que transfigurado se manifiesta como un inquieto haz de luz,
transitas por complejos laberintos de nuevos mundos como el necesitado,
el invocado, el trastocado; simplemente, el de la dimensión exacta si se pudiese medir.
Eres el que atraído por la oscuridad de su gozo, de su llanto, de su soledad,
de su compañía, de su noche eterna, de su noche ardiente, de su mañana que no ilumina,
de su canto en el aciago ocaso de las horas, de su tortura, de su sonrisa inconclusa,
de su falsa alegría y, en medio de la gente, su mejor vestidura,
de su plenitud bajo la lluvia y su efímero solaz sobre la nieve, de su herida inicua,
de lo irreversible, del carisma de su alma y de la vastedad de sus sueños;
se acercó demasiado.
Ayer, cual etérea falena, iluminabas sobrevolando su mundo con caricias.
De ala rota, hoy caminas a su encuentro, despojado ya del velo de lo incierto,
y recorres el sendero de la vida con todos sus matices,
amor esquivo, a veces asustado y, otras, decidido.
Sin ojos, sin aire, trastabillas a contraluz tu viaje, buscando
la simetría entre el índigo aura de un guerrero atormentado
y su incertidumbre de ser y no querer ser,
brumoso pensamiento y denso sentimiento.
Un angustiado, admirado Hamlet de claroscuros,
de pleamar y retroceso en constante evolución, que avanza
portando la armadura resplandeciente y vacua del blanco que congela,
o que puebla abrasador con la tinta que da fuerza a su inexplorado corazón,
quien como gigante detenido en el eterno instante presente,
erige o destruye.
Ese guerrero de insignia noble, cuya bien hechura es el orgullo que le distingue,
canta en silencio elevando la vista al cielo para honrar al universo
e, inalterable, permanece en el otro extremo;
abrázame ahora, haz de luz, no me confundas, consúmeme
Sereno al fin y desafiante, extiende su mano para proteger y defender
el interminable amor indestructible, porque comprende que
el equilibrio del que nunca se rinde
no reclama vencedor.
Alejandro Magno