Beso del 2000

Ave Gar

Poeta recién llegado
Los oficinistas querían
tomar los computadores
y lanzarlos por las
ventanas de edificios
pequeños, sucios y
llenos de luz.

Sol y Sangre se mostraba
por tercera vez en
el cine Centro mientras
la noche aceleraba
sus horas.

Los candelabros de
cien iglesias giraban
hacia el pórtico
santo mientras los
párrocos regaban
las tristes azaleas de
domingo.

El semáforo de la plaza
Albozo-Cafferata
decidía su próximo color
y yo, en medio de la
calle estaba buscando
un regalo que ayer
no pedí y que hace
un mes me fue pedido.

Escondía mis manos
en los bolsillos mientras
buscaba monedas en el fondo
de la tela, pagué
dos vasitos de gelatina
y seguí las ventanas
de almacenes que iban cerrando.

Llamé a la puerta de
Lie & Lie store,
donde un juego de
pendientes carmesí
y plata esperaban
envueltos en macramé
satinado. No esperé
el cambio y fui a mirar
otras joyas.

La dama de azul que
trasteaba las sortijas
se acercó a preguntar
por los pendientes que
llevaba apretando en la mano.
Conversé un poco
con ella y tras desearle
Feliz Año escapé del brillo.

Vi el reloj alrededor
de mi muñeca izquierda
y ajusté la correa
casi rota. Miré acercando
mi mano al rostro,
veinte minutos para acabar
el siglo.

Regresaba por donde vine,
mirando los abrazos
de la gente de puertas abiertas
y corazones multicolor.
Vi nuevamente el semáforo
confuso y la multitud
unida, a lágrimas
y miradas no necesariamente
alegres.

Hay un rostro que
conozco, hay un cuerpo
que conozco. Una ambulancia
se lleva a quien iba
encontrar, que también
decidió ir a por
mí, como sorpresa...
como locura.

Pregunto a uno y a otro
pero no sé qué estoy
preguntando. Cierran
la puerta de la
ambulancia conmigo dentro.
Hay un ruido que simula
una advertencia
y mis manos temblando
sujetan una cajita vacía
de unos pendientes robados.

Un pitido en el monitor
me golpea directo
en el pecho. Sin regalo, sin beso,
con el fin del año y el inicio
de mi fin.
 
Última edición:
Los oficionistas querían
tomar los computadores
y lanzarlos por las
ventanas de edificios
pequeños, sucios y
llenos de luz.

Sol y Sangre se mostraba
por tercera vez en
el cine Centro mientras
la noche aceleraba
sus horas.

Los candelabros de
cien iglesias giraban
hacia el pórtico
santo mientras los
párrocos regaban
las tristes azaleas de
domingo.

El semáforo de la plaza
Albozo-Cafferata
decidía su próximo color
y yo, en medio de la
calle estaba buscando
un regalo que ayer
no pedí y que hace
un mes me fue pedido.

Escondía mis manos
en los bolsillos mientras
buscaba monedas en el fondo
de la tela, pagué
dos vasitos de gelatina
y seguí las ventanas
de almacenes que iban cerrando.

Llamé a la puerta de
Lie & Lie store,
donde un juego de
pendientes carmesí
y plata esperaban
envueltos en macramé
satinado. No esperé
el cambio y fui a mirar
otras joyas.

La dama de azul que
trasteaba las sortijas
se acercó a preguntar
por los pendientes que
llevaba apretando en la mano.
Conversé un poco
con ella y tras desearle
Feliz Año escapé del brillo.

Vi el reloj alrededor
de mi muñeca izquierda
y ajusté la correa
casi rota. Miré acercando
mi mano al rostro,
veinte minutos para acabar
el siglo.

Regresaba por donde vine,
mirando los abrazos
de la gente de puertas abiertas
y corazones multicolor.
Vi nuevamente el semáforo
confuso y la multitud
unida, a lágrimas
y miradas no necesariamente
alegres.

Hay un rostro que
conozco, hay un cuerpo
que conozco. Una ambulancia
se lleva a quien iba
encontrar, que también
decidió ir a por
mí, como sorpresa...
como locura.

Pregunto a uno y a otro
pero no sé qué estoy
preguntando. Cierran
la puerta de la
ambulancia conmigo dentro.
Hay un ruido que simula
una advertencia
y mis manos temblando
sujetan una cajita vacía
de unos pendientes robados.

Un pitido en el monitor
me golpea directo
en el pecho. Sin regalo, sin beso,
con el fin del año y el inicio
de mi fin.
Triste historia. Un gusto leerte.
 

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