dragon_ecu
Esporádico permanente
El sordo mudo ponía a la salida del cine de barrio dos banquitos de madera...
En uno abría una maleta que era a la vez vitrina y caja.
El otro banquito soportaba sus nalgas desde la dos de la tarde...
hasta las 2 de la mañana.
La gente lo conocía de años
de cuando su madre vieja fuera atropellada
en la misma esquina del cine.
desde entonces la gente le armó ese negocio.
Recuerdo como el doctor de la botica
le compraba a diario media cajetilla de cigarrillos
y el hombre no fumaba.
O como los muchachos del barrio preferían
comprar allí sus chocolates y golosinas
en lugar de la tienda.
Una madrugada algún parroquiano lo observó
y entre las sombras de un zaguán
lo violó con saña...
Por su condición era algo débil
sumiso, casi virginalmente inocente.
Aquello resultó en un odio a los extraños.
Nadie ajeno al barrio era bien visto.
Pero para él solo fue un día más.
Una mosca adicional a aquellas que en la tarde
revoloteaban sobre los dulces.
En cierto modo...
haber sentido un abrazo brusco
pareció gustarle..
o al menos no lo afectó como todos suponían.
Años después regresé a pie
por las calles del pasado.
El cine pasó a ser porno cine,
luego una iglesia de secta,
y ahorra era una bodega más
de las muchas que se abrieron en la zona.
Una cuantas caras arrugadas me reconocieron,
y el instante se alargó entre chismes
y cuentos de viejas.
La nieta del peluquero...
Las mellizas...
Carne negra y che calito encanados...
La yegua...
Los aún vivos...
Los mal moridos y bien moridos...
Material hasta de sobra para una memoria
y esta se derramaba sobre la espuma de la cerveza.
Sonido de tos tuberculosa en cuartos supurando humedad
de esputos salobres que por no tragarse
adornaban las paredes.
Espejos donde igual asomaban canas que calzones rotos convenientemente.
Y la extraña certidumbre de que a pesar de la miseria
no había resentimientos ni envidias malsanas.
Claro que daba coraje ver a alguien bien vestido
o acompañado de alguna de las Rada o chicas bien de la zona.
Pero era un aliciente para superarse y no un motivo para odiar al otro.
Mi pobreza nunca fue motivo para odiar a otro
que no fuera mi propia indecisión o inacción.
El sordo mudo muerto de sida.
El gordo César muerto de un cuchillazo.
La melliza de puta en la dieciocho.
El doctor de la botica huido por una muerto inexplicable.
El negro Tino heredando su cremas de sobador a su hijo kinesiélogo.
Pasaron tantas cosas mientras viví en esas esquinas.
Pasaron tantas más cuando me alejé.
Pero...
Jamás llegó nadie a explicarme
que mi desdicha era culpa de otro.
Por el contrario
todos me apuntaban
con un sano deseo de que me superara
y salga del tugurio
para no volver jamás...
El miedo era una constante
ante lo inconstante de la vida.
No era el típico miedo a la muerte
o el miedo a lo desconocido.
El mayor miedo
era al dolor
pero no a su presencia
pues implicaba que algo funcionaba.
Era un pánico a no sentir dolor,
a notar como la carne se torcía
e incluso pudría, pero...
esta no dolía como debía de doler.
Junto al olor de lo podrido
se sumaba la certeza
de la muerte a plazos
de caer en pedazos descompuestos.
Otro tanto eran las confusiones
con las confesiones del sacristán.
Que si era propietario o inquilino,
el usuario del cuarto sin puerta
en la covacha de los chinches.
Que como cliente tiene derechos
y como usuario obligaciones
pero el conserje terminaba
cobrando como si fuera dueño.
El viejo que a veces cobraba
los favores, el agua, la luz
y los arriendos sobre la cama.
La noche previa a su murición,
decía que no quería palabras sobre su tumba.
Al fin que de nada servían,
salvo para que cada quien reconozca
como se portan consigo mismos.
Era un torpe diploma de reconocimiento,
que en lugar de homenajearlo
le rendía tributo a quien lo daba.
No lo entendía hasta que años después
cuando me daban honoris causa
noté que subía el prestigio
del alma mater que me homenajeaba.
Menudos premios que al final tampoco
me seguirán al otro lado.
Pues poco mérito habrá en ser recordado por lo que dejé
y no pude llevar conmigo.
