Krugos
Poeta recién llegado
I.
Despertar.
Oh ambición vagabunda: escabullirse
de un sueño que descubre que agoniza.
Decir al fin adiós y dar la espalda
a las larvas de tinta desabrida,
al mar de sus promesas incumplidas.
Declarar subyugados los latidos.
Engañar con excusas ingeniosas
a todas esas dudas que nos cercan.
Sentar la inanición a nuestra mesa,
ganarnos su confianza y, de improviso,
arrebatarle el alma a dentelladas.
Echar a la esperanza astrosas sobras,
dejarla amordazada en el desuso
y remediar el daño recibido.
Lisiar las facultades que imaginan,
las que evocan, las que urden, las que expresan,
y extirpar a zarpazos la destreza.
No volver a cantarle a la belleza,
ni obtener por respuesta las señales
que acusan su presencia en cada forma.
Librarnos de implorar validaciones,
de tener que volver a preguntarnos:
«¿en qué maldito punto se es poeta?»
Expulsar del recuerdo los rechazos,
las vergüenzas, derrotas, cobardías,
la necia vanidad de la ignorancia.
Forzar a vegetar a los sentidos:
negarle a nuestro mundo sus hedores,
amarguras, bullicios y asperezas.
Exhortar con enfático desprecio:
«¡Versos: desaparezcan! ¡Artes: cesen!»
Renunciar a sentirnos vulnerables.
Desintegrar los lazos que nos atan
a la sonámbula estampida humana,
y en solitud cabal abrir los ojos.
El vacío infecundo...
la rotunda nada...
ni eso quedaría al despertar.
II.
De cálida envoltura y frío núcleo,
los días se escabullen sin que pueda
saberse a dónde van ni qué los mueve.
Y así, ni de buen grado ni de malo,
se otorgan a la estrella más cercana
dos decenas de órbitas baldías.
La invariabilidad, sin pretenderlo,
extrae del artista dos bostezos,
y su desvelo yermo le quebranta.
Cabecea el poeta, se estremece,
cuando encalla la noche y ve que viven
apetitos que antaño sepultara.
«¿Podría —se pregunta— ser posible
soñar de nuevo, izar la enferma vela,
enmascarar de tinta nuestros dedos?»
Los ruidos de la noche le responden,
y vuelve...
... a ser vulnerable.
Prestas a devorar la intransigencia,
retornan las astrosas esperanzas,
seguidas de feroz incertidumbre.
Retornan los temores y las dudas,
cascada de luceros tenebrosos
que dictan villanías al oído.
Retornan viejas larvas desabridas,
a transmutarse en aves unas pocas
y marchitarse el resto en el olvido.
Por último, retorna azul la luna
de bribona sonrisa, con su corte
de borrachos, lunáticos y artistas.
En el tibio regazo de la noche
encallada, el poeta, vuelto humo,
se desploma, dispersa y desvanece.
Esquiva comprender que ya no alcanzan
las breves horas de su vida para
borrar de sus cuadernos tanta ausencia.
Y se aferra a las páginas vacías
con sus manos de humo, sosegado,
y sueña cobijado por las sombras.
Despertar.
Oh ambición vagabunda: escabullirse
de un sueño que descubre que agoniza.
Decir al fin adiós y dar la espalda
a las larvas de tinta desabrida,
al mar de sus promesas incumplidas.
Declarar subyugados los latidos.
Engañar con excusas ingeniosas
a todas esas dudas que nos cercan.
Sentar la inanición a nuestra mesa,
ganarnos su confianza y, de improviso,
arrebatarle el alma a dentelladas.
Echar a la esperanza astrosas sobras,
dejarla amordazada en el desuso
y remediar el daño recibido.
Lisiar las facultades que imaginan,
las que evocan, las que urden, las que expresan,
y extirpar a zarpazos la destreza.
No volver a cantarle a la belleza,
ni obtener por respuesta las señales
que acusan su presencia en cada forma.
Librarnos de implorar validaciones,
de tener que volver a preguntarnos:
«¿en qué maldito punto se es poeta?»
Expulsar del recuerdo los rechazos,
las vergüenzas, derrotas, cobardías,
la necia vanidad de la ignorancia.
Forzar a vegetar a los sentidos:
negarle a nuestro mundo sus hedores,
amarguras, bullicios y asperezas.
Exhortar con enfático desprecio:
«¡Versos: desaparezcan! ¡Artes: cesen!»
Renunciar a sentirnos vulnerables.
Desintegrar los lazos que nos atan
a la sonámbula estampida humana,
y en solitud cabal abrir los ojos.
El vacío infecundo...
la rotunda nada...
ni eso quedaría al despertar.
II.
De cálida envoltura y frío núcleo,
los días se escabullen sin que pueda
saberse a dónde van ni qué los mueve.
Y así, ni de buen grado ni de malo,
se otorgan a la estrella más cercana
dos decenas de órbitas baldías.
La invariabilidad, sin pretenderlo,
extrae del artista dos bostezos,
y su desvelo yermo le quebranta.
Cabecea el poeta, se estremece,
cuando encalla la noche y ve que viven
apetitos que antaño sepultara.
«¿Podría —se pregunta— ser posible
soñar de nuevo, izar la enferma vela,
enmascarar de tinta nuestros dedos?»
Los ruidos de la noche le responden,
y vuelve...
... a ser vulnerable.
Prestas a devorar la intransigencia,
retornan las astrosas esperanzas,
seguidas de feroz incertidumbre.
Retornan los temores y las dudas,
cascada de luceros tenebrosos
que dictan villanías al oído.
Retornan viejas larvas desabridas,
a transmutarse en aves unas pocas
y marchitarse el resto en el olvido.
Por último, retorna azul la luna
de bribona sonrisa, con su corte
de borrachos, lunáticos y artistas.
En el tibio regazo de la noche
encallada, el poeta, vuelto humo,
se desploma, dispersa y desvanece.
Esquiva comprender que ya no alcanzan
las breves horas de su vida para
borrar de sus cuadernos tanta ausencia.
Y se aferra a las páginas vacías
con sus manos de humo, sosegado,
y sueña cobijado por las sombras.