¡Que me lleva al hartazgo, que me lleva!
¡Hasta cuando soporto misma cosa!;
no hay más intolerancia que me atreva
que asesinar a la asquerosa rosa.
Burlar sus pétalos, callar su tufo.
Así tramar el crimen imperioso:
quizá ahogarla en su remilgo bufo
o mutilar su aspecto aparatoso.
Hasta cuando escuchar tanta facundia
que me priva el descanso y mi respiro
y por días me anula en la iracundia.
Por intrigar su ruina no transpiro,
mas alegre me siento si conmino
a consumar su lógico destino.
Última edición: