Andaba navegando por el portal y me encontré este verde poema, con estas flores tan simpáticas, pero resistentes, resilientes también, miré don César que han salido en la panza del asfalto y no ingenieros, ni militares que puedan con ellas. Y así es la vida, en la grieta más ingrata le nace una de estas florecillas rebeldes ¡A la vida no hay con que matarla!
Sí... me preguntaba en estos días, hablaba con mi esposa, acerca de la "inteligencia" de la vida. Como usted debe haber escuchado o visto por ahí, aconteció un fenómeno sísmico en en norte de mi país. Dos fuertes terremotos nos sacudieron la vida de pronto. Yo me hallaba entre dos columnas de concreto de mi casa, soportando las violentas sacudidas y pensando, sin pánico pero sí con susto, que en cualquier momento la casa se iba a derrumbar y probablemente moriría tapiado. pasado el primer sacudón, tuve que acostarme, como pude, sobre mi cama, con un fuerte dolor en el pecho; entonces pensé que moriría o tapiado, si la casa al fin se derrumbaba, o con el corazón reventado por un infarto.
Por alguna clase de extraña circunstancia, no ocurrió ni una, ni la otra cosa. El dolor, que era en verdad fuerte, poco a poco fue cediendo, y la casa, hasta el momento no se ha derrumbado, ni muestra grietas, ni resquebrajaduras.
Y al salir, por fin, de mi casa, vi el pánico, la desesperación, el miedo , en los ojos de ms familiares y vecinos/as. Gente desmayada, gente paralizada de terror, gente tratando de aferrarse de alguna manera a la vida. Lo comparé todo con mi propio susto, mi propio miedo.
Estamos programados/as para estar vivos, aunque sepamos que vamos a morir. Mi padre tiene 93 años y quiere vivir. Ningún animal se deja matar de manera indiferente, trata de escapar del peligro que lo amenaza, trata de vivir. Las plantas, esas que se las arreglan con tan poco entre las grietas del asfalto, solo quieren vivir, tratan de vivir.
Lo llamamos "instinto", pero es más, es una especie de programación ¿cósmica? (después de todo, somos pequeñísimas partículas de un cosmos todavía inconmensurable).
Le cuento que no sé por qué, ni para qué, estoy vivo todavía. -Y esa tendencia a vivir también implica inquirir, preguntarse, pretender develar, armar las piezas, explicarse, saber... pues detrás de ese saber vuelve a estar la vida y la posibilidad de conservarla-.
Me disculpa, por favor, el discurso. Tal vez todavía sigo un poco traumado por lo que acabo de "morir-vivir". Sigo vivo, pero 300 o más de mis compatriotas ya no. Se los llevó el terremoto doble. ¿Por qué me duelen? ¿Por qué, para qué, sigo estando vivo todavía? ¿o es que es todo simple casualidad y no existe un porqué o un para qué... solamente tuve suerte?
Y le cuento también, finalmente, que todavía tenemos miedo. Que la tierra se sigue sacudiendo varias veces al día, con menor intensidad, pero se sacude, y que el miedo es angustia en nuestros ojos y es tratar de no morirnos todavía, por más que sepamos que en algún momento, lo más remoto posible en nuestras mentes, tendremos que morir. Yo, que me jacto de ver con naturalidad la muerte, tuve miedo ante su proximidad, su paso a nuestro lado. Yo maestro, que cultivo la vida humana. Yo poeta, que cultivo la belleza, es decir, la vida.
De nuevo me disculpo con usted por lo largo de estas líneas. Creo que necesitaba decírselo a alguien. Y sucede que le tengo gran respeto y admiración como poeta, compañero. Todavía estoy vivo, sabrá ¿quién? por qué, para qué...