo,
porque en el metro no hay soledad;
... rodando, volando sobre las vías
a través de los túneles y rodeado de publicidad
mil colores y una voz de mujer suave.
robótica -casi divina-

anunciándote amable la próxima estación.

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ay, ¡cuánta dicha y felicidad! Luis. Yo me las corto :p no sé tú pero yo estoy pensando seriamente en mudarme a Europa porque por estos lados es el 666 o mejor aún la innombrable bestia devorador de corazones puros como el tuyo. :D pero yo creo que más que a los trenes y subtes amas a los citadinos " un terreno francamente virgen parra explotar en muchos campos " no sé, yo soy del campo. Valga el paralelismo :p Sí, creo que entiendo la fina ironía aunque se puede hacer mas gruesita.
siempre es bueno leerte, y más si es algo nuevo.
abrazos.
 
Genial poesía que envuelve de urbanidad y de una pesada ironía sin escape. Un placer de lectura. Saludos cordiales

Muchas gracias, José Luis, me alegra que te gustara y que captaras su ironía más o menos pesada o sutil. He utilizado el metro para escribir sobre lo de "arriba"; en realidad más que de felicidad y de amor el poema habla justo de todo lo contrario, precisamente sobre la falta de ellos, y sobre la soledad, en la sociedad y en el mundo "de afuera". Un abrazo poeta.
 
Muchas gracias, José Luis, me alegra que te gustara y que captaras su ironía más o menos pesada o sutil. He utilizado el metro para escribir sobre lo de "arriba"; en realidad más que de felicidad y de amor el poema habla justo de todo lo contrario, precisamente sobre la falta de ellos, y sobre la soledad, en la sociedad y en el mundo "de afuera". Un abrazo poeta.
Claro, es lo que se percibe gradualmente en toda la atmósfera, más un dejo progresivo de resignación. Un abrazo
 
Claro, es lo que se percibe gradualmente en toda la atmósfera, más un dejo progresivo de resignación. Un abrazo

Lo del deje progresivo de resignación no ha sido adrede ni lo había notado al escribirlo, pero me gusta, y me gusta que los lectores me aporten aspectos que me pasan desapercibidos al escribir (los buenos y los malos). Gracias de nuevo, José Luis. Otro abrazo de vuelta.
 
los poemas largos son difíciles de dominar, luigi. es fácil que se vuelva denso, es fácil que a la mitad del camino nos agote, es jodido mantener el ritmo y el interés y al lector pegado más allá de ese minuto de oro. pero vos lo has hecho, en un poema hermoso (la poesía realista y el calificador bonito también pueden llegar a magrearse), triste, jodido, aleccionador y varias cosas más.

además los trenes constituyen una de mis metáforas favoritas: para mí, nada resume este viaje hacia el todo, hacia ninguna parte, hacia la luz y la oscuridad como esas máquinas tuanis.

en cuanto a los especialistas, hay que revisarse la próstata jodido. hacé caso.

salud luigi.
 
Última edición:
ay, ¡cuánta dicha y felicidad! Luis. Yo me las corto :p no sé tú pero yo estoy pensando seriamente en mudarme a Europa porque por estos lados es el 666 o mejor aún la innombrable bestia devorador de corazones puros como el tuyo. :D pero yo creo que más que a los trenes y subtes amas a los citadinos " un terreno francamente virgen parra explotar en muchos campos " no sé, yo soy del campo. Valga el paralelismo :p Sí, creo que entiendo la fina ironía aunque se puede hacer mas gruesita.
siempre es bueno leerte, y más si es algo nuevo.
abrazos.

Sí, la verdad soy urbanita hasta la médula, jeje, no vivo en el centro de Madrid porque no tengo money ni para un solo baño de un piso ahí. Tú vente pa la Europa de los corazones puros si quieres :D, pero aquí el tema tampoco está para mucha fiesta, yo que tú mejor tiraría para el caribe costarricense, por ejemplo, que te pilla más cerca y es mucho más divertido.

