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Buitres en mi jardín

Luis Libra

Atención: poeta en obras
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El día que Superman se enganchó a la marihuana
en mi reino descorchábamos caprinos
desde los campanarios, entre vino peleón
y pasodoble hacíamos bandera
del acuchillamiento de mamíferos astados
y practicábamos el harakiri (en vivo) a los cerdos.
Por aquellos años yo dibujaba sueños
y odiaba a los niños con olor a mierda de vaca
que chorreaban hostias tras la cerquilla
aledaña a un colegio de piedra gris y podrida.
En la primera cadena explotaba el espíritu
de la paloma en doble estéreo
e improvisadas distorsiones a una sola mano.
Nuestros padres se emborrachaban
con licor de rosas y aromas de sangre seca:
solera que hervía la bodega de las parroquias obreras
y la festividad anual de la Casa de Campo.
En aquellos años, a nuestros jóvenes mayores
les volaban los himnos a capela,
creían a pie juntillas la pirotecnia libertaria
y los anuncios musicados de nocilla.
Ya entonces se fraguaban cambios terminales
en el córtex de los barrios,
mientras al sur los negritos del colacao se empeñaban
en seguir muriendo antes de los cuarenta.
La floreciente dislexia existencial ya presagiaba
el apocalipsis en los imberbes pechos.
La engominada hornada de los lacoste
acumulaba matrículas de deshonor
en altruismos y ciencias políticas.
Los demás remaban hacia el horizonte
que dictaban el antiinmovilismo social
y las feromonas de ocasión.
Más tarde yo aún aprendía a abrocharme
los verbos en frecuencia modulada,
engordando a golpe de orgullo neoproletario
la lista de mis veniales y futuros
crímenes contra la humanidad
y la línea crediticia del Banco Santander.
A las estatuas se les cayeron los anillos,
a los armarios los cerrojos
y a otros el reloj del amor por las alcantarillas
de algún paraíso en rebajas.
Y Superman (al fin desintoxicado)
estrellaba sus lágrimas de acero contra el techo
del planetario de su vieja ciudad technicolor.
Allá por mi reino aún se mojaban los sexos
y engrosaban los miembros viriles
de las hembras y machos ibéricos
cuando un ser de cuatro patas doblaba el esqueleto
y derramaba su sangre por la tierra.
Pero por aquel entonces
todavía creía en superhéroes
que fundían con su mirada láser a los malvados.
Muchos años después yo seguía digiriendo padres,
seguía escondiendo venas
y seguía dibujando sueños.

__________
 
Última edición:
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El día que Superman se enganchó a la marihuana
en mi reino descorchábamos caprinos
desde los campanarios, entre vino en bota
y pasodobles hacíamos bandera
del acuchillamiento de mamíferos astados
y practicábamos el harakiri (en vivo) a los cerdos.
Por aquellos años yo dibujaba sueños
y odiaba a los niños con olor a mierda de vaca
que chorreaban hostias tras la cerquilla
aledaña a un colegio de piedra gris y podrida.
En la primera cadena explotaba el espíritu
de la paloma en doble estéreo
e improvisadas distorsiones a una sola mano.
Nuestros padres se emborrachaban
con licor de rosas y aromas de sangre seca:
solera que hervía la bodega de las parroquias obreras
y la festividad anual de la Casa de Campo.
En aquellos años, a nuestros jóvenes mayores
aún les sangraban los himnos a capela,
se creían a pie juntillas la pirotecnia libertaria
y los anuncios musicados de nocilla.
Ya entonces se fraguaban cambios terminales
en el córtex de los barrios,
mientras al sur los negritos del colacao se empeñaban
en seguir muriendo antes de los cuarenta.
La floreciente dislexia existencial ya presagiaba
el apocalipsis en los imberbes pechos.
La engominada hornada de los lacoste
acumulaban matrículas de deshonor
en altruismos y ciencias políticas.
Los demás remaban hacia el horizonte
que dictaban el antiinmovilismo social
y las feromonas de ocasión.
Más tarde yo aún aprendía a abrocharme
los verbos en frecuencia modulada,
engordando a golpe de orgullo neoproletario
la lista de mis veniales y futuros
crímenes contra la humanidad
y la línea crediticia del Banco Santander.
A las estatuas se les cayeron los anillos,
a los armarios los cerrojos
y a otros el reloj del amor por las alcantarillas
de algún paraíso en rebajas.
Y Superman (al fin desintoxicado)
estrellaba sus lágrimas de acero contra el techo
del planetario de su vieja ciudad technicolor.
Allá por mi reino aún se mojaban los sexos
y engrosaban los miembros viriles
de las hembras y machos ibéricos
cuando un ser de cuatro patas doblaba el esqueleto
y derramaba su sangre por la tierra.
Pero por aquel entonces
todavía creía en superhéroes
que fundían con su mirada láser a los malvados.
Muchos años después yo seguía digiriendo padres,
seguía escondiendo venas
y seguía dibujando sueños.

