Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Tu madre llena el plato y quisiera comer tu hambre oculta.
Tu padre quisiera sepultar con sus brazos tu frío.
Tu hermano quisiera tapar la fuga de tu voz con su lengua.
Apenas resisten ser la memoria
y te buscan en el aire desbaratado que les cierra la puerta.
Las grietas del Leviatán no pudieron tragarse el surco
donde tú y tus compañero sembraron el maíz rojo,
el teocintle que levanta su raíz de tortuga hacía el trueno
para llover en todos, los arrodillados,
los que solo poseen la sabiduría del hambre en las entrañas.
Los que solo saben del despojo arrendaron manos
de descorazonar simientes;
intentaron apagar el agua de ánima
que retumbaba en los peñas de Guerrero
con su toro de juventud y de verdad en llamas
para los menos,
para los no convidados a las mesas del reparto,
para los no llamados al pan de gracia de las minas,
para los descontados de las nóminas
destinados a cebar bitácoras en morgues.
Septiembre se ahogó en su pulso árido,
el exterminio agitó sus aguas bajo el solio del verdugo,
las esponjas del odio chuparon la sangre en desbandada,
hubo fuego de mentira bajo la lluvia e Iguala se llenó de humo,
y de gestos fracturados en el cristal del grito:
solo quedaron las torres de la ignominia
y la desaparición pudriéndose en prontuarios y falacias.
El pueblo del ombligo de la luna amaneció sucio de horror,
latiendo en carne viva el corazón del hermano desconocido,
con sus hijos arrancados del centro vital,
chapaleando las miradas extraviadas en las sombras
con sus ojos recién abiertos a un paraíso
de agujeros disimulados con cal y ceniza.
Cuarenta y tres pupitres vacíos pero no callados
se levantan del olvido en los pasillos de Ayotzinapa.
El monstruo rumia sus coágulos de muerte,
pero aún vigila desde su umbral de agonía.
La tarea a cumplir es acabarlo a dentelladas de honor
y esta es una patria de fantasmas, pero no de cobardes.
Ahí están los padres derrumbando los muros,
arrancando de las veredas los vestigios,
arañando su insoportable soledad hasta encontrarlos,
combatientes sin fin, hermanos míos.
Tu padre quisiera sepultar con sus brazos tu frío.
Tu hermano quisiera tapar la fuga de tu voz con su lengua.
Apenas resisten ser la memoria
y te buscan en el aire desbaratado que les cierra la puerta.
Las grietas del Leviatán no pudieron tragarse el surco
donde tú y tus compañero sembraron el maíz rojo,
el teocintle que levanta su raíz de tortuga hacía el trueno
para llover en todos, los arrodillados,
los que solo poseen la sabiduría del hambre en las entrañas.
Los que solo saben del despojo arrendaron manos
de descorazonar simientes;
intentaron apagar el agua de ánima
que retumbaba en los peñas de Guerrero
con su toro de juventud y de verdad en llamas
para los menos,
para los no convidados a las mesas del reparto,
para los no llamados al pan de gracia de las minas,
para los descontados de las nóminas
destinados a cebar bitácoras en morgues.
Septiembre se ahogó en su pulso árido,
el exterminio agitó sus aguas bajo el solio del verdugo,
las esponjas del odio chuparon la sangre en desbandada,
hubo fuego de mentira bajo la lluvia e Iguala se llenó de humo,
y de gestos fracturados en el cristal del grito:
solo quedaron las torres de la ignominia
y la desaparición pudriéndose en prontuarios y falacias.
El pueblo del ombligo de la luna amaneció sucio de horror,
latiendo en carne viva el corazón del hermano desconocido,
con sus hijos arrancados del centro vital,
chapaleando las miradas extraviadas en las sombras
con sus ojos recién abiertos a un paraíso
de agujeros disimulados con cal y ceniza.
Cuarenta y tres pupitres vacíos pero no callados
se levantan del olvido en los pasillos de Ayotzinapa.
El monstruo rumia sus coágulos de muerte,
pero aún vigila desde su umbral de agonía.
La tarea a cumplir es acabarlo a dentelladas de honor
y esta es una patria de fantasmas, pero no de cobardes.
Ahí están los padres derrumbando los muros,
arrancando de las veredas los vestigios,
arañando su insoportable soledad hasta encontrarlos,
combatientes sin fin, hermanos míos.
26 de septiembre de 2020
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