Y bueno, sobre el poema, sí, la ironía está más en el conjunto y en el fondo del asunto que en partes concretas. La ironía es una característica inherente a mi poesía, pero precisamente por eso, que no la suelto, la intento trabajar con mucho cuidado, como si fuera dinamita :), la ironía demasiado evidente me parece contraproducente poéticamente hablando, casi prefiero que pase tan desapercibida que nadie la pille a que sea demasiado "gruesa". En este caso es un poco "a lo Vilas", por supuesto sin su maestría, pero bueno, al fin y al cabo cada poema es una experimentación de algún modo.
Y sí, intentar hacer algo nuevo está bien, no nuevo dentro del mundo de la poesía (pues lo creo misión imposible), pero sí dentro de nuestras limitadas posibilidades,. En este poema lo he intentado, para bien o para mal, de momento no lo sé, pero por lo menos me he divertido escribiendo, cosa que me parece fundamental, ... y encima hasta he logrado que nuestra amiga Antoñita viniera a comentar un poema al foro después de años ;)

Muchas gracias, Danie, siempre es un placer tu visita, compa. Abrazos.
 
los poemas largos son difíciles de dominar, luigi. es fácil que se vuelva denso, es fácil que a la mitad del camino nos agote, es jodido mantener el ritmo y el interés y al lector pegado más allá de ese minuto de oro. pero vos lo has hecho, en un poema hermoso (la poesía realista y el calificador bonito también pueden llegar a magrearse), triste, jodido, aleccionador y varias cosas más.

además los trenes constituyen una de mis metáforas favoritas: para mí, nada resume este viaje hacia el todo, hacia ninguna parte, hacia la luz y la oscuridad como esas máquinas tuanis.

en cuanto a los especialistas, hay que revisarse la próstata jodido. hacé caso.

salud luigi.

Lo que ocurre con los poemas largos es que precisan más trabajo, y son como hacer footing o bici en invierno, lo más jodido es empezar, pero luego son muy agradecidos y divertidos de hacer. Pienso que quien hace buenos poemas cortos también hace buenos poemas largos, y a la inversa. A mí me dan mucha guerra (este lo he cambiado más de veinte veces hasta que me ha gustado el resultado) pero al mismo tiempo me resultan muy divertidos y entretenidos, pues al ser largos dan mucho juego y son un interesante reto. Pienso que la mayor dificultad es no perder el hilo y la cohesión o coherencia argumental, que aunque haya giros y cuente muchas cosas, sea un solo poema y no se "desboque" demasiado.

Me encanta que te pareciera todas esas cosas, y es que en realidad por ahí van los tiros, mi ánimo o sentimientos al escribirlo también eran positivos, pesimistas, alegres, nostálgicos, críticos, armónicos...
Los trenes me encantan, aunque conducir mi coche y viajar en avión me gusta aún más, pero sí, los trenes tienen mucho potencial literario y poético.

Y lo de la próstata, calla, calla, que ya tengo algún amigo con problemas con poco más de 50, tocaré madera y empezaré a tomar cápsulas de aceite de semilla de calabaza :). Muchas gracias por la visita, René. Salud y abrazos, amigo.
 
jejejej sí, un mundo feliz... los jóvenes dejarían de wasapear para grabar el ictus y colgarlo en redes, pero todos muy felices. Me gusta que se mezcla el humor y la nostalgia con la crítica de nuestro tiempo a través de una mordaz ironía, o eso me ha parecido percibir a mí de forma más que evidente. Un abrazo.

Jajaja, me ha hecho gracia eso de los jóvenes grabando y colgando en las redes el ictus :), no tengo la menor duda de que lo haría más de uno. Y sí, creo que resumes perfectamente lo que caracteriza al poema: humor, nostalgia y crítica, y todo ello envuelto en halo de ironía, que yo más que mordaz la definiría como "subliminal". Me alegra que te gustara, muchas gracias y un abrazo.
 
Gracias por vuestra visita y dejar los likes, Romi, Andreas, Omaris y Nelson. Abrazos compañeros.
 
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Amo el metro y los trenes de cercanías.

