Un Tango de Gatos
Era una noche de esas que Buenos Aires sabe regalar, con su bruma enroscándose entre las veredas y los faroles que titilan como pestañeos de un insomnio compartido. Yo estaba ahí, como siempre, en mi balcón de San Juan, mirando el río de tejados que desborda en la ciudad. Ella apareció como un tango lento, de esos que no se bailan, se sufren. Era toda Buenos Aires en un vestido negro, con una mirada afilada como cuchillo de carnicero y una sonrisa que tenía más curvas que la Avenida 9 de Julio. Traía consigo un gato, o más bien, el gato la traía a ella, porque su felino porteño caminaba con la arrogancia de quien lleva siglos desafiando al destino.
“Este es Gardel,” me dijo, señalando al gato mientras se acomodaba en el sillón como si fuera suyo. No pregunté si hablaba del gato o del espíritu que cargaba en su espalda. Gardel –el gato, no el cantor– me miró con un desdén que sólo los gatos y los porteños saben administrar. Yo, boricua hasta en los huesos, traté de encajar en ese tango mudo que se tejía entre los tres.
“¿Siempre traés a Gardel a seducir extraños?” le pregunté, intentando jugar en su cancha. Ella sonrió, una sonrisa que no daba tregua.
“No hay nada extraño en el amor,” me contestó, y en ese instante supe que estaba perdido, porque esas palabras no eran para mí, sino para Gardel, que ya estaba instalado en mi regazo como si ese fuera su trono natural.
Ella hablaba y yo la miraba, hipnotizado por el acento que serpenteaba entre las palabras como un bandoneón que improvisa. “En Buenos Aires, los gatos son dueños de todo. De las calles, de los techos, de los silencios.” Y yo, que nunca había pensado en la vida como una ciudad de gatos, me descubrí escuchándola como quien escucha una milonga que sabe que terminará en lágrimas.
Gardel me observaba desde las sombras, sus ojos de ámbar juzgándome. ¿Qué sabrá este boricua del arte de caminar por el filo del mundo?, parecía decir. Pero yo tenía mi propia música, mi propio compás. Saqué una botella de ron y serví dos vasos. Ella tomó uno, olió el contenido y rió. “Esto no es vino, pero va,” dijo, y bebió como quien apura la vida. Gardel saltó a la mesa, ronroneando como si hubiera encontrado en mi casa el escenario perfecto para sus caprichos.
Era una seducción que no seguía las reglas. Ella no buscaba conquistarme, y sin embargo, lo hacía con cada palabra que pronunciaba, con cada caricia distraída al gato que parecía su extensión felina. Me habló de tangos que sólo se bailan a solas, de noches en Buenos Aires donde los gatos y los humanos se encuentran en techos iluminados por la luna. Yo le conté de mi isla, del sol que nunca se esconde, del ritmo de tambores que no deja espacio para el silencio. Ella escuchó con la misma intensidad con la que se bebe un mate amargo, y por un momento, Buenos Aires y San Juan compartieron el mismo latido.
Gardel, mientras tanto, se paseaba como dueño de la escena, su cola alzada dibujando interrogantes en el aire. Lo intenté acariciar, pero me esquivó con esa gracia que sólo los gatos tienen. “No te esfuerces,” dijo ella. “Gardel no se deja domar. Igual que Buenos Aires.”
Cuando se fue, dejó detrás de sí un perfume que todavía flota en las cortinas y un gato que ahora parece haber decidido que mi casa es su nuevo tango. Gardel no habla, pero en su mirada está ella. La veo cada vez que él salta al balcón y se queda mirando la luna como si esperara que ella regrese, trayendo consigo las calles mojadas de su ciudad y las canciones que no se cantan, sólo se sienten.
Ahora, cuando tomo ron, escucho un tango en mi cabeza. No es Gardel –el cantor, no el gato– sino un compás inventado, una mezcla de bandoneón y tambor, de Caribe y arrabal. Y mientras Gardel, mi gato porteño-boricua, se acomoda en mi regazo con la soberbia de quien lo sabe todo, pienso en ella y en esa noche que fue más tango que cualquier tango. Una seducción hecha de silencios, ron, y un gato que siempre será el dueño de nuestra historia.