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El pan del perro

Callejero60

Sé agua ... o nada.
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Hay un hambre antigua que no tiene nombre,
una impronta en las entrañas que asfixia el aire;
si la piel y su razón olvidan alianzas
el sentir solo entiende una consigna:
Afanarse lo ajeno,
o dejar este barrio.

Es el hambre del hombre sin banquetes,
del que mira su plato
y solo halla el rastro de un fuego ya extinto;
del sabedor del secreto de este mundo,
refugio y redil
de las almas que respiran un mismo aliento;
ese aliento que fuera y dentro de la reja
alimenta todo,
aunque el sabor es distinto a cada lado;
y ambos buscan el favor de quien sabe
que este mundo es cárcel,
donde sobrevive el más despiadado
y solo el observador
alcanza el laurel.

Ahí surge la sombra,
el instinto oculto.
Cuando el terror al abismo se hace materia:
la rabia caducada asume el mando
y la vida del de enfrente
es el único abasto que nos queda.

Y es entonces,
sin el lastre del remordimiento,
que ese instinto busca el cuenco del amigo,
su silla,
su aire,
su veneno...
su existir;
y arranca la cobija al compañero,
o al lacayo del frío
que pasa cada noche
a la intemperie.

No es el pan del perro solo tiempo
por sumar primaveras a la cuenta;
es el instinto voraz de quien,
temiendo el final del pulso,
saquea a la miseria misma
y se siente albacea
del llanto del vecino.

Es la supervivencia en estado puro,
latidos que avanzan sobre escombros
donde la máxima creación, cegada por el miedo,
prefiere pan de infamia
antes que sucumbir a lo inevitable.

Y es que, en la frontera de lo negro
no hay piedad,
y en el lodo del mundo,
"por los siglos de los siglos",
seguirá ondeando la bandera de villanos que,
con sus infalibles y fatales golpes de viento
en las velas de otros,
seguirán aferrados...
a su mísera existencia.

Pobre perro sin pan,
si al que muerde su mano, idolatra,
mientras ungüentos de hollín
en forma de credos,
son aceptados como bálsamo
y verdad absoluta
de los "dioses" que mecen las cunas.
~•~
 
Última edición:
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Hay un hambre antigua que no tiene nombre,
una impronta en las entrañas que asfixia el aire;
si la piel y su razón olvidan alianzas
y el sentir solo entiende una consigna:
Afanarse lo ajeno,
o dejar este barrio.

Es el hambre del hombre sin banquetes,
del que mira su plato
y solo halla el rastro de un fuego ya extinto;
del sabedor del secreto de este mundo,
refugio y redil
de las almas que respiran un mismo aliento;
ese aliento que fuera y dentro de la reja
alimenta todo,
aunque el sabor es distinto a cada lado;
y ambos buscan el favor de quien sabe
que este mundo es cárcel,
donde sobrevive el más despiadado
y solo el observador
alcanza el laurel.

Ahí surge la sombra,
el instinto oculto.
Cuando el terror al abismo se hace materia:
la rabia caducada asume el mando
y la vida del de enfrente
es el único abasto que nos queda.

Y es entonces,
sin el lastre del remordimiento,
que ese instinto busca el cuenco del amigo,
su silla,
su aire,
su veneno...
su existir;
y arranca la cobija al compañero,
o al lacayo del frío
que pasa cada noche
a la intemperie.

No es el pan del perro solo tiempo
por sumar primaveras a la cuenta;
es el instinto voraz de quien,
temiendo el final del pulso,
saquea a la miseria misma
y se siente albacea
del llanto del vecino.

Es la supervivencia en estado puro,
latidos que avanzan sobre escombros
donde la máxima creación, cegada por el miedo,
prefiere pan de infamia
antes que sucumbir a lo inevitable.

Y es que, en la frontera de lo negro
no hay piedad,
y en el lodo del mundo,
"por los siglos de los siglos",
seguirá ondeando la bandera de villanos que,
con sus infalibles y fatales golpes de viento
en las velas de otros,
seguirán aferrados...
a su mísera existencia.

Pobre perro sin pan,
si al que muerde su mano, idolatra,
mientras ungüentos de hollín
en forma de credos,
son aceptados como bálsamo
y verdad absoluta
de los "dioses" que mecen las cunas.
~•~
Desafortunadamente la gente a menudo adora a quienes los oprimen, aceptando falsas verdades como consuelo.

Saludos
 

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