Viajar en los trenes de Madrid es poesía pura
en vena.

Los prefiero con abundante pasaje
pero tampoco demasiado llenos.

Últimamente los utilizo
cuando tengo que ir a algún doctor especialista
o resolver algún impertinente asunto burocrático.

El gobierno se ha empeñado en jubilar mi coche
y ambos nos lo tomamos con resignación.
-Ay compañero, "amico firmo nil emi melius"
que lo sepas-


Antes de Cristo antes de mi Opel Corsa gti
-que corría como el diablo sin abs y sin airbags
y sin radares y sin controles de alcoholemia-
y antes de mi primer invierno nuclear
yo viajaba mucho en metro y buses,
¡jóder, cuánto ha llovido de eso!

Sí, amo viajar bajo las calles
y los edificios de la ciudad;
todos son felices en los andenes y vagones
en esta nación de luz led y de ratas discretas,
de felicidad y amor subterráneos.

Solo faltan los pájaros,
si hubiera pájaros sería la nación perfecta.

Los jóvenes conversan y ríen
en parejas o grupos,
con sus teléfonos móviles, todos
teclean religiosamente y a la velocidad de la luz,

teclean, ríen, hablan y aman sin parar
abducidos por sus silícicos apéndices,
finos y modernos, Apple, japoneses o coreanos.
Jóvenes y teléfonos móviles son uno
en este siglo.

Y es que todos los jóvenes son hermosos,
todos los jóvenes son buena gente,
todos los jóvenes son poetas en potencia.

En el metro todos los pasajeros son felices
hasta los que tienen caras serias y se miran
en el cristal de las ventanas de los vagones
o leen un libro o el periódico o sus contratos
de trabajo o los resultados de sus analíticas de sangre.

Miles de almas ateas, creyentes, agnósticas,
de izquierdas de centro y de derechas,
chicas con deportivas más grandes que ellas,
viejos con mirada tan cansada
como los hepatocitos de España,
almas internacionales, sin gluten,
con arena de mar, espías de Andrómeda...

Todos son felices y yo tan feliz.

Y son felices porque en el metro no existe la soledad.
Y son felices porque si de repente uno se desmaya
si te da una lipotimia o te da un infarto
todos te van a ayudar, van a pedir ayuda
con sus bonitos y modernos teléfonos móviles,

van a ponerse nerviosos
algunos van a llorar a gritar a preocuparse por ti
y van a dejar de reír y de guasapear
y de charlar alegremente sobre sus cosas.
Te van a ayudar a ti y te van a amar a ti,
porque si Dios existe, no lo dudes, va en metro.

El metro y los trenes de cercanías
son el verdadero ministerio de la Solidaridad
de este puto mundo.

Si hubiera una guerra y bombardeos,
y si hubiera un terremoto devastador,
y una guerra y a los meses un terremoto de 7,9
todos, juntos en los largos y bellos pasillos del metro,
ayudándose unos a otros como hermanos
como hermanos que antes, arriba, no lo eran.

Aunque aquí no hay guerras y terremotos
juntos, esas cosas ocurren en lugares
donde no hay metro ni suerte,
pero ahora estamos hablando del metro de Madrid.

Falsos mapas del tesoro y relatos cortos
pegados en la pared de los vagones.
A veces entra un músico y resume
algún great hit de Dylan o el viejo Leonard
que sorprende y emociona al personal
(y les afloja el corazón y los bolsillos)

Ahora dejan viajar a los perros con sus dueños,
si mi Bart estuviera aún conmigo le llevaría en metro,
solo para que lo conociera,
y seguro montaría La Revolución
y algunos pasajeros ya no serían tan felices,
pero yo sí.

No estaría mal morirse en el metro,
un buen lugar para morir: rodeado de amor,
de gente feliz que nunca te dejarán solo,
porque en el metro no hay soledad;
... rodando, volando sobre las vías
a través de los túneles y entre publicidad
mil colores y una voz de mujer suave,
robótica -casi divina-

anunciándote amable la próxima estación.

