Poema 1917

Petrikov

Poeta recién llegado
Ekaterina,


cuando leas estas líneas

quizá ya esté lejos.


No sé dónde dormiré mañana,

ni si habrá pan,

ni si el fusil que me han dado

disparará cuando llegue el momento.


Sólo sé que me voy.


No porque ame la guerra.


Tú sabes que nunca la amé.


Me voy porque estoy cansado

de ver a hombres viejos

mandar a hombres jóvenes

a morir por cosas que no entienden.


En la estación

he escuchado un rumor.


Dicen que viene un tren.


Nadie sabe mucho más.


Dicen que viene de Zúrich.


Los obreros lo comentan en voz baja,

como si hablaran del deshielo

después de un invierno demasiado largo.


*¡Ura! ¡Ura!*


Lo gritan algunos.


Otros todavía tienen miedo.


Yo también tengo miedo,

Ekaterina.


Los poemas mienten cuando dicen lo contrario.


Tengo miedo de no volver,

de olvidar tu voz,

de que un día ya no recuerde

el color de tus ojos.


Pero aun así me voy.


Y si llega la hora,


empuñare el arma

con mis manos destrozadas por el trabajo.


Anoche, junto al fuego,

unos soldados cantaban.


No sé cómo explicarlo.


Parecía que cien hombres cantaban

con una sola garganta.


Una canción grave,

profunda,

como esos coros rojos

que hacen temblar el pecho.


Y durante unos minutos

todos creímos

que el mundo podía cambiar.


Si no regreso,

no llores demasiado.


Recuerda mis chistes malos,

las tardes junto al río,

y aquella vez que bailaste conmigo

aunque ninguno de los dos sabía bailar.


Y si regreso,

prometo volver a pedirte la mano,

como si fuera la primera vez.


Porque hay cosas que merecen repetirse.



*********************************************************************************



Cuando volví,


tú ya no estabas.


La guerra se había llevado demasiadas cosas.


Busqué tu nombre

en cartas,

en calles,

en recuerdos.


Y entonces comprendí algo.


Tú ya no estabas.


Pero tu nombre pertenece a una ciudad.


Y dentro de unos años,

cuando los niños estudien la caída de los zares,

pronunciarán tu nombre sin saberlo.


Ekaterina.


Ekaterimburgo.


Y yo sonreiré en silencio,

porque el mundo te recordará

mucho después de habernos olvidado a nosotros.
 
Ekaterina,


cuando leas estas líneas

quizá ya esté lejos.


No sé dónde dormiré mañana,

ni si habrá pan,

ni si el fusil que me han dado

disparará cuando llegue el momento.


Sólo sé que me voy.


No porque ame la guerra.


Tú sabes que nunca la amé.


Me voy porque estoy cansado

de ver a hombres viejos

mandar a hombres jóvenes

a morir por cosas que no entienden.


En la estación

he escuchado un rumor.


Dicen que viene un tren.


Nadie sabe mucho más.


Dicen que viene de Zúrich.


Los obreros lo comentan en voz baja,

como si hablaran del deshielo

después de un invierno demasiado largo.


*¡Ura! ¡Ura!*


Lo gritan algunos.


Otros todavía tienen miedo.


Yo también tengo miedo,

Ekaterina.


Los poemas mienten cuando dicen lo contrario.


Tengo miedo de no volver,

de olvidar tu voz,

de que un día ya no recuerde

el color de tus ojos.


Pero aun así me voy.


Y si llega la hora,


empuñare el arma

con mis manos destrozadas por el trabajo.


Anoche, junto al fuego,

unos soldados cantaban.


No sé cómo explicarlo.


Parecía que cien hombres cantaban

con una sola garganta.


Una canción grave,

profunda,

como esos coros rojos

que hacen temblar el pecho.


Y durante unos minutos

todos creímos

que el mundo podía cambiar.


Si no regreso,

no llores demasiado.


Recuerda mis chistes malos,

las tardes junto al río,

y aquella vez que bailaste conmigo

aunque ninguno de los dos sabía bailar.


Y si regreso,

prometo volver a pedirte la mano,

como si fuera la primera vez.


Porque hay cosas que merecen repetirse.



*********************************************************************************



Cuando volví,


tú ya no estabas.


La guerra se había llevado demasiadas cosas.


Busqué tu nombre

en cartas,

en calles,

en recuerdos.


Y entonces comprendí algo.


Tú ya no estabas.


Pero tu nombre pertenece a una ciudad.


Y dentro de unos años,

cuando los niños estudien la caída de los zares,

pronunciarán tu nombre sin saberlo.


Ekaterina.


Ekaterimburgo.


Y yo sonreiré en silencio,

porque el mundo te recordará

mucho después de habernos olvidado a nosotros.
Una emotiva carta de un hombre a su amada.

Saludos
 
Ekaterina,


cuando leas estas líneas

quizá ya esté lejos.


No sé dónde dormiré mañana,

ni si habrá pan,

ni si el fusil que me han dado

disparará cuando llegue el momento.


Sólo sé que me voy.


No porque ame la guerra.


Tú sabes que nunca la amé.


Me voy porque estoy cansado

de ver a hombres viejos

mandar a hombres jóvenes

a morir por cosas que no entienden.


En la estación

he escuchado un rumor.


Dicen que viene un tren.


Nadie sabe mucho más.


Dicen que viene de Zúrich.


Los obreros lo comentan en voz baja,

como si hablaran del deshielo

después de un invierno demasiado largo.


*¡Ura! ¡Ura!*


Lo gritan algunos.


Otros todavía tienen miedo.


Yo también tengo miedo,

Ekaterina.


Los poemas mienten cuando dicen lo contrario.


Tengo miedo de no volver,

de olvidar tu voz,

de que un día ya no recuerde

el color de tus ojos.


Pero aun así me voy.


Y si llega la hora,


empuñare el arma

con mis manos destrozadas por el trabajo.


Anoche, junto al fuego,

unos soldados cantaban.


No sé cómo explicarlo.


Parecía que cien hombres cantaban

con una sola garganta.


Una canción grave,

profunda,

como esos coros rojos

que hacen temblar el pecho.


Y durante unos minutos

todos creímos

que el mundo podía cambiar.


Si no regreso,

no llores demasiado.


Recuerda mis chistes malos,

las tardes junto al río,

y aquella vez que bailaste conmigo

aunque ninguno de los dos sabía bailar.


Y si regreso,

prometo volver a pedirte la mano,

como si fuera la primera vez.


Porque hay cosas que merecen repetirse.



*********************************************************************************



Cuando volví,


tú ya no estabas.


La guerra se había llevado demasiadas cosas.


Busqué tu nombre

en cartas,

en calles,

en recuerdos.


Y entonces comprendí algo.


Tú ya no estabas.


Pero tu nombre pertenece a una ciudad.


Y dentro de unos años,

cuando los niños estudien la caída de los zares,

pronunciarán tu nombre sin saberlo.


Ekaterina.


Ekaterimburgo.


Y yo sonreiré en silencio,

porque el mundo te recordará

mucho después de habernos olvidado a nosotros.
Es una historia muy emotiva en formato de poema y hubiese sido también muy especial como prosa de género epistolar.
Creo que los amores verdaderos nunca se pierden o se olvidan, ni la muerte puede con ellos.
Fue un gusto conocer tu obra,
saludos.
 

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