No podía olvidar a Andrea. La Andrea que iba a su aire y a su suerte. Sus pinturas retrataban ese mundo interior lleno de contrastes y conflictos. Me gustaba su constante buen ánimo y su sonrisa chispeante. No se le conoció pareja alguna: era muy independiente. Creía en otro tipo de amor, su amor por el arte, por ejemplo, o por la vida misma. Se deleitaba con los atardeceres tomando su taza de té, sola o acompañada. Sabia que la vida era como un cuadro vacío donde cada quien va dibujando su propia vida. Y sus cuadros eran de vivos colores, como si expresara un arcoíris, ese arcoíris que naciera de su propia alma. Alma soñadora y enamorada, enamorada de su propio arte y la vida, y del propio arte de vivirla, sola y independiente, siendo obra de sí misma. Espejo de su alma con cada cuadro que pintaba. Así la recuerdo.