frank_calle
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mapas llenos de caminos misteriosos.
Desde niño recorrí sus calles
imaginando viajes sin destino.
Así aprendí de memoria mi ciudad,
calles con nombres de patriotas célebres
o de Reyes que jamás esta tierra conocieron.
Y así pasaron los días, y los primeros años,
viviendo aventuras en el callejero,
hasta descubrir sin proponérmelo,
que el piso de la casa,
con sus filigranas repetitivas,
representaban grandes avenidas,
y caminos tenebrosos,
y descubrí entonces la propia ciudad
reflejada en el suelo,
como vista desde los aires,
como un inmenso callejero
donde jugar a la vida.
Fue ese entonces el campo de grandes batallas.
Soldados representados por “chapas”
(como se le decía a las tapas de las botellas
de refrescos y cervezas)
se batieron protegidas por carros blindados,
en combates que duraban horas,
día tras día.
Combates victoriosos, batallas decisivas,
donde cientos de chapas luchaban por su vida,
y las vencedoras tomaban la cima
o las quebradas,
que las roturas del piso, de las viejas lozas,
al terreno daban realidad y belleza…
¡Cuántas batallas en la vida de un niño!
Y así, pasando el tiempo,
un día se acabó la infancia.
Sin darnos cuenta,
el mapa se transformó en ciudad real,
y al caminar las calles de la Habana de entonces,
tal parecía que desde niño ya le conocía.
Y así, pasando el tiempo,
también se acabó la juventud,
y se acabó gran parte de la vida.
Y aquí estamos hoy,
ante una ciudad casi desconocida,
que conserva el nombre de las viejas calles,
pero no las costumbres centenarias,
no la música de aquellos días:
(Danzones, Boleros, Guarachas,
el naciente Chachachá,
la Conga, el Guaguancó,
el Pasodoble, el Corrido,
el Tango, el Son….)
Hoy se habla de “mezclas”,
y la ciudad transformada en su cultura,
(costumbres, música, gentes, vida)
pero no es ya la ciudad
del callejero de mi infancia,
no concuerda ya con La Habana de mi vida.
Frank Calle (29/mayo/2019)
Desde niño recorrí sus calles
imaginando viajes sin destino.
Así aprendí de memoria mi ciudad,
calles con nombres de patriotas célebres
o de Reyes que jamás esta tierra conocieron.
Y así pasaron los días, y los primeros años,
viviendo aventuras en el callejero,
hasta descubrir sin proponérmelo,
que el piso de la casa,
con sus filigranas repetitivas,
representaban grandes avenidas,
y caminos tenebrosos,
y descubrí entonces la propia ciudad
reflejada en el suelo,
como vista desde los aires,
como un inmenso callejero
donde jugar a la vida.
Fue ese entonces el campo de grandes batallas.
Soldados representados por “chapas”
(como se le decía a las tapas de las botellas
de refrescos y cervezas)
se batieron protegidas por carros blindados,
en combates que duraban horas,
día tras día.
Combates victoriosos, batallas decisivas,
donde cientos de chapas luchaban por su vida,
y las vencedoras tomaban la cima
o las quebradas,
que las roturas del piso, de las viejas lozas,
al terreno daban realidad y belleza…
¡Cuántas batallas en la vida de un niño!
Y así, pasando el tiempo,
un día se acabó la infancia.
Sin darnos cuenta,
el mapa se transformó en ciudad real,
y al caminar las calles de la Habana de entonces,
tal parecía que desde niño ya le conocía.
Y así, pasando el tiempo,
también se acabó la juventud,
y se acabó gran parte de la vida.
Y aquí estamos hoy,
ante una ciudad casi desconocida,
que conserva el nombre de las viejas calles,
pero no las costumbres centenarias,
no la música de aquellos días:
(Danzones, Boleros, Guarachas,
el naciente Chachachá,
la Conga, el Guaguancó,
el Pasodoble, el Corrido,
el Tango, el Son….)
Hoy se habla de “mezclas”,
y la ciudad transformada en su cultura,
(costumbres, música, gentes, vida)
pero no es ya la ciudad
del callejero de mi infancia,
no concuerda ya con La Habana de mi vida.
Frank Calle (29/mayo/2019)