__________

Buen viaje al pasado me ha obligado a realizar. Con todo, con todo coinciden mis recuerdos. Y ese pobre cerdo degollado ante un niño de tres años... Todavía recuerdo los chillidos-lloros del pobre animal. Y el Cola-Cao... Agüeleteeeeeee gracias.


Buen jueves de mercadillo, señor Libra Luis.
 
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El día que Superman se enganchó a la marihuana
en mi reino descorchábamos caprinos
desde los campanarios, entre vino en bota
y pasodobles hacíamos bandera
del acuchillamiento de mamíferos astados
y practicábamos el harakiri (en vivo) a los cerdos.
Por aquellos años yo dibujaba sueños
y odiaba a los niños con olor a mierda de vaca
que chorreaban hostias tras la cerquilla
aledaña a un colegio de piedra gris y podrida.
En la primera cadena explotaba el espíritu
de la paloma en doble estéreo
e improvisadas distorsiones a una sola mano.
Nuestros padres se emborrachaban
con licor de rosas y aromas de sangre seca:
solera que hervía la bodega de las parroquias obreras
y la festividad anual de la Casa de Campo.
En aquellos años, a nuestros jóvenes mayores
aún les sangraban los himnos a capela,
se creían a pie juntillas la pirotecnia libertaria
y los anuncios musicados de nocilla.
Ya entonces se fraguaban cambios terminales
en el córtex de los barrios,
mientras al sur los negritos del colacao se empeñaban
en seguir muriendo antes de los cuarenta.
La floreciente dislexia existencial ya presagiaba
el apocalipsis en los imberbes pechos.
La engominada hornada de los lacoste
acumulaba matrículas de deshonor
en altruismos y ciencias políticas.
Los demás remaban hacia el horizonte
que dictaban el antiinmovilismo social
y las feromonas de ocasión.
Más tarde yo aún aprendía a abrocharme
los verbos en frecuencia modulada,
engordando a golpe de orgullo neoproletario
la lista de mis veniales y futuros
crímenes contra la humanidad
y la línea crediticia del Banco Santander.
A las estatuas se les cayeron los anillos,
a los armarios los cerrojos
y a otros el reloj del amor por las alcantarillas
de algún paraíso en rebajas.
Y Superman (al fin desintoxicado)
estrellaba sus lágrimas de acero contra el techo
del planetario de su vieja ciudad technicolor.
Allá por mi reino aún se mojaban los sexos
y engrosaban los miembros viriles
de las hembras y machos ibéricos
cuando un ser de cuatro patas doblaba el esqueleto
y derramaba su sangre por la tierra.
Pero por aquel entonces
todavía creía en superhéroes
que fundían con su mirada láser a los malvados.
Muchos años después yo seguía digiriendo padres,
seguía escondiendo venas
y seguía dibujando sueños.

__________
No queda de otra, de revivir esa esperanza y la capacidad de seguir dibujando sueños.

Saludos
 
Buen viaje al pasado me ha obligado a realizar. Con todo, con todo coinciden mis recuerdos. Y ese pobre cerdo degollado ante un niño de tres años... Todavía recuerdo los chillidos-lloros del pobre animal. Y el Cola-Cao... Agüeleteeeeeee gracias.


Buen jueves de mercadillo, señor Libra Luis.

Mi cambio de residencia cuando aún era un niño de la ciudad a un pueblo fue duro, y de esos barros (y otros más generales y sociopolíticos) salieron estos versos.
Este es un poema bastante antiguo, y como últimamente ando escaso de inspiración aprovecho para mejorar alguno que aprecio especialmente.
Muchas gracias por su amable visita, agüelo Vicente :p. Buen casi fin de semana.
 