Y más en los que recordarme por lo que era
y se marcharía conmigo.
En uno abría una maleta que era a la vez vitrina y caja.
El otro banquito soportaba sus nalgas desde la dos de la tarde...
hasta las 2 de la mañana.
La gente lo conocía de años
de cuando su madre vieja fuera atropellada
en la misma esquina del cine.
desde entonces la gente le armó ese negocio.
Recuerdo como el doctor de la botica
le compraba a diario media cajetilla de cigarrillos
y el hombre no fumaba.
O como los muchachos del barrio preferían
comprar allí sus chocolates y golosinas
en lugar de la tienda.
Una madrugada algún parroquiano lo observó
y entre las sombras de un zaguán
lo violó con saña...
Por su condición era algo débil
sumiso, casi virginalmente inocente.
Aquello resultó en un odio a los extraños.
Nadie ajeno al barrio era bien visto.
Pero para él solo fue un día más.
Una mosca adicional a aquellas que en la tarde
revoloteaban sobre los dulces.
En cierto modo...
haber sentido un abrazo brusco
pareció gustarle..
o al menos no lo afectó como todos suponían.
Años después regresé a pie
por las calles del pasado.
El cine pasó a ser porno cine,
luego una iglesia de secta,
y ahorra era una bodega más
de las muchas que se abrieron en la zona.
Una cuantas caras arrugadas me reconocieron,
y el instante se alargó entre chismes
y cuentos de viejas.
La nieta del peluquero...
Las mellizas...
Carne negra y che calito encanados...
La yegua...
Los aún vivos...
Los mal moridos y bien moridos...
Material hasta de sobra para una memoria
y esta se derramaba sobre la espuma de la cerveza.
Sonido de tos tuberculosa en cuartos supurando humedad
de esputos salobres que por no tragarse
adornaban las paredes.
Espejos donde igual asomaban canas que calzones rotos convenientemente.
Y la extraña certidumbre de que a pesar de la miseria
no había resentimientos ni envidias malsanas.
Claro que daba coraje ver a alguien bien vestido
o acompañado de alguna de las Rada o chicas bien de la zona.
Pero era un aliciente para superarse y no un motivo para odiar al otro.
Mi pobreza nunca fue motivo para odiar a otro
que no fuera mi propia indecisión o inacción.
El sordo mudo muerto de sida.
El gordo César muerto de un cuchillazo.
La melliza de puta en la dieciocho.
El doctor de la botica huido por una muerto inexplicable.
El negro Tino heredando su cremas de sobador a su hijo kinesiélogo.
Pasaron tantas cosas mientras viví en esas esquinas.
Pasaron tantas más cuando me alejé.
Pero...
Jamás llegó nadie a explicarme
que mi desdicha era culpa de otro.
Por el contrario
todos me apuntaban
con un sano deseo de que me superara
y salga del tugurio
para no volver jamás...
El miedo era una constante
ante lo inconstante de la vida.
No era el típico miedo a la muerte
o el miedo a lo desconocido.
El mayor miedo
era al dolor
pero no a su presencia
pues implicaba que algo funcionaba.
Era un pánico a no sentir dolor,
a notar como la carne se torcía
e incluso pudría, pero...
esta no dolía como debía de doler.
Junto al olor de lo podrido
se sumaba la certeza
de la muerte a plazos
de caer en pedazos descompuestos.
Otro tanto eran las confusiones
con las confesiones del sacristán.
Que si era propietario o inquilino,
el usuario del cuarto sin puerta
en la covacha de los chinches.
Que como cliente tiene derechos
y como usuario obligaciones
pero el conserje terminaba
cobrando como si fuera dueño.
El viejo que a veces cobraba
los favores, el agua, la luz
y los arriendos sobre la cama.
La noche previa a su murición,
decía que no quería palabras sobre su tumba.
Al fin que de nada servían,
salvo para que cada quien reconozca
como se portan consigo mismos.
Era un torpe diploma de reconocimiento,
que en lugar de homenajearlo
le rendía tributo a quien lo daba.
No lo entendía hasta que años después
cuando me daban honoris causa
noté que subía el prestigio
del alma mater que me homenajeaba.
Menudos premios que al final tampoco
me seguirán al otro lado.
Pues poco mérito habrá en ser recordado por lo que dejé
y no pude llevar conmigo.
Y más en los que recordarme por lo que era
y se marcharía conmigo.
Última edición: