Ziler
Poeta recién llegado
No confundo estos versos, abigarrados de crudeza, con el eco de un lamento indeleble; no son un estrépito amenazante que se disipa, sino secuelas destinadas a languidecer en un impasible silencio hasta quedar postradas en mi libreta deshecha.
Organizo aquellas falacias mentales que nutren mis sesos sentenciados mientras me aniquilo con el recuerdo de su pelo, esa única objeción a mi realidad; así, impido que escape por la ventana esta inminente soledad que ya dibuja un paisaje llano ante mis ojos, colmado de aflicciones vanas y una melancolía infinita.
Perdí ya el encendedor en esta cumbre imponente; ahora solo me resta abrazar la muerte para apaciguar el gélido rigor de la altura. Desde tal cima lírica, aguardo el día en que deba abandonar este cuerpo que gobierno, mientras escucho cómo menguan los latidos de un corazón que, desde siempre, anhelaba desaparecer.
Organizo aquellas falacias mentales que nutren mis sesos sentenciados mientras me aniquilo con el recuerdo de su pelo, esa única objeción a mi realidad; así, impido que escape por la ventana esta inminente soledad que ya dibuja un paisaje llano ante mis ojos, colmado de aflicciones vanas y una melancolía infinita.
Perdí ya el encendedor en esta cumbre imponente; ahora solo me resta abrazar la muerte para apaciguar el gélido rigor de la altura. Desde tal cima lírica, aguardo el día en que deba abandonar este cuerpo que gobierno, mientras escucho cómo menguan los latidos de un corazón que, desde siempre, anhelaba desaparecer.