Marcelo Pavón Suárez
Vasto
No era inadmisible
que juguemos a dolernos,
ella arrojando su corazón contra mi frente,
yo pateando el orgullo a su patio
para entrar un rato a verla,
aunque sea por la ventana.
Nadie nos quitaba
esa puta manía
de mirarnos los derrumbes,
inmutados,
enhiestos sobre la tristeza
de pulverizarnos los huesos.
Todos estaban en desacuerdo
con nuestros pleitos,
nadie quería vernos
el alma derretida,
cayendo por los ojos
al calor de nuestra ira.
Pero no nos interesaba en absoluto,
ella caía tras mis disparos
y yo pisaba su cuerpo minado.
Pero aun en el polvo
y el ruido
y los gritos de piedad
podíamos vernos el corazón
y eso era lo único
que valía ver
en medio de la guerra.