Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hoy es el día. He sabido que ya es la hora, pronto por la mañana, he cogido el zurrón, donde he guardado cálamo y tintero con unos pliegos de papel. También el rabel de castaño, el de dos cuerdas. Me he puesto el tosco sayal y dejé la casa.
Por veredas tranquilas y senderos poco transitados va a ir mi camino. Hasta el fin de la tierra, quién sabe si más allá, donde dicen los cantares que crece la hierba de la inmortalidad. Seguiré el camino del sol, buscando el lugar en que pernocta más allá del horizonte. Por la noche me guiará el rastro de estrellas, las que forman caminos del cielo.
Son testigos mudos de mi marcha los negrillos que sombrean el sendero y aflora a los labios una canción de caminante. Sigo, bordeando las acequias hasta llegar al arroyo grande. El puente de troncos me pasa a la otra orilla.
Alcanzo allí un carromato de ruedas grandes y llantas de hierro, cubierto a modo de caseta con una lona que presenta algunos remiendos.
Cuelga en su costado una botija de barro rojo que promete agua fresca.
Una niña comparte con un anciano el pescante. Con la curiosidad de los infantes, pregunta dónde voy por esos caminos. Le digo la verdad, viajo sin prisa, con rumbo fijo a donde acaba el mundo o al lugar en que encuentre razón para quedarme.
El viejo, que es abuelo de la niña sonríe y me da conversación. Es chamarilero, sanador de huesos, componedor de trastos rotos, vendedor de boticas, crecepelos, bálsamos y depurativos. ¡Ah! y también es concheiro.
En compañía, las leguas se recorren con paso tranquilo y charla amena. El día, soleado y tibio, me ha hecho un gran regalo. Escuchar a viajeros que peinan canas es siempre interesante y compartir cantares con personitas tan jóvenes como Alba, pues así se llama la niña, es reconfortante.
Paramos a comer en una zona del bosque, umbría y, con el crepitar del fuego y el aroma de las viandas haciéndose en la sartén, es el momento de que el rabel se afine y apreste a poner fondo musical a los cantares de viajeros.
Pablo y Alba me cuentan de sus aventuras que se inician por la Cruz de mayo y terminarán para la Cruz de septiembre. Recorren las aldeas y atienden en lo que pueden a los vecinos, a cambio de unas monedas, o castañas, o nueces, que llevarán a casa cuando terminen su periplo.
Yo les hablo de la inquietud de mis días, de la decepción de mi vida. Quiero saber, conocer, ver el mundo como es, no como me lo cuentan. Busco respuestas, porqués, saber qué es la vida y qué es la muerte y si tienen razón de ser tanto una como otra.
Los ojos de Pablo me miran con sabiduría. Esa sabiduría que da el recorrer el mundo viendo rincones, escuchando gentes, entendiendo sus dolores y sus preocupaciones. Pero no me da respuestas. Éstas las tengo que encontrar yo.
Al anochecer nos despedimos. Con una sonrisa franca me ofrece un regalo, a cambio de tus canciones, dice. Y saca una concha de vieira, me la coloca al cuello. Le miro, se lo agradezco con un abrazo y hallo una respuesta: me he convertido en peregrino.
Por veredas tranquilas y senderos poco transitados va a ir mi camino. Hasta el fin de la tierra, quién sabe si más allá, donde dicen los cantares que crece la hierba de la inmortalidad. Seguiré el camino del sol, buscando el lugar en que pernocta más allá del horizonte. Por la noche me guiará el rastro de estrellas, las que forman caminos del cielo.
Son testigos mudos de mi marcha los negrillos que sombrean el sendero y aflora a los labios una canción de caminante. Sigo, bordeando las acequias hasta llegar al arroyo grande. El puente de troncos me pasa a la otra orilla.
Alcanzo allí un carromato de ruedas grandes y llantas de hierro, cubierto a modo de caseta con una lona que presenta algunos remiendos.
Cuelga en su costado una botija de barro rojo que promete agua fresca.
Una niña comparte con un anciano el pescante. Con la curiosidad de los infantes, pregunta dónde voy por esos caminos. Le digo la verdad, viajo sin prisa, con rumbo fijo a donde acaba el mundo o al lugar en que encuentre razón para quedarme.
El viejo, que es abuelo de la niña sonríe y me da conversación. Es chamarilero, sanador de huesos, componedor de trastos rotos, vendedor de boticas, crecepelos, bálsamos y depurativos. ¡Ah! y también es concheiro.
En compañía, las leguas se recorren con paso tranquilo y charla amena. El día, soleado y tibio, me ha hecho un gran regalo. Escuchar a viajeros que peinan canas es siempre interesante y compartir cantares con personitas tan jóvenes como Alba, pues así se llama la niña, es reconfortante.
Paramos a comer en una zona del bosque, umbría y, con el crepitar del fuego y el aroma de las viandas haciéndose en la sartén, es el momento de que el rabel se afine y apreste a poner fondo musical a los cantares de viajeros.
Pablo y Alba me cuentan de sus aventuras que se inician por la Cruz de mayo y terminarán para la Cruz de septiembre. Recorren las aldeas y atienden en lo que pueden a los vecinos, a cambio de unas monedas, o castañas, o nueces, que llevarán a casa cuando terminen su periplo.
Yo les hablo de la inquietud de mis días, de la decepción de mi vida. Quiero saber, conocer, ver el mundo como es, no como me lo cuentan. Busco respuestas, porqués, saber qué es la vida y qué es la muerte y si tienen razón de ser tanto una como otra.
Los ojos de Pablo me miran con sabiduría. Esa sabiduría que da el recorrer el mundo viendo rincones, escuchando gentes, entendiendo sus dolores y sus preocupaciones. Pero no me da respuestas. Éstas las tengo que encontrar yo.
Al anochecer nos despedimos. Con una sonrisa franca me ofrece un regalo, a cambio de tus canciones, dice. Y saca una concha de vieira, me la coloca al cuello. Le miro, se lo agradezco con un abrazo y hallo una respuesta: me he convertido en peregrino.
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