Bajo la parra oscura,
tembló la tarde sobre tu mejilla,
y una estrella madura
rompió su campanilla
como la flor que brota de semilla.
Tus labios encendían
la sal secreta de los naranjales,
y las sombras huían
por los hondos zarzales
con un temblor de lunas minerales.
Cuando rozó tu boca
mi sangre, toro herido por el viento,
la noche volvió loca
su negro pensamiento
y ardió la vid dormida del momento.
Tus ojos, dos luceros,
cerraron la tristeza de la tierra,
y los viejos senderos
olvidaron la guerra
bajo la paz azul de aquella sierra.
Y después, en el río,
el cielo concedía el mandamiento
y el jazmín del estío
se quedó sin aliento
mirando arder la espuma del momento.
Desde entonces, la luna
cuando besa los álamos del valle,
derrama su fortuna
para que nunca calle
el primer beso vivo que nos halle.
tembló la tarde sobre tu mejilla,
y una estrella madura
rompió su campanilla
como la flor que brota de semilla.
Tus labios encendían
la sal secreta de los naranjales,
y las sombras huían
por los hondos zarzales
con un temblor de lunas minerales.
Cuando rozó tu boca
mi sangre, toro herido por el viento,
la noche volvió loca
su negro pensamiento
y ardió la vid dormida del momento.
Tus ojos, dos luceros,
cerraron la tristeza de la tierra,
y los viejos senderos
olvidaron la guerra
bajo la paz azul de aquella sierra.
Y después, en el río,
el cielo concedía el mandamiento
y el jazmín del estío
se quedó sin aliento
mirando arder la espuma del momento.
Desde entonces, la luna
cuando besa los álamos del valle,
derrama su fortuna
para que nunca calle
el primer beso vivo que nos halle.