_______
Pues te diré, yo viajé una vez en el metro de Madrid, en 1992, cuando se cumplieron los 500 años del descubrimiento de América. Recibimos invitación para asistir a un congreso en Vigo y nos pagaron todos los gastos. Mi hija y yo llegamos al aeropuerto de Barajas y en metro nos fuimos a Madrid y viajamos por una buena parte de la ciudad por debajo de la calle hasta Chamartín y ahí fuimos a comprar los boletos para ir en tren a Vigo. En un mostrador circular vendían los boletos, pedí dos para Vigo y me preguntó el empleado - ¿qué provincia?-
- mire- le dije - yo soy mexicana, no conozco la geografía de España- y me respondió - Galicia-. Bueno, de ahí nos fuimos a otro lugar que no recuerdo y de ahí a Vigo, de noche, llegamos a las 7 am. El metro me pareció más amplio que el de la ciudad de México, los techos de las estaciones mucho más altos, pero los vagones eran prácticamente iguales . No había entonces celulares, las mujeres se me quedaban viendo porque usaba una maxifalda y hasta las escuché decir -ya no se usa-. Me sentía yo como bicho raro. Entonces me fijé como vestían ellas, casi todas con falda de línea hasta las rodillas, parecían uniformadas, claro las que usaban faldas, las demás pantalones, de mezclilla. Cuando regresamos a Madrid, nos quedaba tiempo para ir al museo del Prado y cuando estábamos en la cola para comprar los boletos el señor que los recogía a la entrada nos dijo - oigan ustedes, son españolas y no tiene que comprar el boleto-, pero mi hija que nunca se queda callada inmediatamente le aclaró que éramos mexicanas y entonces nos dijo - igual, si son mexicanas pueden pasar gratis. Bueno, podría seguir contándote mis aventuras en Madrid, pero solo quise comentarte que yo conocí el metro de Madrid. Un gusto leerte. Luciana.
 
Pues te diré, yo viajé una vez en el metro de Madrid, en 1992, cuando se cumplieron los 500 años del descubrimiento de América. Recibimos invitación para asistir a un congreso en Vigo y nos pagaron todos los gastos. Mi hija y yo llegamos al aeropuerto de Barajas y en metro nos fuimos a Madrid y viajamos por una buena parte de la ciudad por debajo de la calle hasta Chamartín y ahí fuimos a comprar los boletos para ir en tren a Vigo. En un mostrador circular vendían los boletos, pedí dos para Vigo y me preguntó el empleado - ¿qué provincia?-
- mire- le dije - yo soy mexicana, no conozco la geografía de España- y me respondió - Galicia-. Bueno, de ahí nos fuimos a otro lugar que no recuerdo y de ahí a Vigo, de noche, llegamos a las 7 am. El metro me pareció más amplio que el de la ciudad de México, los techos de las estaciones mucho más altos, pero los vagones eran prácticamente iguales . No había entonces celulares, las mujeres se me quedaban viendo porque usaba una maxifalda y hasta las escuché decir -ya no se usa-. Me sentía yo como bicho raro. Entonces me fijé como vestían ellas, casi todas con falda de línea hasta las rodillas, parecían uniformadas, claro las que usaban faldas, las demás pantalones, de mezclilla. Cuando regresamos a Madrid, nos quedaba tiempo para ir al museo del Prado y cuando estábamos en la cola para comprar los boletos el señor que los recogía a la entrada nos dijo - oigan ustedes, son españolas y no tiene que comprar el boleto-, pero mi hija que nunca se queda callada inmediatamente le aclaró que éramos mexicanas y entonces nos dijo - igual, si son mexicanas pueden pasar gratis. Bueno, podría seguir contándote mis aventuras en Madrid, pero solo quise comentarte que yo conocí el metro de Madrid. Un gusto leerte. Luciana.

