Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Vengo de no conocerte,
ignorante de ti, de tu existencia,
vengo de no conocerte.
Ahora sé algo incierto: el largo de tus pestañas
con y sin rímel, menos los grumos que maldices,
y una vaga noción de tus pestañeos.
Vengo de no conocerte.
No entiendo todavía si tus ojos
tienen color o perfume o columpio:
tu mirada no me deja oírlos.
Vengo de no conocerte.
Son cielo de tormenta, pero no negros.
Tampoco me canso de contar los cinco dedos
de una mano, probablemente tuya,
antes de ti, más mía: un cuento;
los cuento, no con números,
no con rayas en el aire que desocupo,
sino con el álgebra de quién no entiende nada,
nada, nada,
solo el asombro de las yemas finas,
las uñas pintadas de fucsia reverberante
y surco vertebrado así.
La matemática simple del instinto,
pero la pertinaz métrica de la cultura
de sabernos cuerpos que dialogan. Inventan cualquier cosa
para sobornar al silencio con
el amor el apego el testimonio la búsqueda el encuentro.
Todo, cualquier cosa, para no llegar al fin.
Leo tu libro. Y desde el título
me sé analfabeto.
Aprender del paraíso requiere no poco del infierno.
De la soledad con su exceso de tus dimensiones.
Pero no hoy, un metro sesenta y tres de Liliana sin peine.
Ni con tacones se acaba tu tristeza de Antares.
Pero las estrellas no sueñan, y tú sí.
Y nosotros sí.
También somos universo, ni más, ni menos.
Somos parte, y no la más pequeña.
Y no la más efímera
porque en una mano tenemos cinco dedos. Y es primo
de lo que no podemos contar.
Volver a ser roca, ni pensarlo.
Vengo de no conocerte, pero ahora que te conozco,
no sé a dónde voy.
Ni me importa,
siempre que pueda inventar una excusa
para llegar tarde. La poesía de ti, por ejemplo…
ignorante de ti, de tu existencia,
vengo de no conocerte.
Ahora sé algo incierto: el largo de tus pestañas
con y sin rímel, menos los grumos que maldices,
y una vaga noción de tus pestañeos.
Vengo de no conocerte.
No entiendo todavía si tus ojos
tienen color o perfume o columpio:
tu mirada no me deja oírlos.
Vengo de no conocerte.
Son cielo de tormenta, pero no negros.
Tampoco me canso de contar los cinco dedos
de una mano, probablemente tuya,
antes de ti, más mía: un cuento;
los cuento, no con números,
no con rayas en el aire que desocupo,
sino con el álgebra de quién no entiende nada,
nada, nada,
solo el asombro de las yemas finas,
las uñas pintadas de fucsia reverberante
y surco vertebrado así.
La matemática simple del instinto,
pero la pertinaz métrica de la cultura
de sabernos cuerpos que dialogan. Inventan cualquier cosa
para sobornar al silencio con
el amor el apego el testimonio la búsqueda el encuentro.
Todo, cualquier cosa, para no llegar al fin.
Leo tu libro. Y desde el título
me sé analfabeto.
Aprender del paraíso requiere no poco del infierno.
De la soledad con su exceso de tus dimensiones.
Pero no hoy, un metro sesenta y tres de Liliana sin peine.
Ni con tacones se acaba tu tristeza de Antares.
Pero las estrellas no sueñan, y tú sí.
Y nosotros sí.
También somos universo, ni más, ni menos.
Somos parte, y no la más pequeña.
Y no la más efímera
porque en una mano tenemos cinco dedos. Y es primo
de lo que no podemos contar.
Volver a ser roca, ni pensarlo.
Vengo de no conocerte, pero ahora que te conozco,
no sé a dónde voy.
Ni me importa,
siempre que pueda inventar una excusa
para llegar tarde. La poesía de ti, por ejemplo…
08 de noviembre de 2025