Tu cuerpo no llega

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
Tu cuerpo no llega:
aparece.

Como aparecen las tormentas sobre las ciudades cansadas,
o la música que alguien deja escapar
desde un apartamento encendido a las dos de la mañana.

Vienes con la noche pegada al cabello,
con ese perfume imposible
que mezcla lluvia,
pantallas encendidas
y algo antiguo que no sé nombrar.

Yo te miro
como quien descubre el mar después del encierro.

Porque todavía existen milagros:
tu espalda bajo la luz azul del teléfono,
tu risa atravesando el humo del café,
tu boca diciendo mi nombre
como si el mundo aún pudiera salvarse.

Amarte hoy
es aprender el idioma de las ausencias modernas.

Esperar un mensaje.
Ver tu fotografía demasiadas veces.
Dormir abrazado a un recuerdo digital
que no tiene temperatura
pero arde.

Y aun así,
qué cosa hermosa este desastre.

Porque cuando me besas,
desaparecen las noticias,
las guerras,
la velocidad enferma de los días.

Tu piel vuelve lento el tiempo.

Entonces entiendo
que el amor sigue siendo el mismo animal antiguo,
solo que ahora se esconde
entre cables,
aeropuertos,
contraseñas,
y ciudades donde la gente ya no se mira a los ojos.

Pero yo sí te miro.

Te miro como Neruda habría mirado
si hubiera sobrevivido a este siglo:
con hambre,
con ternura,
con la desesperación dulce
de quien todavía cree
que un cuerpo amado
puede derrotar la tristeza del mundo.
 
Tu cuerpo no llega:
aparece.

Como aparecen las tormentas sobre las ciudades cansadas,
o la música que alguien deja escapar
desde un apartamento encendido a las dos de la mañana.

Vienes con la noche pegada al cabello,
con ese perfume imposible
que mezcla lluvia,
pantallas encendidas
y algo antiguo que no sé nombrar.

Yo te miro
como quien descubre el mar después del encierro.

Porque todavía existen milagros:
tu espalda bajo la luz azul del teléfono,
tu risa atravesando el humo del café,
tu boca diciendo mi nombre
como si el mundo aún pudiera salvarse.

Amarte hoy
es aprender el idioma de las ausencias modernas.

Esperar un mensaje.
Ver tu fotografía demasiadas veces.
Dormir abrazado a un recuerdo digital
que no tiene temperatura
pero arde.

Y aun así,
qué cosa hermosa este desastre.

Porque cuando me besas,
desaparecen las noticias,
las guerras,
la velocidad enferma de los días.

Tu piel vuelve lento el tiempo.

Entonces entiendo
que el amor sigue siendo el mismo animal antiguo,
solo que ahora se esconde
entre cables,
aeropuertos,
contraseñas,
y ciudades donde la gente ya no se mira a los ojos.

Pero yo sí te miro.

Te miro como Neruda habría mirado
si hubiera sobrevivido a este siglo:
con hambre,
con ternura,
con la desesperación dulce
de quien todavía cree
que un cuerpo amado
puede derrotar la tristeza del mundo.
José Aníbal, hola
Has capturado perfectamente esa “disonancia cognitiva” que define el amor en nuestra era: la frialdad de los dispositivos frente al calor, casi olvidado, de un beso.

Es una pieza hermosa que oscila entre la melancolía urbana y la esperanza renovada.

Cerrar con la figura de Neruda es un movimiento audaz y acertado. Con esa "desesperación dulce" logras actualizar ese sentimiento sin perder la elegancia.

"Qué cosa hermosa este desastre." Este verso es el eje del poema. Es la aceptación de que, aunque el contexto sea caótico y la velocidad de los días nos "enferme", el encuentro físico sigue siendo la única frontera donde el tiempo se detiene.

Aplausos
 
Gracias por leerme de una forma tan profunda.
Pero más gracias aún porque sentí que no solo leíste el poema… lo habitaste.
Hay comentarios que se quedan en la superficie, y hay otros que, al cerrar los ojos, uno puede sentir respirando dentro del texto. El tuyo fue así.
Me conmovió saber que encontraste en ese “desastre hermoso” algo más que palabras; casi como si por un instante también hubieras sentido esa pausa extraña donde el tiempo deja de correr y un beso vuelve a salvarnos del ruido.
Gracias por mirar la melancolía sin miedo. Y gracias por recordarme que todavía existen personas capaces de sentir un poema antes de analizarlo.
 
Gracias por leerme de una forma tan profunda.
Pero más gracias aún porque sentí que no solo leíste el poema… lo habitaste.
Hay comentarios que se quedan en la superficie, y hay otros que, al cerrar los ojos, uno puede sentir respirando dentro del texto. El tuyo fue así.
Me conmovió saber que encontraste en ese “desastre hermoso” algo más que palabras; casi como si por un instante también hubieras sentido esa pausa extraña donde el tiempo deja de correr y un beso vuelve a salvarnos del ruido.
Gracias por mirar la melancolía sin miedo. Y gracias por recordarme que todavía existen personas capaces de sentir un poema antes de analizarlo.
Creo que la mejor forma de hacer un comentario es entender lo que leo.
Gracias
 

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