Jeje, qué majete el señor del museo. Gracias por compartirme parte de tus experiencias en Madrid. Está mal que lo diga yo, pero Madrid es una ciudad con un encanto muy especial, seguramente no es tan bonita como Londres o Roma, pero es una gran ciudad muy acogedora y con un ambiente bastante agradable. En esa época que tu viniste yo ya casi no utilizaba el metro, iba con mi corsita y mi vida era muy loca :cool: y también muy divertida ¡qué tiempos! Y sí, no existían los teléfonos móviles, parece mentira que viviéramos sin ellos, y tan felices :).
Un gusto tu visita, Luciana. Muchas gracias y un abrazo.
 
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Amo el metro y los trenes de cercanías.

Viajar en los trenes de Madrid es poesía pura
en vena.

Los prefiero con abundante pasaje
pero tampoco demasiado llenos.

Últimamente los utilizo
cuando tengo que ir a algún doctor especialista
o resolver algún impertinente asunto burocrático.

El gobierno se ha empeñado en jubilar mi coche
y ambos nos lo tomamos con resignación.
-Ay compañero, "amico firmo nil emi melius"
que lo sepas-


Antes de Cristo antes de mi Opel Corsa gti
-que corría como el diablo sin abs y sin airbags
y sin radares y sin controles de alcoholemia-
y antes de mi primer invierno nuclear
yo viajaba mucho en metro y buses,
¡jóder, cuánto ha llovido de eso!

Sí, amo viajar bajo las calles
y los edificios de la ciudad;
todos son felices en los andenes y vagones
en esta nación de luz led y de ratas discretas,
de felicidad y amor subterráneos.

Solo faltan los pájaros,
si hubiera pájaros sería la nación perfecta.

Los jóvenes conversan y ríen
en parejas o grupos,
con sus teléfonos móviles, todos
teclean religiosamente y a la velocidad de la luz,

teclean, ríen, hablan y aman sin parar
abducidos por sus silícicos apéndices,
finos y modernos, Apple, japoneses o coreanos.
Jóvenes y teléfonos móviles son uno
en este siglo.

Y es que todos los jóvenes son hermosos,
todos los jóvenes son buena gente,
todos los jóvenes son poetas en potencia.

En el metro todos los pasajeros son felices
hasta los que tienen caras serias y se miran
en el cristal de las ventanas de los vagones
o leen un libro o el periódico o sus contratos
de trabajo o los resultados de sus analíticas de sangre.

Miles de almas ateas, creyentes, agnósticas,
de izquierdas de centro y de derechas,
chicas con deportivas más grandes que ellas,
viejos con mirada tan cansada
como los hepatocitos de España,
almas internacionales, sin gluten,
con arena de mar, espías de Andrómeda...

Todos son felices y yo tan feliz.

Y son felices porque en el metro no existe la soledad.
Y son felices porque si de repente uno se desmaya
si te da una lipotimia o te da un infarto
o incluso si saltas a las vías en un ataque
de supremo bajón existencial
todos te van a ayudar, van a pedir ayuda
con sus bonitos y modernos teléfonos móviles,

van a ponerse nerviosos
algunos van a llorar a gritar a preocuparse por ti
van a detener el tren
y van a dejar de reír y de guasapear
y de charlar alegremente sobre sus cosas.
Te van a ayudar a ti y te van a amar a ti,
porque si Dios existe, no lo dudes, va en metro.

El metro y los trenes de cercanías
son el verdadero ministerio de la Solidaridad
de este puto mundo.

Si hubiera una guerra y bombardeos,
y si hubiera un terremoto devastador,
o una guerra y a los meses un terremoto de 7,9
todos, juntos en los largos y bellos pasillos del metro,
ayudándose unos a otros como hermanos
como hermanos que antes, arriba, no lo eran.

Aunque aquí no hay guerras y terremotos
juntos, esas cosas ocurren en lugares
donde no hay metro ni suerte,
pero ahora estamos hablando del metro de Madrid.

Falsos mapas del tesoro y relatos cortos
pegados en la pared de los vagones.
A veces entra un músico y resume
algún great hit de Dylan o el viejo Leonard
que sorprende y emociona al personal
(y les afloja el corazón y los bolsillos)

Ahora dejan viajar a los perros con sus dueños,
si mi Bart estuviera aún conmigo le llevaría en metro,
solo para que lo conociera,
y seguro montaría La Revolución
y algunos pasajeros ya no serían tan felices,
pero yo sí.

