A la niña del cerro Sombrero-VI
El agua mordía las rocas
y las voces como un crisol
palpitaban en el silencio.
El humus de la noche
esparcía el azul
a la luz de su ombligo;
se desgajaba la uva negra
en ciertos ojos enloquecidos
allí donde los peces bebían
la locura de sus caderas
mientras la aurora
flotaba en espesos panales.
Y en ese puerto yo amaba
sus oscuros cabellos
y con ternura de colibrí
adoraba la mirada prestada
del silencio cristalino.
Allí nos esparcíamos como cáncamos
y jugábamos en el horizonte
escociéndonos, despojándonos
en lustrales silencios,
del oleaje maduro
en un suspiro estallado.
EBAN