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El día que Superman se enganchó a la marihuana
en mi reino descorchábamos caprinos
desde los campanarios, entre vino en bota
y pasodobles hacíamos bandera
del acuchillamiento de mamíferos astados
y practicábamos el harakiri (en vivo) a los cerdos.
Por aquellos años yo dibujaba sueños
y odiaba a los niños con olor a mierda de vaca
que chorreaban hostias tras la cerquilla
aledaña a un colegio de piedra gris y podrida.
En la primera cadena explotaba el espíritu
de la paloma en doble estéreo
e improvisadas distorsiones a una sola mano.
Nuestros padres se emborrachaban
con licor de rosas y aromas de sangre seca:
solera que hervía la bodega de las parroquias obreras
y la festividad anual de la Casa de Campo.
En aquellos años, a nuestros jóvenes mayores
aún les sangraban los himnos a capela,
se creían a pie juntillas la pirotecnia libertaria
y los anuncios musicados de nocilla.
Ya entonces se fraguaban cambios terminales
en el córtex de los barrios,
mientras al sur los negritos del colacao se empeñaban
en seguir muriendo antes de los cuarenta.
La floreciente dislexia existencial ya presagiaba
el apocalipsis en los imberbes pechos.
La engominada hornada de los lacoste
acumulaba matrículas de deshonor
en altruismos y ciencias políticas.
Los demás remaban hacia el horizonte
que dictaban el antiinmovilismo social
y las feromonas de ocasión.
Más tarde yo aún aprendía a abrocharme
los verbos en frecuencia modulada,
engordando a golpe de orgullo neoproletario
la lista de mis veniales y futuros
crímenes contra la humanidad
y la línea crediticia del Banco Santander.
A las estatuas se les cayeron los anillos,
a los armarios los cerrojos
y a otros el reloj del amor por las alcantarillas
de algún paraíso en rebajas.
Y Superman (al fin desintoxicado)
estrellaba sus lágrimas de acero contra el techo
del planetario de su vieja ciudad technicolor.
Allá por mi reino aún se mojaban los sexos
y engrosaban los miembros viriles
de las hembras y machos ibéricos
cuando un ser de cuatro patas doblaba el esqueleto
y derramaba su sangre por la tierra.
Pero por aquel entonces
todavía creía en superhéroes
que fundían con su mirada láser a los malvados.
Muchos años después yo seguía digiriendo padres,
seguía escondiendo venas
y seguía dibujando sueños.

__________
que estupenda manera de echar la mirada hacia atrás... unos por otros y otros por unos, soñar no es solo de un costado. Ni de antes, ahora o después.
Qué sustancioso poema, Luis
Un abrazo grande
 
Última edición:
que estupenda manera de echar la mirada hacia atrás... unos por otros y otros por unos, soñar no es solo de un costado. Ni de antes, ahora o después.
Qué sustancioso poema, Luis
Un abrazo grande

Uff, con lo que me muevo al dormir sueño de todos los costados, jeje :) Muchas gracias, Rosa, me alegra mucho que te gustara . Un gran abrazo de vuelta, compa.
 
