Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Amor,
acércate,
sigue el rastro de lunas de mi voz
hasta el lecho anegado de la suerte.
Hoy no hay nada que contar,
sólo llueven azares cuando afirmas o refutas.
Octubre nos ha seguido hasta febrero,
y sus insectos zumban como fracturas en el tiempo.
Desnúdame tus lágrimas,
mientras bailas en el tubo los destierros,
que alguna vez fueron enjambres.
Quiero ahogar mis certezas en los diluvios de tu vientre,
extinguir el rencor de mis carencias.
Quiero recorrerte con preguntas
y embalsamar todas las respuestas,
como si con ello te impartiera vida,
aunque, me la juegue en tus desfiladeros.
Y cuando la suma de humedales se haga río,
tu piel huérfana se licue en mis heridas
y un susurro de navíos
nos lleve hasta la orilla,
podremos emprender de nuevo el hundimiento,
de cada náufrago que tirita entre mis márgenes.
Hagámonos un blues
y que encallen sinónimos de triste en lo inédito del cuerpo,
y semillas al viento –inherente a nuestros nombres–,
desciendan por el grito que acallan los suicidas.
Hagámonos un blues
y grabaré en tus murallas,
que, aunque enmudecidos los horrores de un ser solo,
las razones del miedo no han prescrito.
Hagámonos un blues,
sudémonos el cuerpo al ritmo incierto del ocaso
–cuando la metamorfosis se completa y las sombras abren alas–
y amasaré a tientas, tus formas en la arena, para claudicar después,
en las dunas que entonan nuestros yerros.
Un genio desahuciado
nos sometió a los azares de la lámpara,
y ya no quedan tres naufragios.
Subamos el volumen,
hagámonos tormenta,
quizás la Joplin nos cante mortales sobredosis,
a la víspera de este amor, que solías llamar sexo.
Morimos, ¿lo recuerdas?
Pero aquí estamos,
derramando el ácido del tiempo,
descarnándonos…
Renaciendo, luego, a puro injerto.
acércate,
sigue el rastro de lunas de mi voz
hasta el lecho anegado de la suerte.
Hoy no hay nada que contar,
sólo llueven azares cuando afirmas o refutas.
Octubre nos ha seguido hasta febrero,
y sus insectos zumban como fracturas en el tiempo.
Desnúdame tus lágrimas,
mientras bailas en el tubo los destierros,
que alguna vez fueron enjambres.
Quiero ahogar mis certezas en los diluvios de tu vientre,
extinguir el rencor de mis carencias.
Quiero recorrerte con preguntas
y embalsamar todas las respuestas,
como si con ello te impartiera vida,
aunque, me la juegue en tus desfiladeros.
Y cuando la suma de humedales se haga río,
tu piel huérfana se licue en mis heridas
y un susurro de navíos
nos lleve hasta la orilla,
podremos emprender de nuevo el hundimiento,
de cada náufrago que tirita entre mis márgenes.
Hagámonos un blues
y que encallen sinónimos de triste en lo inédito del cuerpo,
y semillas al viento –inherente a nuestros nombres–,
desciendan por el grito que acallan los suicidas.
Hagámonos un blues
y grabaré en tus murallas,
que, aunque enmudecidos los horrores de un ser solo,
las razones del miedo no han prescrito.
Hagámonos un blues,
sudémonos el cuerpo al ritmo incierto del ocaso
–cuando la metamorfosis se completa y las sombras abren alas–
y amasaré a tientas, tus formas en la arena, para claudicar después,
en las dunas que entonan nuestros yerros.
Un genio desahuciado
nos sometió a los azares de la lámpara,
y ya no quedan tres naufragios.
Subamos el volumen,
hagámonos tormenta,
quizás la Joplin nos cante mortales sobredosis,
a la víspera de este amor, que solías llamar sexo.
Morimos, ¿lo recuerdas?
Pero aquí estamos,
derramando el ácido del tiempo,
descarnándonos…
Renaciendo, luego, a puro injerto.
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