Petrikov
Poeta recién llegado
Ekaterina,
cuando leas estas líneas
quizá ya esté lejos.
No sé dónde dormiré mañana,
ni si habrá pan,
ni si el fusil que me han dado
disparará cuando llegue el momento.
Sólo sé que me voy.
No porque ame la guerra.
Tú sabes que nunca la amé.
Me voy porque estoy cansado
de ver a hombres viejos
mandar a hombres jóvenes
a morir por cosas que no entienden.
En la estación
he escuchado un rumor.
Dicen que viene un tren.
Nadie sabe mucho más.
Dicen que viene de Zúrich.
Los obreros lo comentan en voz baja,
como si hablaran del deshielo
después de un invierno demasiado largo.
*¡Ura! ¡Ura!*
Lo gritan algunos.
Otros todavía tienen miedo.
Yo también tengo miedo,
Ekaterina.
Los poemas mienten cuando dicen lo contrario.
Tengo miedo de no volver,
de olvidar tu voz,
de que un día ya no recuerde
el color de tus ojos.
Pero aun así me voy.
Y si llega la hora,
empuñare el arma
con mis manos destrozadas por el trabajo.
Anoche, junto al fuego,
unos soldados cantaban.
No sé cómo explicarlo.
Parecía que cien hombres cantaban
con una sola garganta.
Una canción grave,
profunda,
como esos coros rojos
que hacen temblar el pecho.
Y durante unos minutos
todos creímos
que el mundo podía cambiar.
Si no regreso,
no llores demasiado.
Recuerda mis chistes malos,
las tardes junto al río,
y aquella vez que bailaste conmigo
aunque ninguno de los dos sabía bailar.
Y si regreso,
prometo volver a pedirte la mano,
como si fuera la primera vez.
Porque hay cosas que merecen repetirse.
*********************************************************************************
Cuando volví,
tú ya no estabas.
La guerra se había llevado demasiadas cosas.
Busqué tu nombre
en cartas,
en calles,
en recuerdos.
Y entonces comprendí algo.
Tú ya no estabas.
Pero tu nombre pertenece a una ciudad.
Y dentro de unos años,
cuando los niños estudien la caída de los zares,
pronunciarán tu nombre sin saberlo.
Ekaterina.
Ekaterimburgo.
Y yo sonreiré en silencio,
porque el mundo te recordará
mucho después de habernos olvidado a nosotros.
cuando leas estas líneas
quizá ya esté lejos.
No sé dónde dormiré mañana,
ni si habrá pan,
ni si el fusil que me han dado
disparará cuando llegue el momento.
Sólo sé que me voy.
No porque ame la guerra.
Tú sabes que nunca la amé.
Me voy porque estoy cansado
de ver a hombres viejos
mandar a hombres jóvenes
a morir por cosas que no entienden.
En la estación
he escuchado un rumor.
Dicen que viene un tren.
Nadie sabe mucho más.
Dicen que viene de Zúrich.
Los obreros lo comentan en voz baja,
como si hablaran del deshielo
después de un invierno demasiado largo.
*¡Ura! ¡Ura!*
Lo gritan algunos.
Otros todavía tienen miedo.
Yo también tengo miedo,
Ekaterina.
Los poemas mienten cuando dicen lo contrario.
Tengo miedo de no volver,
de olvidar tu voz,
de que un día ya no recuerde
el color de tus ojos.
Pero aun así me voy.
Y si llega la hora,
empuñare el arma
con mis manos destrozadas por el trabajo.
Anoche, junto al fuego,
unos soldados cantaban.
No sé cómo explicarlo.
Parecía que cien hombres cantaban
con una sola garganta.
Una canción grave,
profunda,
como esos coros rojos
que hacen temblar el pecho.
Y durante unos minutos
todos creímos
que el mundo podía cambiar.
Si no regreso,
no llores demasiado.
Recuerda mis chistes malos,
las tardes junto al río,
y aquella vez que bailaste conmigo
aunque ninguno de los dos sabía bailar.
Y si regreso,
prometo volver a pedirte la mano,
como si fuera la primera vez.
Porque hay cosas que merecen repetirse.
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Cuando volví,
tú ya no estabas.
La guerra se había llevado demasiadas cosas.
Busqué tu nombre
en cartas,
en calles,
en recuerdos.
Y entonces comprendí algo.
Tú ya no estabas.
Pero tu nombre pertenece a una ciudad.
Y dentro de unos años,
cuando los niños estudien la caída de los zares,
pronunciarán tu nombre sin saberlo.
Ekaterina.
Ekaterimburgo.
Y yo sonreiré en silencio,
porque el mundo te recordará
mucho después de habernos olvidado a nosotros.