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El día que Superman se enganchó a la marihuana
en mi reino descorchábamos caprinos
desde los campanarios, entre vino peleón
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del acuchillamiento de mamíferos astados
y practicábamos el harakiri (en vivo) a los cerdos.
Por aquellos años yo dibujaba sueños
y odiaba a los niños con olor a mierda de vaca
que chorreaban hostias tras la cerquilla
aledaña a un colegio de piedra gris y podrida.
En la primera cadena explotaba el espíritu
de la paloma en doble estéreo
e improvisadas distorsiones a una sola mano.
Nuestros padres se emborrachaban
con licor de rosas y aromas de sangre seca:
solera que hervía la bodega de las parroquias obreras
y la festividad anual de la Casa de Campo.
En aquellos años, a nuestros jóvenes mayores
les volaban los himnos a capela,
creían a pie juntillas la pirotecnia libertaria
y los anuncios musicados de nocilla.
Ya entonces se fraguaban cambios terminales
en el córtex de los barrios,
mientras al sur los negritos del colacao se empeñaban
en seguir muriendo antes de los cuarenta.
La floreciente dislexia existencial ya presagiaba
el apocalipsis en los imberbes pechos.
La engominada hornada de los lacoste
acumulaba matrículas de deshonor
en altruismos y ciencias políticas.
Los demás remaban hacia el horizonte
que dictaban el antiinmovilismo social
y las feromonas de ocasión.
Más tarde yo aún aprendía a abrocharme
los verbos en frecuencia modulada,
engordando a golpe de orgullo neoproletario
la lista de mis veniales y futuros
crímenes contra la humanidad
y la línea crediticia del Banco Santander.
A las estatuas se les cayeron los anillos,
a los armarios los cerrojos
y a otros el reloj del amor por las alcantarillas
de algún paraíso en rebajas.
Y Superman (al fin desintoxicado)
estrellaba sus lágrimas de acero contra el techo
del planetario de su vieja ciudad technicolor.
Allá por mi reino aún se mojaban los sexos
y engrosaban los miembros viriles
de las hembras y machos ibéricos
cuando un ser de cuatro patas doblaba el esqueleto
y derramaba su sangre por la tierra.
Pero por aquel entonces
todavía creía en superhéroes
que fundían con su mirada láser a los malvados.
Muchos años después yo seguía digiriendo padres,
seguía escondiendo venas
y seguía dibujando sueños.

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No te imagino fuera de Madrid, la neta, pero lo que nos cuentas me da una idea. Por desbalances idiosincráticos, muchas cosas de tu tremendo poema las intuyo o equiparo para subsanar el bache que no se remedia con acudir a la RAE; alguna vez me tocó agarrar las patas de una dócil oveja para que un tío le atravesara la garganta con un cuchillo. El sonido de la carne al abrirse de un tajo aún me estremece cada que lo recuerdo. No dejé de comer carne, pero ese sonido, ese inquietante sonido, no es el del tenedor que al fin raspa el plato.
Todo lo que vivimos nos conduce a lo que somos, no me cabe duda, pero a ti te tocó una infancia rompedora. Y ahora eres este Luis Libra que tanto nos gusta, pero me pregunto: ¿cuánto lo padeces mientras nosotros disfrutamos?, ¿qué fueron o qué son ahora esos sueños?
Es más que un gusto departir contigo un poema de excelencia, que abre interrogantes que quizá no tienen o no merecen respuesta. Lo que es bello no se explica. Te mando un gran abrazo, mi chingón, con no poca admiración.
 
Última edición:
No te imagino fuera de Madrid, la neta, pero lo que nos cuentas me da una idea. Por desbalances idiosincráticos, muchas cosas de tu tremendo poema las intuyo o equiparo para subsanar el bache que no se remedia con acudir a la RAE; alguna vez me tocó agarrar las patas de una dócil oveja para que un tío le atravesara la garganta con un cuchillo. El sonido de la carne al abrirse de un tajo aún me estremece cada que lo recuerdo. No dejé de comer carne, pero ese sonido, ese inquietante sonido, no es el del tenedor que al fin raspa el plato.
Todo lo que vivimos nos conduce a lo que somos, no me cabe duda, pero a ti te tocó una infancia rompedora. Y ahora eres este Luis Libra que tanto nos gusta, pero me pregunto: ¿cuánto lo padeces mientras nosotros disfrutamos?, ¿qué fueron o qué son ahora esos sueños?
Es más que un gusto departir contigo un poema de excelencia, que abre interrogantes que quizá no tienen o no merecen respuesta. Lo que es bello no se explica. Te mando un gran abrazo, mi chingón, con no poca admiración.

Yo creo que todos tenemos claros y oscuros en nuestra vida, quizás en lo único que nos diferenciamos es en la intensidad de esos claros y oscuros. Mi infancia pudo ser más amable, sí, pero sería injusto quejarme de nada en mi vida, creo que he sido muy afortunado en general y he tenido bastante más de lo que merecía ;). En este poema toco y enlazo distintos "campos" personales y sobre una época (larga) en mi país, un país que, supongo que como todos, también tiene sus propias luces y sombras.
Lo de los animales y el trato que les damos es algo que me toca las fibras más sensibles. La crueldad con la que tratamos a menudo a otros seres sintientes es imperdonable. He visto lo que la gente hacía a una cría de toro en plazas y pueblos de mi país, y a cualquier persona con un mínimo de sensibilidad y empatía le pondría los pelos de punta. Hay mucho sadismo puro y duro que se tolera y normaliza en ese tipo de "fiestas".
Me alegra mucho que te gustara este poema, carnalito. Muchas gracias por venir y regalarme tus valiosas impresiones. Un fuerte abrazo.
 
