A mitad de la cuesta que corona la ermita,
su guarnecido torso es el faro y la pausa
de fatigados fieles que marchan a la cita
año tras año, enérgicos, a rogar por su causa.
Una noche después del fin de la verbena
descendía una turba empachada en licores,
y en la linde del corvo, urdieron la faena,
de vestir a su fronda con prendidos colores.
Y aquel final de fiesta se transformó en delito
por la plebe borracha, soberbia y sin valía,
mostrando su idiotez sobre el amado hito
del romero y del rústico, quemándoles su guía
Un crepúsculo ígneo, en plena madrugada,
despertó de los sueños a las almas piadoras;
y, entre naranjas súbitos, tras la nube cerrada,
los timoratos ojos de innatas corredoras.
Su rictus ha cambiado, de la copa hasta el suelo,
a negrura azabache, en vez de su corteza;
y el sudario arcoíris, a ceniza de cielo,
desde el camino pardo hasta donde se reza.
Cuando el saciado fuego, mutó de piel la tierra,
con el alma encogida recorrí la pendiente;
un lienzo descubrí con pinturas de guerra,
y en medio de la nada lo vi de manto ausente.
De su esqueleto cuelgan serpentinas de plata;
y el oro moribundo que pende de su cuello
desprende perlas negras sobre la dura guata,
carecida del agua por ser su capa un sello.
Y al oír el crujido de la endeble cubierta
el cepellón al aire mostró su denso pie;
avancé poco a poco con la vista despierta
y agachado abracé cuanto pude, y pensé:
cuando la tierra tape mi canijo embalaje,
sus restos a los míos les servirán de traje.
su guarnecido torso es el faro y la pausa
de fatigados fieles que marchan a la cita
año tras año, enérgicos, a rogar por su causa.
Una noche después del fin de la verbena
descendía una turba empachada en licores,
y en la linde del corvo, urdieron la faena,
de vestir a su fronda con prendidos colores.
Y aquel final de fiesta se transformó en delito
por la plebe borracha, soberbia y sin valía,
mostrando su idiotez sobre el amado hito
del romero y del rústico, quemándoles su guía
Un crepúsculo ígneo, en plena madrugada,
despertó de los sueños a las almas piadoras;
y, entre naranjas súbitos, tras la nube cerrada,
los timoratos ojos de innatas corredoras.
Su rictus ha cambiado, de la copa hasta el suelo,
a negrura azabache, en vez de su corteza;
y el sudario arcoíris, a ceniza de cielo,
desde el camino pardo hasta donde se reza.
Cuando el saciado fuego, mutó de piel la tierra,
con el alma encogida recorrí la pendiente;
un lienzo descubrí con pinturas de guerra,
y en medio de la nada lo vi de manto ausente.
De su esqueleto cuelgan serpentinas de plata;
y el oro moribundo que pende de su cuello
desprende perlas negras sobre la dura guata,
carecida del agua por ser su capa un sello.
Y al oír el crujido de la endeble cubierta
el cepellón al aire mostró su denso pie;
avancé poco a poco con la vista despierta
y agachado abracé cuanto pude, y pensé:
cuando la tierra tape mi canijo embalaje,
sus restos a los míos les servirán de traje.
Última edición: