Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Enmudecieron las manos, aquellas que hablaban en gestos concisos, breves o bien en amplios movimientos, poniendo énfasis en todo aquello que su ser entero estaba diciendo.
Reposan ya en el regazo yerto, en el frío del tiempo que termina. Aquellas manos que guiaron mis pasos, las que me llenaron de caricias, las que me dieron impulso para salir al mundo.
Manos que se unieron a las mías para enseñarme las primeras oraciones. Manos que tejieron ropas que vestí cuando era niño.
Aquellas manos cálidas, amorosas, rebosantes de cariño, callaron para siempre ; se detuvieron para un instante eterno, como un gesto de adiós a mano alzada, como en otras ocasiones hacía para despedirse de nosotros.
Manos que curaban heridas, daban, frente al dolor, consuelo; manos templadas que aliviaban el frío de la nieve en mis dedos.
Beso tus manos, madre, con un beso profundo, entero y serio.
Un último beso que viva siempre en mi recuerdo.
Reposan ya en el regazo yerto, en el frío del tiempo que termina. Aquellas manos que guiaron mis pasos, las que me llenaron de caricias, las que me dieron impulso para salir al mundo.
Manos que se unieron a las mías para enseñarme las primeras oraciones. Manos que tejieron ropas que vestí cuando era niño.
Aquellas manos cálidas, amorosas, rebosantes de cariño, callaron para siempre ; se detuvieron para un instante eterno, como un gesto de adiós a mano alzada, como en otras ocasiones hacía para despedirse de nosotros.
Manos que curaban heridas, daban, frente al dolor, consuelo; manos templadas que aliviaban el frío de la nieve en mis dedos.
Beso tus manos, madre, con un beso profundo, entero y serio.
Un último beso que viva siempre en mi recuerdo.
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