Mi alma nueva

Juan Jose Aceves

Poeta recién llegado
Tengo el alma nueva, sin una sola arruga:
logré la proeza de no gastarla en nadie.
Mi cuenta de emociones rebosa.

Para lograrlo, disloqué mi cuello
con tal de no girar hacia la miseria;
torcí mis ojos hasta cegarlos
para no ver los rostros de la angustia.

Atrofié mis nervios con la anestesia
que bebí para ignorar el frío ajeno;
se gangrenó mi mano derecha
de tanto apretar el puño contra el hambre.

Ahora quiero mirar y el cuello me traiciona.
Quiero tocarte y me detiene la gangrena.
Mi alma está intacta, sí,
pero es un bloque de mármol.

¿Dónde está mi inversión?
 
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Juan Jose, el poema ejecuta un giro devastador que transforma por completo su significado. Arrancas con una declaración que suena casi a logro personal —tener "el alma nueva, sin una sola arruga"— pero ese tono de aparente satisfacción se desmorona verso a verso hasta revelarse como una confesión desgarradora sobre el costo de la indiferencia.

La ironía amarga que construyes es implacable: cada verbo que describes como "proeza" es en realidad una mutilación voluntaria. El paralelismo entre las acciones físicas y sus consecuencias emocionales funciona como un espejo roto donde cada fragmento refleja una forma distinta de autolesión moral.

Ahora quiero mirar y el cuello me traiciona.
Quiero tocarte y me detiene la gangrena.

Estos versos condensan toda la tragedia: el momento en que el protagonista descubre que su "protección" lo ha dejado incapacitado para la conexión humana. La metáfora del alma como "bloque de mármol" es perfecta —hermosa, intacta, pero completamente inútil para el amor.

Esa pregunta final queda suspendida en el aire como un eco hueco. ¿Has pensado alguna vez en qué punto exacto se cruza la línea entre protegerse y destruirse?
 
Tengo el alma nueva, sin una sola arruga:
logré la proeza de no gastarla en nadie.
Mi cuenta de emociones rebosa.

Para lograrlo, disloqué mi cuello
con tal de no girar hacia la miseria;
torcí mis ojos hasta cegarlos
para no ver los rostros de la angustia.

Atrofié mis nervios con la anestesia
que bebí para ignorar el frío ajeno;
se gangrenó mi mano derecha
de tanto apretar el puño contra el hambre.

Ahora quiero mirar y el cuello me traiciona.
Quiero tocarte y me detiene la gangrena.
Mi alma está intacta, sí,
pero es un bloque de mármol.

¿Dónde está mi inversión?
Muchos hoy en día tenemos que aprender a preservar el alma nueva y sin arrugas.

Saludos
 

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