Cada día se levantan edificios de lujo
mientras familias enteras respiran al lado de ríos podridos.
El gobierno reparte fundas que llenan un estómago por un día,
pero no reparte trabajo,
porque un pueblo ocupado no se arrodilla.
Las drogas cuestan menos que un pan,
y los cuerpos se quiebran en las esquinas
para engañar el hambre que nunca se apaga.
Cada día más muertos,
cada día más quiebra,
cada día más inmigrantes en un país que no sostiene ni a los suyos.
Una tarjeta que compra miseria
es la limosna que llaman justicia.
Las empresas tiran la comida a la basura
antes que entregarla al hambriento.
La educación se pudre,
los adolescentes cargan armas antes que libros,
y los policías que deberían proteger
disparan contra inocentes.
Sin experiencia no hay trabajo,
sin trabajo no hay experiencia:
un círculo perfecto para mantener al pobre en la sombra.
Todo se compra, todo se vende,
sin dinero no hay escuela,
sin dinero no hay empleo,
sin dinero no hay respeto.
Los hijos de nadie no tienen futuro:
nacieron condenados a servir,
la palabra “empleado” les fue tatuada antes de hablar.
La comida y la salud suben,
los sueldos se arrastran,
y hay quienes trabajan cuatro vidas en una
para apenas sostener un hogar.
Somos los olvidados,
los que creen en promesas huecas,
los que sirven para votar y luego sobran.
Somos de uso, como herramientas gastadas.
Solo nos quedan los brazos, los ojos, las piernas, la cabeza,
pero solo se esperan de ellos horas para otro,
hasta morir.
Nos dan lo mínimo para mantenernos vivos,
para exprimirnos hasta el hueso.
Pero también tenemos cerebro.
¿Por qué no usarlo contra quienes solo piensan en dinero,
contra los que tienen bolsillos llenos
y corazones vacíos?
Podemos ser más.
Podemos levantar un mundo distinto.
Seamos idealistas, seamos fuertes,
resistamos la presión y mantengámonos de pie.
Somos un pueblo que puede con todo,
un pueblo trabajador,
un pueblo lleno de sueños.
Y que lo entiendan:
nuestras vidas no están en venta.
-Dior
mientras familias enteras respiran al lado de ríos podridos.
El gobierno reparte fundas que llenan un estómago por un día,
pero no reparte trabajo,
porque un pueblo ocupado no se arrodilla.
Las drogas cuestan menos que un pan,
y los cuerpos se quiebran en las esquinas
para engañar el hambre que nunca se apaga.
Cada día más muertos,
cada día más quiebra,
cada día más inmigrantes en un país que no sostiene ni a los suyos.
Una tarjeta que compra miseria
es la limosna que llaman justicia.
Las empresas tiran la comida a la basura
antes que entregarla al hambriento.
La educación se pudre,
los adolescentes cargan armas antes que libros,
y los policías que deberían proteger
disparan contra inocentes.
Sin experiencia no hay trabajo,
sin trabajo no hay experiencia:
un círculo perfecto para mantener al pobre en la sombra.
Todo se compra, todo se vende,
sin dinero no hay escuela,
sin dinero no hay empleo,
sin dinero no hay respeto.
Los hijos de nadie no tienen futuro:
nacieron condenados a servir,
la palabra “empleado” les fue tatuada antes de hablar.
La comida y la salud suben,
los sueldos se arrastran,
y hay quienes trabajan cuatro vidas en una
para apenas sostener un hogar.
Somos los olvidados,
los que creen en promesas huecas,
los que sirven para votar y luego sobran.
Somos de uso, como herramientas gastadas.
Solo nos quedan los brazos, los ojos, las piernas, la cabeza,
pero solo se esperan de ellos horas para otro,
hasta morir.
Nos dan lo mínimo para mantenernos vivos,
para exprimirnos hasta el hueso.
Pero también tenemos cerebro.
¿Por qué no usarlo contra quienes solo piensan en dinero,
contra los que tienen bolsillos llenos
y corazones vacíos?
Podemos ser más.
Podemos levantar un mundo distinto.
Seamos idealistas, seamos fuertes,
resistamos la presión y mantengámonos de pie.
Somos un pueblo que puede con todo,
un pueblo trabajador,
un pueblo lleno de sueños.
Y que lo entiendan:
nuestras vidas no están en venta.
-Dior