Azul Poesía

MarcosR

Poeta que considera el portal su segunda casa
Ella inspiraba perdones.

Los pobres la veneraban.

Los héroes del exilio.

Los poetas sin sandalias.

Ella, la princesa,

llegó en febrero.

Oriente señalaba la estela

hasta su manto austral,

azul marino,

de sol y sal,

sus pies de trigo,

sus pasos lentos.

Y no se fue jamás de los caminos,

de los versos que guardan

su perfume-rocío,

como un tesoro fresco,

que las musas del viento

susurran al oído.

Su corona sin tiempo

aguardaba dudosa,

el trono del amor

de sus largos misterios.

Querubines del verbo

custodiaron su estrella,

quemaron los ensayos,

temblaron en las letras.

Se postraron dichosos

de bendecir su gloria,

y no hallaron palabras

que despierten las voces,

y el silencio azotó,

como trueno,

la espuma de los cantos

indigentes de flores.

Inspiraba perdones.

Trajo sus buenos aires

en el pelo enredados,

un manojo de arcilla,

un presente pasado en erupción.

Hizo nido en cañadas,

y fue la primavera

más dulce del verano,

y fue el mar y el velero,

y la luna,

tan desoladamente cómplice,

como un altar,

como una lluvia suave,

plateando sus semillas,

por los médanos móviles.

Llega de azul,

en colibríes.

Manos de fuego danzan

en el lienzo infinito

de su rima viajera,

el soneto más alto

que visitó las liras,

que conjugó sin tiempo,

y no pidió monedas.

Ella, la princesa.

Llega de sueños.

El sol pintó su piel

de hada morena.

Se desvanece el mundo

tras su rastro oriental.

Se quedaron sin visa

las endebles fronteras,

los mapas sin murallas,

las manos sin quimeras.

América se extiende hasta sus pasos,

para besar la honra de su huella.


Bendita sea la paz

que hay en sus brazos.

Bendita sea la patria de su estrella.

Su mirada hacia el mar

cautivó pescadores

en el desierto ardiente.

Y ella, la princesa.

Que sin pasar pasaba.

Que sin partir estaba

en cada despedida,

en cada adiós escrito

nos dejó una poesía.

Doncella de algún tango

que busca melodías.

Llega de azul y plata,

se olvidó el apellido,

rompió los espejismos.

Su novena mañana

en su tercera cima,

la vieron sin escarcha

comandando la marcha

de antiguas bienvenidas.

Pintaba encendedores,

dejó sus buenos aires

huérfanos de banderas,

y bendijo esta tierra

de pájaros pintados

en praderas y sierras.

Errante justiciera,

levitaba sin miedo

por esta bruma oceánica.

Era en Cabo Polonio

la noche más inmensa,

los astros más extensos.

Y ella fue princesa

delante de las aguas

que adoraban sus pies de hechicería.

Se derramó la tinta,

Inspiraba perdones.

Los poetas lo sabían.
 
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