Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
¿Y ahora bailamos tres?
La verdad es que no sé en qué momento sucedió. Primero estaba yo, luego estabas tú, y ahora está él, o ella, o quién sabe qué tercer ente que de pronto nos acompaña a bailar en esta pista demasiado pequeña para dos y ridículamente cómica para tres.
No es que me moleste. Bueno, un poco. Pero más me intriga, porque, vamos, ¿en qué punto la danza dejó de ser un dúo? ¿Fue cuando nos miramos en ese bar con demasiados espejos, y al girar nos encontramos con una sombra extra en el reflejo? ¿O fue cuando te reías de sus chistes mientras yo pensaba en cómo encender el cigarrillo sin parecer demasiado dramático?
"¿Y ahora qué hacemos?", preguntas tú, y no sé si la pregunta es para mí o para él. Lo miro de reojo, tratando de entender si también se siente fuera de lugar, pero no, ahí está, tan cómodo como si siempre hubiera estado aquí, moviéndose entre nosotros con esa habilidad sospechosa de quien sabe que no va a tropezar.
"Pues bailamos, ¿no?" digo, porque no se me ocurre otra cosa. Y entonces empieza esta coreografía absurda: tú ríes, él gira, yo intento seguir el ritmo, aunque sospecho que estoy pisándome los propios pies.
El problema no es que seamos tres, sino que somos demasiado buenos fingiendo que no pasa nada. Como si la música fuera suficiente para explicar la geometría improbable que estamos trazando. Y claro, hay risas, hay miradas furtivas, hay silencios que parecen más palabras que las propias palabras.
Pero luego, inevitablemente, llega ese momento en el que todos pisamos el mismo maldito pie al mismo tiempo, y el hechizo se rompe. "¿Y ahora qué?" preguntas otra vez, pero esta vez con una risa más nerviosa que sincera.
Yo sugiero que nos sentemos, que pidamos algo de beber y dejemos de complicar a la física. Pero no, tú quieres seguir bailando. Y él, claro, no se queda atrás. Así que aquí estoy, atrapado entre una especie de comedia romántica y un mal sueño, preguntándome si esto terminará en una escena de amor, en un desastre, o, peor aún, en una canción lenta.
Al final, supongo que no importa. Bailamos tres, y aunque el mundo no entiende nuestra danza dislocada, nosotros seguimos moviéndonos, tropezando, riendo. Porque, al fin y al cabo, ¿quién dijo que los tríos no pueden ser ridículamente perfectos en su caos?
La verdad es que no sé en qué momento sucedió. Primero estaba yo, luego estabas tú, y ahora está él, o ella, o quién sabe qué tercer ente que de pronto nos acompaña a bailar en esta pista demasiado pequeña para dos y ridículamente cómica para tres.
No es que me moleste. Bueno, un poco. Pero más me intriga, porque, vamos, ¿en qué punto la danza dejó de ser un dúo? ¿Fue cuando nos miramos en ese bar con demasiados espejos, y al girar nos encontramos con una sombra extra en el reflejo? ¿O fue cuando te reías de sus chistes mientras yo pensaba en cómo encender el cigarrillo sin parecer demasiado dramático?
"¿Y ahora qué hacemos?", preguntas tú, y no sé si la pregunta es para mí o para él. Lo miro de reojo, tratando de entender si también se siente fuera de lugar, pero no, ahí está, tan cómodo como si siempre hubiera estado aquí, moviéndose entre nosotros con esa habilidad sospechosa de quien sabe que no va a tropezar.
"Pues bailamos, ¿no?" digo, porque no se me ocurre otra cosa. Y entonces empieza esta coreografía absurda: tú ríes, él gira, yo intento seguir el ritmo, aunque sospecho que estoy pisándome los propios pies.
El problema no es que seamos tres, sino que somos demasiado buenos fingiendo que no pasa nada. Como si la música fuera suficiente para explicar la geometría improbable que estamos trazando. Y claro, hay risas, hay miradas furtivas, hay silencios que parecen más palabras que las propias palabras.
Pero luego, inevitablemente, llega ese momento en el que todos pisamos el mismo maldito pie al mismo tiempo, y el hechizo se rompe. "¿Y ahora qué?" preguntas otra vez, pero esta vez con una risa más nerviosa que sincera.
Yo sugiero que nos sentemos, que pidamos algo de beber y dejemos de complicar a la física. Pero no, tú quieres seguir bailando. Y él, claro, no se queda atrás. Así que aquí estoy, atrapado entre una especie de comedia romántica y un mal sueño, preguntándome si esto terminará en una escena de amor, en un desastre, o, peor aún, en una canción lenta.
Al final, supongo que no importa. Bailamos tres, y aunque el mundo no entiende nuestra danza dislocada, nosotros seguimos moviéndonos, tropezando, riendo. Porque, al fin y al cabo, ¿quién dijo que los tríos no pueden ser ridículamente perfectos en su caos?




