José Valverde Yuste
Poeta que considera el portal su segunda casa
Amo la vida con rosas o sin ellas;
su fragancia, su paz, esos rincones
que a veces pasamos sin ver
son bellezas como una lluvia fina
que pasa desapercibida.
Amo la vida del campo, con sus sonidos
tan peculiares, los amaneceres con el canto
del gallo, olor a pan tostado en los hogares
encanto y esplendor en sus noches calladas.
Amo el llanto del niño al nacer
luchando por no perecer en este mundo
donde también existen heridas tristes
como espinas en la aurora del nacimiento.
Me gusta la vida relampagueante de la niñez
sus fantasías, penetrando por mares exóticos
lunas que miran y nubes que saludan marchándose
hacia otros lares donde viven otros niños
esperando el milagro de la vida.
Me fascina la intrepidez y la aventura
de la adolescencia, arpas sonando en la ventana
corazón palpitando, cartas de amores viéndose
entre las pantallas de un celular atónito.
Grandes aventuras en el reino de las enredaderas
de las revolcadas sobre la hierba, cuando las manos
exploran los cuerpos descubriendo esa sensibilidad
que nos deja muertos, ese cielo donde brilla la luna
y las estrellas juegan con nosotros a ser doncellas.
Amo la vida porque vibro con ella, me excito
es mi patria, mi idioma, el gozo y el sufrimiento
la vanidad y la sencillez, el amor y el odio.
Odiamos hasta lo hermoso del otro, los logros
de los demás provocan veranos tormentosos
en nuestro devenir cotidiano.
¿Me irá a quitar el puesto este extraño?
¿de dónde aparece este intruso iletrado?
Envidia del viento que golpea la inspiración
de mi hermano pero yo también los amo
lastimeramente, como la salamanquesa
ama al insecto que devorando está.
Por eso, amo la vida, a mi hermano
disfruto con su brillo como los luceros
me encanta que triunfe, como los papagayos
grandes trepadores de ramas y árboles.