Ricardo José Lascano
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ya nada tengo
nada he guardado
del amor solo un himno
sostenido que en mis ojos canta
con tenor de humedales
de hoscas lenguas vegetales
que llenaron los refugios
de la soledad callada.
Del alma que retengo
para que no me abandone
en los días del cobre soñoliento
de las noches de las lunas mansas
tocando el dolor del universo
y su fondo de albas libertadas
que al herirse en nosotros,
amada subterránea,
alcanzan el origen infinito de existirnos
de hallarnos sobre el pulso
eterno del camino y su pausa complacida
su razón bendecida, que pudiera
en ti, con los pétalos del agua,
abrir la rosa pavorosa del destino.
Mujer de mi palabra sumergida,
nada que dejarte,
nada tengo,
tal vez me habré ido,
el amor quedó escrito
nada más, pero tanto;
tanto que decir,
desde entonces y las fuentes
y su veta de amor enraizado,
el acostumbrado reposo de las manos
que entornaron la cúpula del sueño,
la fruta en los dedos de la noche,
mordiendo tu carne,
tu aliento de polen primitivo
endulzando las orillas de mi sangre
sobre el humo transpirado de la muerte,
destruyendo los cuerpos,
las mentes vestidas de fantasmas,
de soles apretados en las venas,
tanto que decir tanto;
del verso rozando lo soñado,
la prematura esencia que mordió tu boca
tu resguardo de amor profundo
de campanas abiertas
y silenciosas llamas.
nada he guardado
del amor solo un himno
sostenido que en mis ojos canta
con tenor de humedales
de hoscas lenguas vegetales
que llenaron los refugios
de la soledad callada.
Del alma que retengo
para que no me abandone
en los días del cobre soñoliento
de las noches de las lunas mansas
tocando el dolor del universo
y su fondo de albas libertadas
que al herirse en nosotros,
amada subterránea,
alcanzan el origen infinito de existirnos
de hallarnos sobre el pulso
eterno del camino y su pausa complacida
su razón bendecida, que pudiera
en ti, con los pétalos del agua,
abrir la rosa pavorosa del destino.
Mujer de mi palabra sumergida,
nada que dejarte,
nada tengo,
tal vez me habré ido,
el amor quedó escrito
nada más, pero tanto;
tanto que decir,
desde entonces y las fuentes
y su veta de amor enraizado,
el acostumbrado reposo de las manos
que entornaron la cúpula del sueño,
la fruta en los dedos de la noche,
mordiendo tu carne,
tu aliento de polen primitivo
endulzando las orillas de mi sangre
sobre el humo transpirado de la muerte,
destruyendo los cuerpos,
las mentes vestidas de fantasmas,
de soles apretados en las venas,
tanto que decir tanto;
del verso rozando lo soñado,
la prematura esencia que mordió tu boca
tu resguardo de amor profundo
de campanas abiertas
y silenciosas llamas.
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