En la penumbra de su alma herida,
caminaba un joven con sueños deshechos,
la esperanza en sus ojos se extinguía,
como la luna se oculta en reflejos.
Nunca tuvo el valor de decirle lo que siente,
su corazón encadenado, en silencio doliente.
Verla reír por las estupideces que dice,
era la única luz en su vida, la única brisa.
Sus días eran sombras, sus noches, lamentos,
el eco de su ser perdido en el viento,
cargaba con su pecho los tristes momentos,
de un amor callado, sin aliento.
Me mira, yo la miro, y aunque creo que ambos sabemos lo que sentimos,
no nos escribimos, y en ese silencio, morimos.
Cada mirada era un susurro, un latido,
pero nunca, nunca, nos dijimos lo que sentimos.
Él, cobarde en su tristeza infinita,
envió a otro para declararle su amor,
y en el acto perdió la última chispa,
de esperanza y de valor.
Ella, perpleja, no supo qué decir,
y en la confusión, un vacío sin fin,
su amor verdadero, en silencio, quedó,
y él, en la sombra, solo se lamentó.
Así pasaron los días, los meses, los años,
dos almas perdidas en un mar de engaños,
el amor que no fue, que nunca nació,
y en la tristeza, su espíritu murió.
La vida, cruel, le mostró su lección,
en el espejo de la desesperación,
que el amor no declarado es un tormento,
y sufre más aquel que calla el sentimiento.
Así, con el peso de su propia cobardía,
se consumió en una eterna agonía,
nunca más volverá a ver sus ojos brillar,
pues su destino fue siempre callar.
caminaba un joven con sueños deshechos,
la esperanza en sus ojos se extinguía,
como la luna se oculta en reflejos.
Nunca tuvo el valor de decirle lo que siente,
su corazón encadenado, en silencio doliente.
Verla reír por las estupideces que dice,
era la única luz en su vida, la única brisa.
Sus días eran sombras, sus noches, lamentos,
el eco de su ser perdido en el viento,
cargaba con su pecho los tristes momentos,
de un amor callado, sin aliento.
Me mira, yo la miro, y aunque creo que ambos sabemos lo que sentimos,
no nos escribimos, y en ese silencio, morimos.
Cada mirada era un susurro, un latido,
pero nunca, nunca, nos dijimos lo que sentimos.
Él, cobarde en su tristeza infinita,
envió a otro para declararle su amor,
y en el acto perdió la última chispa,
de esperanza y de valor.
Ella, perpleja, no supo qué decir,
y en la confusión, un vacío sin fin,
su amor verdadero, en silencio, quedó,
y él, en la sombra, solo se lamentó.
Así pasaron los días, los meses, los años,
dos almas perdidas en un mar de engaños,
el amor que no fue, que nunca nació,
y en la tristeza, su espíritu murió.
La vida, cruel, le mostró su lección,
en el espejo de la desesperación,
que el amor no declarado es un tormento,
y sufre más aquel que calla el sentimiento.
Así, con el peso de su propia cobardía,
se consumió en una eterna agonía,
nunca más volverá a ver sus ojos brillar,
pues su destino fue siempre callar.