La tarde -casi cúrcuma- declina
sobre los cerros. El pampero estruja
los alguaciles contra la banquina,
y en un golpe de sal se desdibuja
el rojo de los ceibos. Permanece
no obstante un algo, un vago y triste trino
cuando irrumpe el lucero. Un estornino
huye de la llovizna. El pasto crece.
Entre mis dedos surge una vertiente,
el mapa de un abismo conocido,
la parte navegable del olvido,
un tajo hecho de rimas y aguardiente.
Lo que fue chaparrón será aguacero,
¡pobre de mí sin viento
ni velero!
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