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El día que Superman se enganchó a la marihuana
en mi reino descorchábamos caprinos
desde los campanarios, entre vino peleón
y pasodoble hacíamos bandera
del acuchillamiento de mamíferos astados
y practicábamos el harakiri (en vivo) a los cerdos.
Por aquellos años yo dibujaba sueños
y odiaba a los niños con olor a mierda de vaca
que chorreaban hostias tras la cerquilla
aledaña a un colegio de piedra gris y podrida.
En la primera cadena explotaba el espíritu
de la paloma en doble estéreo
e improvisadas distorsiones a una sola mano.
Nuestros padres se emborrachaban
con licor de rosas y aromas de sangre seca:
solera que hervía la bodega de las parroquias obreras
y la festividad anual de la Casa de Campo.
En aquellos años, a nuestros jóvenes mayores
les volaban los himnos a capela,
creían a pie juntillas la pirotecnia libertaria
y los anuncios musicados de nocilla.
Ya entonces se fraguaban cambios terminales
en el córtex de los barrios,
mientras al sur los negritos del colacao se empeñaban
en seguir muriendo antes de los cuarenta.
La floreciente dislexia existencial ya presagiaba
el apocalipsis en los imberbes pechos.
La engominada hornada de los lacoste
acumulaba matrículas de deshonor
en altruismos y ciencias políticas.
Los demás remaban hacia el horizonte
que dictaban el antiinmovilismo social
y las feromonas de ocasión.
Más tarde yo aún aprendía a abrocharme
los verbos en frecuencia modulada,
engordando a golpe de orgullo neoproletario
la lista de mis veniales y futuros
crímenes contra la humanidad
y la línea crediticia del Banco Santander.
A las estatuas se les cayeron los anillos,
a los armarios los cerrojos
y a otros el reloj del amor por las alcantarillas
de algún paraíso en rebajas.
Y Superman (al fin desintoxicado)
estrellaba sus lágrimas de acero contra el techo
del planetario de su vieja ciudad technicolor.
Allá por mi reino aún se mojaban los sexos
y engrosaban los miembros viriles
de las hembras y machos ibéricos
cuando un ser de cuatro patas doblaba el esqueleto
y derramaba su sangre por la tierra.
Pero por aquel entonces
todavía creía en superhéroes
que fundían con su mirada láser a los malvados.
Muchos años después yo seguía digiriendo padres,
seguía escondiendo venas
y seguía dibujando sueños.

__________
Me gustó en su momento y me gusta ahora, compi y seguro que le has dado más de una vuelta:)
Por aquí cerca, en Monfragüe, hay muchos buitres de los buenos, los leonados, los negros
y hacen una limpieza que ya quisiera yo en mi casa;) pero ya sé que tus buitres son de otra calaña.
Me voy al curre con alergia pero con la mochila cargada de buenos versos.
Un abrazo, amigo, feliz semana.
 
Me gustó en su momento y me gusta ahora, compi y seguro que le has dado más de una vuelta:)
Por aquí cerca, en Monfragüe, hay muchos buitres de los buenos, los leonados, los negros
y hacen una limpieza que ya quisiera yo en mi casa;) pero ya sé que tus buitres son de otra calaña.
Me voy al curre con alergia pero con la mochila cargada de buenos versos.
Un abrazo, amigo, feliz semana.

Sí, es un poema que hacía mucho que no leía, y ahora, después de muchos años he visto que se podía enriquecer y mejorar; no recuerdo quién dijo que los poemas son un ente vivo, aún después de su publicación. Esto lo vi y confirmé muy claramente en poemas de Manuel Vilas -cómo en segundas reediciones y publicaciones algunos poemas ganaban un montón-
Y sí, hay buitres y buitres, los auténticos me gustan, los que estropean los jardines no tanto ;)
Ay la alergia, a mí con los años se me quitó, vivir más cerca de la naturaleza al menos sirvió para eso. Muchas gracias por venir, compi. Un abrazo y muy feliz semana.
 

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