No estaría mal morirse en el metro,
un buen lugar para morir: rodeado de amor,
de gente feliz que nunca te dejarán solo,
porque en el metro no hay soledad;
... rodando, volando sobre las vías
a través de los túneles y entre publicidad
mil colores y una voz de mujer suave,
robótica -casi divina-

anunciándote amable la próxima estación.

_______


Los poetas tenemos la capacidad de mirar y ver.
Un viaje es una oportunidad de contemplación y allí surge la esencia de quienes decidimos poner en palabras lo que se presenta ante nuestros ojos.
Hay un estímulo y luego otro mundo de letras que surge a partir de él.
Una travesía en metro, la fila del banco, un semáforo en rojo, todos se convierten en escenarios posibles.
Un poema extenso como el tuyo, Luis, que mantiene el interés del lector hasta el final, en verdad se agradece.
Si bien no manejo el género realista, se diferenciar aquello que está bien escrito.
Quizás algún día me atreva a dejar algo aquí.
Mientras tanto aprendo.
Fue un gusto pasar.
Un abrazo.
 
Los poetas tenemos la capacidad de mirar y ver.
Un viaje es una oportunidad de contemplación y allí surge la esencia de quienes decidimos poner en palabras lo que se presenta ante nuestros ojos.
Hay un estímulo y luego otro mundo de letras que surge a partir de él.
Una travesía en metro, la fila del banco, un semáforo en rojo, todos se convierten en escenarios posibles.
Un poema extenso como el tuyo, Luis, que mantiene el interés del lector hasta el final, en verdad se agradece.
Si bien no manejo el género realista, se diferenciar aquello que está bien escrito.
Quizás algún día me atreva a dejar algo aquí.
Mientras tanto aprendo.
Fue un gusto pasar.
Un abrazo.

Me encanta la naturaleza, el mar, las montañas, las puestas de sol... pero lo que más me inspira para escribir poesía son las personas, y bueno, también los animales (podría escribir mil poemas sobre los perros que tuve o los gatos que tengo ahora :)); y claro, como tú bien dices, los viajes -cortos o largos-, un supermercado, un banco, un hospital, una oficina, un bar, etc., etc. son escenarios posibles y fuentes inagotables de inspiración.
Pienso que la primera cualidad que debe tener un escritor es la empatía y la capacidad de observación, y que disfrute y le estimule literaria o creativamente esa observación; luego solo se necesita el ánimo y el deseo de ponerse a escribir.

Ojalá escribas algo realista, parece fácil pero no lo es, de hecho diría que es la poesía más difícil que existe; hacer poesía limitando drásticamente el lirismo, los adornos y las metáforas, y utilizando el lenguaje coloquial y prosaico, pero a la vez manteniendo la esencia poética es todo un reto; pero no te asustes ;), por lo que te he leído estoy seguro que si te pusieras lograrías hacer buenos poemas realistas. Te animo a intentarlo, el resultado suele ser muy gratificante.
Muchas gracias por tu lectura y comentario, Cecilya. Un abrazo, compañera.
 
Jeje, qué majete el señor del museo. Gracias por compartirme parte de tus experiencias en Madrid. Está mal que lo diga yo, pero Madrid es una ciudad con un encanto muy especial, seguramente no es tan bonita como Londres o Roma, pero es una gran ciudad muy acogedora y con un ambiente bastante agradable. En esa época que tu viniste yo ya casi no utilizaba el metro, iba con mi corsita y mi vida era muy loca :cool: y también muy divertida ¡qué tiempos! Y sí, no existían los teléfonos móviles, parece mentira que viviéramos sin ellos, y tan felices :).
Un gusto tu visita, Luciana. Muchas gracias y un abrazo.
Mira te dejo aquí una canción de Rockdrigo González, "Estación del metro Balderas", el fue un cantante de Rock que murió en el temblor del 19 de septiembre de 1985, el peor que ha habido en la ciudad de México. Espero te guste.
 
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