Orietta Delmar
Poeta recién llegado
Cuando chica, decía que iba a ser doctora porque era lo que mi viejo quería.
Terminé eligiendo otra carrera
que no practico.
Me casé a punto de cumplir 35
con un hombre de alma
más sabia y sensible que la mía.
El instinto maternal se me dio
demasiado tarde. Mas no me lamento
por la aridez de mis entrañas.
Sin embargo, dejé de creer en dios.
Este año cumpliré 42.
Apenas me maquillo.
Tengo más canas que vergüenza,
ocho tatuajes en la espalda
y espacio para dos historias más.
Según mi médico de cabecera
estoy en perfecta condición física,
aunque la báscula me define como gorda.
Me gusta estar casada,
sin embargo,tanta quietud,
a veces, llega a aburrirme
así haya encontrado sonrisa
y orgasmo en la misma persona
Y así, señora dichosa,
en contadas ocasiones
me he prestado para romances,
al estímulo fuera de la rutina,
al juego incitante de otras manos.
Y aunque nunca lo confieso,
he terminado pendejamente
enamorada del sujeto en cuestión,
a quien, probablemente,
le valdria una mierda.
He aprovechado el ruido de la ducha
para llorar unos días o un mes,
disfrazando, exquisitamente,
tristeza que logro superar
con bastante café, música, gimnasio, aceptando condición efímera.
Y haciendo el amor con mi marido
quien se siente afortunado
creyendo tener a la mejor mujer del mundo.
Terminé eligiendo otra carrera
que no practico.
Me casé a punto de cumplir 35
con un hombre de alma
más sabia y sensible que la mía.
El instinto maternal se me dio
demasiado tarde. Mas no me lamento
por la aridez de mis entrañas.
Sin embargo, dejé de creer en dios.
Este año cumpliré 42.
Apenas me maquillo.
Tengo más canas que vergüenza,
ocho tatuajes en la espalda
y espacio para dos historias más.
Según mi médico de cabecera
estoy en perfecta condición física,
aunque la báscula me define como gorda.
Me gusta estar casada,
sin embargo,tanta quietud,
a veces, llega a aburrirme
así haya encontrado sonrisa
y orgasmo en la misma persona
Y así, señora dichosa,
en contadas ocasiones
me he prestado para romances,
al estímulo fuera de la rutina,
al juego incitante de otras manos.
Y aunque nunca lo confieso,
he terminado pendejamente
enamorada del sujeto en cuestión,
a quien, probablemente,
le valdria una mierda.
He aprovechado el ruido de la ducha
para llorar unos días o un mes,
disfrazando, exquisitamente,
tristeza que logro superar
con bastante café, música, gimnasio, aceptando condición efímera.
Y haciendo el amor con mi marido
quien se siente afortunado
creyendo tener a la mejor mujer del mundo.