Tu orgullo negó al viento
el verbo de mi palabra,
eterno bastión de hierro
que llevas en tus entrañas.
Nunca entendiste mi pecho,
dulce voz a ti entregada,
ni a la luz de aquel lucero
uniéndonos en la cama.
Tú nunca escuchaste el eco
de mi alma enamorada,
ni cobijaste mis besos
de amor y fuego en tus sábanas.
Yo, que sementé tu cielo
de rosas rojas y blancas,
que tanto soñé tu verbo
en mis noches solitarias
y sin embargo, en tu credo,
mi amor para ti no estaba
a la altura de tu vuelo
ni al calor de tu mirada.
Quiero decirte que siento
rabia por tu acento, rabia
en este corazón hueco
que ya va siendo de plata.
Que para ti, pasa el tiempo
y al tiempo, tú lo rechazas
haciendo inmóvil tu pecho
a mi corazón en llamas.
Que la espera va cayendo
y agoniza ya cansada
de soñarte en hondo sueño
y no escuchar tu palabra.
¡Bájate ya de los cielos
y bebe del agua clara,
nadie fecunda los besos
del fracaso de tu alma!
Y ojalá sientas mis dedos
resbalando por tu espalda,
que recuerdes los deseos
y el amor en mi mirada.
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