elena morado
Poeta que considera el portal su segunda casa
No somos nadie,
decía, mientras caía un puñado de tierra sobre
el féretro.
Siete años tenía la primera vez que vi un cadáver: unos ojos
rasgados y un bebé asiático sobre su vientre,
la mujer del vietnamita que moría al parir a su octavo hijo
porque él solo eso quería hacer
incluso a su propia hija quiso hacerle hijos.
No somos nadie.
Y no es la voz de mi abuela,
ahora suena en mi cabeza mientras echo un puñado de tierra
sobre mi propio cadáver,
como la mujer del vietnamita
y con los hijos que no tengo sobre mi vientre rasgado.
Mi padre también quiso hacerme hijos una vez,
pero sólo fue una vez,
aquella vez,
aquella puta y maldita vez en que mi padre
dejó de ser mi padre.
Antonia Mauro
decía, mientras caía un puñado de tierra sobre
el féretro.
Siete años tenía la primera vez que vi un cadáver: unos ojos
rasgados y un bebé asiático sobre su vientre,
la mujer del vietnamita que moría al parir a su octavo hijo
porque él solo eso quería hacer
incluso a su propia hija quiso hacerle hijos.
No somos nadie.
Y no es la voz de mi abuela,
ahora suena en mi cabeza mientras echo un puñado de tierra
sobre mi propio cadáver,
como la mujer del vietnamita
y con los hijos que no tengo sobre mi vientre rasgado.
Mi padre también quiso hacerme hijos una vez,
pero sólo fue una vez,
aquella vez,
aquella puta y maldita vez en que mi padre
dejó de ser mi padre.
Antonia Mauro
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