Biljana

Zera Princ

Poeta recién llegado
Biljana

Biljana era casi perfecta, por supuesto, para mí,
a pesar de todos sus defectos y de su pasado,
y vaya que lo tenía.

No la amé porque estuviera enamorado de ella.
No, me enamoré de ella porque la amaba.
Orejas de soplillo, nariz torcida, siempre moqueante,
no era precisamente una belleza fatal
por la que se giran en la calle,
pero en mis ojos era la más hermosa,
porque mi amor la hacía así.

Me conquistó con sus palabras,
con la forma en que pensaba,
con la lógica que utilizaba.
Bastaba con escucharla
para desearla…

Para mí era especial:
era la única que sabía quién era Lilit
y entendía por qué algún día
a mi futura hija querría darle ese nombre;
la única que no se entusiasmaba con
“Strepnja” de Desanka Maksimović
y pensaba, como yo,
que era un himno para fracasados;
la única, después de todas,
de la que tenía algo que aprender.

Estaba agradecido con mis ex por haber sido equivocadas,
porque pensaba que por fin había encontrado a la correcta.

Mientras otras chicas aprendían cómo seducir a los chicos,
ella aprendía sobre Bach, Mozart, Beethoven y Liszt
y cómo odiar a Schumann y a Schubert.

A su lado volví a disfrutar de las pequeñas cosas,
como ver películas masticando palomitas,
descubrí los encantos de la cocina china
y aprendí a comer con palillos,
aprendí a relajarme y a no ser siempre rígido.

Fue la única a la que subí a un pedestal,
por eso cayó tan bajo en mis ojos;
quizá no estaba acostumbrada a tanta altura,
porque todos los demás la pisaban…

Aunque buscaba amor, no sabía amar.
Su necesidad de atención era más fuerte que el amor.
No puedes tener a alguien que pertenece a todos.
Si tan solo hubiera luchado con la misma pasión por nuestro amor
con la que defendía sus mentiras;
si tan solo hubiera cumplido una sola promesa;
si me hubiera respetado respetándose a sí misma,
porque eso era lo único que pedía;
si hubiera saldado su pasado,
habríamos construido el futuro sobre bases sanas.

A pesar de todo, me culpo a mí mismo,
porque no debí permitirme
caer yo también por ella.
Tenía que ser más fuerte, ver la verdad,
superar el miedo a quedarme sin ella,
si ya no podía levantarla,
seguir adelante yo.

Cuando pensé que ya había sentido todo el dolor,
ella me dolió aún más.
El dolor está en cada lágrima que le dediqué,
en cada mañana que llega con ella en mis pensamientos,
en su dolor que yo provoqué,
en cada poema que le escribí.

A veces me sorprendo escuchando
la interpretación de Pavarotti de “Una furtiva lagrima”,
y recuerdo su entusiasmo por ella,
mientras me quedo mirando su último SMS que aún guardo:
“No tienes que creerme, pero te quiero. Demasiado.”

Lamento que no fuéramos dos mitades de un mismo ser de amor
y no haber llegado a ver su mejor versión;
pero espero que sea feliz sin mí,
aunque yo no lo sea sin ella,
que no hayamos renunciado a nosotros en vano,
que por fin haya logrado construirse a sí misma feliz.

Zera Princ
 
Última edición:
Biljana

Biljana era casi perfecta, por supuesto, para mí,
a pesar de todos sus defectos y de su pasado,
y vaya que lo tenía.

No la amé porque estuviera enamorado de ella.
No, me enamoré de ella porque la amaba.
Orejas de soplillo, nariz torcida, siempre moqueante,
no era precisamente una belleza fatal
por la que se giran en la calle,
pero en mis ojos era la más hermosa,
porque mi amor la hacía así.

Me conquistó con sus palabras,
con la forma en que pensaba,
con la lógica que utilizaba.
Bastaba con escucharla
para desearla…

Para mí era especial:
era la única que sabía quién era Lilit
y entendía por qué algún día
a mi futura hija querría darle ese nombre;
la única que no se entusiasmaba con
“Strepnja” de Desanka Maksimović
y pensaba, como yo,
que era un himno para fracasados;
la única, después de todas,
de la que tenía algo que aprender.

Estaba agradecido con mis ex por haber sido equivocadas,
porque pensaba que por fin había encontrado a la correcta.

Mientras otras chicas aprendían cómo seducir a los chicos,
ella aprendía sobre Bach, Mozart, Beethoven y Liszt
y cómo odiar a Schumann y a Schubert.

A su lado volví a disfrutar de las pequeñas cosas,
como ver películas masticando palomitas,
descubrí los encantos de la cocina china
y aprendí a comer con palillos,
aprendí a relajarme y a no ser siempre rígido.

Fue la única a la que subí a un pedestal,
por eso cayó tan bajo en mis ojos;
quizá no estaba acostumbrada a tanta altura,
porque todos los demás la pisaban…

Aunque buscaba amor, no sabía amar.
Su necesidad de atención era más fuerte que el amor.
No puedes tener a alguien que pertenece a todos.
Si tan solo hubiera luchado con la misma pasión por nuestro amor
con la que defendía sus mentiras;
si tan solo hubiera cumplido una sola promesa;
si me hubiera respetado respetándose a sí misma,
porque eso era lo único que pedía;
si hubiera saldado su pasado,
habríamos construido el futuro sobre bases sanas.

A pesar de todo, me culpo a mí mismo,
porque no debí permitirme
caer yo también por ella.
Tenía que ser más fuerte, ver la verdad,
superar el miedo a quedarme sin ella,
si ya no podía levantarla,
seguir adelante yo.

Cuando pensé que ya había sentido todo el dolor,
ella me dolió aún más.
El dolor está en cada lágrima que le dediqué,
en cada mañana que llega con ella en mis pensamientos,
en su dolor que yo provoqué,
en cada poema que le escribí.

A veces me sorprendo escuchando
la interpretación de Pavarotti de “Una furtiva lagrima”,
y recuerdo su entusiasmo por ella,
mientras me quedo mirando su último SMS que aún guardo:
“No tienes que creerme, pero te quiero. Demasiado.”

Lamento que no fuéramos dos mitades de un mismo ser de amor
y no haber llegado a ver su mejor versión;
pero espero que sea feliz sin mí,
aunque yo no lo sea sin ella,
que no hayamos renunciado a nosotros en vano,
que por fin haya logrado construirse a sí misma feliz.

Zera Princ
Facetas de un amor no correspondido.

Saludos
 

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