Cartas a Valeria (César Espenzer)

César Espenzer

Poeta recién llegado
CARTAS A VALERIA

Estoy, como siempre, sentado en mi escritorio, intentando escribir algo y la historia es la misma, solo se me ocurre tres cosas: café, cigarros y tu nombre. Lo sé, soy increíblemente patético, pero eso ya lo sabías. Al parecer el sol ya no se oculta más en tus costillas, ahora amanece en tus ojos y tu cuerpo desnudo es la lámpara, ¿Sabes qué es lo único malo de esa metáfora? Que la luz ya no brilla cerca de mí. Todo mi alrededor está vacío, difuso, como los vendavales que se llevaron mi aliento y lo convirtieron en ceniza o los nubarrones que arrancaron tus pestañas de mis pupilas. O tal vez no sea eso, simplemente huyes, como siempre lo has sabido hacer...

Además, fuera de toda esa cursilería que suelo escupir por la boca, el aliento de la noche respira nostalgia por mis huesos y yo estoy ebrio de la tristeza que me bebo, cinco copas por día, con mi gran amiga, soledad. ¡Con mil demonios! Estoy maldito de nuevo y me gustaría decirte que eres la única responsable de este asesinato a sangra fría, pero no, supongo que yo soy el entero culpable de si se dio un final a nuestras memorias, después de todo, creo que siempre supe como iba a acabar esta clase romances locos, dadivosos, que no importa nada más que el bienestar del otro, en este caso, tú. Yo siempre te importé una reverenda mierda. Pero ¿Sabes? Al fin descubrí el nombre a esta clase de quereres estúpidos. Pues bien, la historia que los dos formamos podríamos tildarlo de “amores flacos” sí, sí, porque solo venías a clavarme tus besos de alfiler, donde ellos no tenían idea en qué lugar cabían y terminaban fugándose; de piernas delgadas que se enredaban con mis muslos, donde luego yo acababa con cicatrices por tanto punzón que recibía con tu piel; tú eres de esos amores de puro hueso, que son tan delgados como el viento, que cuando los buscaba se las llevaba el tiempo y sus temores. Nuestra historia fue de “amores flacos” que son eternos y fugaces, de esos que matan pero nos hacen inmortales...

Sin embargo, por ahí escuché que el tiempo es la mejor medicina para estos casos de congoja y perfil cabizbaja, pero tu recuerdo está tan cerca que me clavas con tus espinas… Rompiste el cristal de un corazón que puede quebrarse con facilidad, ahora solo están los retazos tirados por doquier…

Pero, vamos, tú mejor que nadie sabes que constantemente he sido un exagerado para toda clase de emociones. Mi papel de ser un seudoartista, frustrado y mediocre, me dice que tengo que serlo a cada instante. Por otro lado, la sensibilidad que expide mi cuerpo multiplica por mil cada sentimiento que invade mi corteza, aunque para serte sincero, creo que en el fondo es que aun me duelen las costuras de los sueños que no tengo… que nunca hubo.

Quisiera pedirte que desaparezcas, que te esfumes de la constelación de mis ojos y dejes de clavarme con tus nudillos, pero me cuesta creer si estoy tan seguro de ello o no. Solo tengo una cosa clara en esta vida, y tal vez hasta tengo dudas de si es cierto, pero quiero escribir y quiero morir escribiendo hasta escupir versos por la boca y la prosa se convierta en poesía, ¡Maldición! Estoy ebrio de los cerezos que trajo conmigo un verso y la nostalgia que me dejó tu partida… pero está bien, si no vas a volver, exijo que te que quedes, cuando menos, en mi memoria y luego te arrancare del recuerdo... No te preocupes yo también sé decir adiós y sé mentir perfectamente al grado de hacerte creer que ya no te necesito.

POSDATA: Qué tontería, ¿no? ¿Cómo se puede echar de menos algo que nunca ha ocurrido?
 
Que bueno que tengas algo claro, por lo menos escribir te ayuda y no lo haces nada mal. Un abrazo
 

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