A quién le importa el futuro

penabad57

Poeta veterano en el portal
Yo te quise antes de que nacieras,
el mismo reloj en la fiebre de los latidos,
la misma razón en el bulbo de un pensamiento,
los pasos,
tú en el frío,
yo en la onda del mar,
la ósmosis de los cuerpos es un grito inaudible
donde amanecen los pájaros.

Tuvo que ser la edad una guirnalda,
en la memoria de la luz somos los cisnes perdidos en el cielo de Yeats,
los dioses fugitivos de Byron,
el horror de Shelley bajo el relámpago.

Pero llegaste con tus hombros azulados
y ese imperio del junco
que te alza y no deja
que el aire te roce con sus besos de nube.

Era verde tu canción,
tu canción muda escrita en los iris,
era la lágrima del adiós
un músculo humedecido por la tristeza del silencio.

Tu mano es la mía,
en un viaje sin alas se pisa el sudor de la tierra,
la raíz de los árboles,
la luz sin regreso
en los poros de una piel que sobrevive a los veranos.

Te doy mi callada lengua para que llore en tu vientre,
te regalo mis miedos porque sé que tu voz es un ejército de amapolas furtivas
que dona un rojo a la frialdad de los carámbanos
hasta encenderlos con sus alfiles duros,
así el diamante que fulge en la noche.

De pronto me has mirado
y yo he visto en tus ojos jardines en un púlpito,
oasis sin desiertos,
álgebra sin números,
solo un puente de tablas desnudas,
lianas débiles;
abajo se precipita el futuro.

Pero a quién le importa el futuro
si aún nos desconoce.
 
Última edición:
Yo te quise antes de que nacieras,
el mismo reloj en la fiebre de los latidos,
la misma razón en el bulbo de un pensamiento,
los pasos,
tú en el frío,
yo en la onda del mar,
la osmosis de los cuerpos es un grito inaudible
donde amanecen los pájaros.

Tuvo que ser la edad una guirnalda,
en la memoria de la luz somos los cisnes perdidos en el cielo de Yeats,
los dioses fugitivos de Byron,
el horror de Shelley bajo el relámpago.

Pero llegaste con tus hombros azulados
y ese imperio del junco
que te alza y no deja
que el aire te roce con sus besos de nube.

Era verde tu canción,
tu canción muda escrita en los iris,
era la lágrima del adiós
un músculo humedecido por la tristeza del silencio.

Tu mano es la mía,
en un viaje sin alas se pisa el sudor de la tierra,
la raíz de los árboles,
la luz sin regreso
en los poros de una piel que sobrevive a los veranos.

Te doy mi callada lengua para que llore en tu vientre,
te regalo mis miedos porque sé que tu voz es un ejército de amapolas furtivas
que dona un rojo a la frialdad de los carámbanos
hasta encenderlos con sus alfiles duros,
así el diamante que fulge en la noche.

De pronto me has mirado
y yo he visto en tus ojos jardines en un púlpito,
oasis sin desiertos,
álgebra sin números,
solo un puente de tablas desnudas,
lianas débiles;
abajo se precipita el futuro.

Pero a quién le importa el futuro
si aún nos desconoce.
Excelente manejo de las figuras retóricas.
Magnificas letras sombreadas de surrealismo.
Un abrazo.
 
Pero llegaste con tus hombros azulados
y ese imperio del junco
que te alza y no deja
que el aire te roce con sus besos de nube.

Era verde tu canción,
tu canción muda escrita en los iris,
era la lágrima del adiós
un músculo humedecido por la tristeza del silencio.

Tu mano es la mía,
en un viaje sin alas se pisa el sudor de la tierra,
la raíz de los árboles,
la luz sin regreso
en los poros de una piel que sobrevive a los veranos.

Cito el corazón del poema y sostengo que tu manera de "decir" mantiene elevado el protagonismo de la figura de un modo tal que ninguna duda es posible. La belleza está implícita en todas las imágenes y un delicado sentimiento.
Un abrazo y mi admiración.
 
Yo te quise antes de que nacieras,
el mismo reloj en la fiebre de los latidos,
la misma razón en el bulbo de un pensamiento,
los pasos,
tú en el frío,
yo en la onda del mar,
la osmosis de los cuerpos es un grito inaudible
donde amanecen los pájaros.

Tuvo que ser la edad una guirnalda,
en la memoria de la luz somos los cisnes perdidos en el cielo de Yeats,
los dioses fugitivos de Byron,
el horror de Shelley bajo el relámpago.

Pero llegaste con tus hombros azulados
y ese imperio del junco
que te alza y no deja
que el aire te roce con sus besos de nube.

Era verde tu canción,
tu canción muda escrita en los iris,
era la lágrima del adiós
un músculo humedecido por la tristeza del silencio.

Tu mano es la mía,
en un viaje sin alas se pisa el sudor de la tierra,
la raíz de los árboles,
la luz sin regreso
en los poros de una piel que sobrevive a los veranos.

Te doy mi callada lengua para que llore en tu vientre,
te regalo mis miedos porque sé que tu voz es un ejército de amapolas furtivas
que dona un rojo a la frialdad de los carámbanos
hasta encenderlos con sus alfiles duros,
así el diamante que fulge en la noche.

De pronto me has mirado
y yo he visto en tus ojos jardines en un púlpito,
oasis sin desiertos,
álgebra sin números,
solo un puente de tablas desnudas,
lianas débiles;
abajo se precipita el futuro.

Pero a quién le importa el futuro
si aún nos desconoce.


Aplaudo esa forma que le das con sensación y la creación simbólica de un sentir que se plasma entre verso y verso con imágenes explícitas e implícitas. Me gusto leerte, saludos desde Colombia.
 
Yo te quise antes de que nacieras,
el mismo reloj en la fiebre de los latidos,
la misma razón en el bulbo de un pensamiento,
los pasos,
tú en el frío,
yo en la onda del mar,
la osmosis de los cuerpos es un grito inaudible
donde amanecen los pájaros.

Tuvo que ser la edad una guirnalda,
en la memoria de la luz somos los cisnes perdidos en el cielo de Yeats,
los dioses fugitivos de Byron,
el horror de Shelley bajo el relámpago.

Pero llegaste con tus hombros azulados
y ese imperio del junco
que te alza y no deja
que el aire te roce con sus besos de nube.

Era verde tu canción,
tu canción muda escrita en los iris,
era la lágrima del adiós
un músculo humedecido por la tristeza del silencio.

Tu mano es la mía,
en un viaje sin alas se pisa el sudor de la tierra,
la raíz de los árboles,
la luz sin regreso
en los poros de una piel que sobrevive a los veranos.

Te doy mi callada lengua para que llore en tu vientre,
te regalo mis miedos porque sé que tu voz es un ejército de amapolas furtivas
que dona un rojo a la frialdad de los carámbanos
hasta encenderlos con sus alfiles duros,
así el diamante que fulge en la noche.

De pronto me has mirado
y yo he visto en tus ojos jardines en un púlpito,
oasis sin desiertos,
álgebra sin números,
solo un puente de tablas desnudas,
lianas débiles;
abajo se precipita el futuro.

Pero a quién le importa el futuro
si aún nos desconoce.
Tallas con acierto y excelentes imágenes lo que diría, una tablilla para la mesa de noche, a la mano. Y cierras con sapiencia, sólo en el presente estamos, más a delante, ni sabremos antes de tiempo.
Un abrazo
Camelia
 
Para qué un futuro cuando se quiere sin tiempos, desde siempre y para siempre.
¡Qué belleza de poema!
Un abrazo con toda mi admiración.
 

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