José Benito
Poeta fiel al portal
Cuando abro la puerta de atrás de mi casa
y asomo la vista a su inculto jardín,
por el umbral siente mi alma que traspasa
de algún desolado paisaje el confín.
Trae hasta mí, entonces, su lúgubre aroma
cierta brisa lánguida de mustio vigor,
como cuando flores ya secas asoma
fúnebre corona de exequia y dolor.
Ese olor aciago viene de muy lejos,
aunque esté tan cerca mi ajado vergel,
y evoca olvidados recuerdos muy viejos,
de confusa imagen y sabor a hiel.
Doy un paso afuera, y entonces me embarga
una indefinible, pesada aprensión,
cual si se me echara a la espalda una carga
que he de arrastrar hasta mi crucifixión.
Y al filo del cielo, donde el sol se ofrece
como al sacrificio la forma en su altar,
donde amenazante la oscuridad crece,
nubes turbulentas parecen tronar.
Pútrida llovizna, como sangre tibia
de haber degollado vivo a un serafín,
se inicia implacable, aunque ya no alivia
apenas el parque, cayendo sin fin.
Quema en honda llama la melancolía
la almáciga incierta de cada plantel,
y mientras fallece la lumbre del día
cabalgan las sombras su negro corcel.
Las plagas consumen su mies, y barrunto
que esa tierra estéril del patio de atrás
cultiva un marasmo, y hasta me pregunto
si forma parterres, o tumbas quizás.
Y tan lujuriante selva en que se anuda
flor con flor marchita tejiendo un mantel,
si es un camposanto, me inspira por duda
quiénes son los muertos que yacen en él.
José Benito Freijanes Martínez
la almáciga incierta de cada plantel,
y mientras fallece la lumbre del día
cabalgan las sombras su negro corcel.
Las plagas consumen su mies, y barrunto
que esa tierra estéril del patio de atrás
cultiva un marasmo, y hasta me pregunto
si forma parterres, o tumbas quizás.
Y tan lujuriante selva en que se anuda
flor con flor marchita tejiendo un mantel,
si es un camposanto, me inspira por duda
quiénes son los muertos que yacen en él.
José Benito Freijanes Martínez
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