ATARDECER EN EL PARQUE
Evanescente el cuerpo que se disuelve en música
sincopados latidos
el bajo continuo de la respiración ronca
externo el fru-frú que marca el lujo
rozamientos de vidrios que son miradas
y el soniquete desgarrador de las lágrimas que caen
Musgosa fuente de la que nacen ríos
sus tritones anclados ya en el tiempo
impedidos para el rapto de las ninfas
En el parque la violencia contenida del paseante que sueña
para crear nuevas tragedias o epopeyas luctuosas
agoniza con pasos renqueantes sobre cadáveres de insectos.
Extendidas ya las manos que ambicionan las caricias
son los árboles los que con sus menudas alas de hoja
proclaman victorias imposibles
o la derrota de la nueva epifanía del Minotauro
mientras se elevan ingrávidos para habitar nuevas nubes
pues los vendedores de helados han desertado de las veredas.
Atardecer en el parque la más triste de las muertes
Jóvenes oficinistas acuciadas por la urgencia del dossier
ocultan sus opulencias bajo paraguas multicoleres
Saben que pronto serán devoradas
por las bocas insidiosas del subterráneo
ese averno de ceguera universal.
Qué rigurosa metáfora de la vida
la del lento cesar del balanceo de un columpio
que ha sido animado por la vida de un chiquillo
Qué perfecto retrato del futuro
ese tobogán deshabitado donde el agua ya no corre
Pero los paseantes cabizbajos evitan mirar al frente
y prefieren vaciarse los ojos ante tan desolador panorama.
Ya se desperezan las sombras
y los pequeños gorriones mueren asfixiados por ellas
Ellos, diminutos pajaritos de áspero trino, que esperaban ser mirados
con la dulzura virginal de las muchachas
El aullido mineral anuncia el cierre de los parques
Los guardas abren las jaulas del silencio
y se transforman en tinieblas.
Ilust.: Paul Delvaux.
Evanescente el cuerpo que se disuelve en música
sincopados latidos
el bajo continuo de la respiración ronca
externo el fru-frú que marca el lujo
rozamientos de vidrios que son miradas
y el soniquete desgarrador de las lágrimas que caen
Musgosa fuente de la que nacen ríos
sus tritones anclados ya en el tiempo
impedidos para el rapto de las ninfas
En el parque la violencia contenida del paseante que sueña
para crear nuevas tragedias o epopeyas luctuosas
agoniza con pasos renqueantes sobre cadáveres de insectos.
Extendidas ya las manos que ambicionan las caricias
son los árboles los que con sus menudas alas de hoja
proclaman victorias imposibles
o la derrota de la nueva epifanía del Minotauro
mientras se elevan ingrávidos para habitar nuevas nubes
pues los vendedores de helados han desertado de las veredas.
Atardecer en el parque la más triste de las muertes
Jóvenes oficinistas acuciadas por la urgencia del dossier
ocultan sus opulencias bajo paraguas multicoleres
Saben que pronto serán devoradas
por las bocas insidiosas del subterráneo
ese averno de ceguera universal.
Qué rigurosa metáfora de la vida
la del lento cesar del balanceo de un columpio
que ha sido animado por la vida de un chiquillo
Qué perfecto retrato del futuro
ese tobogán deshabitado donde el agua ya no corre
Pero los paseantes cabizbajos evitan mirar al frente
y prefieren vaciarse los ojos ante tan desolador panorama.
Ya se desperezan las sombras
y los pequeños gorriones mueren asfixiados por ellas
Ellos, diminutos pajaritos de áspero trino, que esperaban ser mirados
con la dulzura virginal de las muchachas
El aullido mineral anuncia el cierre de los parques
Los guardas abren las jaulas del silencio
y se transforman en tinieblas.
Ilust.: Paul Delvaux.
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