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Cómplices

ireneadler

Poeta recién llegado
Era un velorio
yo solo estaba frente al muerto, que lívido, parecía decirme que nada importa
todos terminan amarillos.
Entraste violento,
tus pupilas inmensas te hacían ver como un robot
no había fondo, ni brillo en ellas
podías ser tú, o bien un impostor
que me decía vamos, ¿a quién le estás coqueteando?
te decía por favor, no seas estúpido,
¿será que te quiero engañar con un muerto?
Salí a tomar aire,
sabiendo que iba a sufrir esa noche,
me agarraste por detrás,
por un instante sentí un deseo, un temblor de amor,
pensé quizás son ideas,
será algo romántico, me daré vuelta y me dará un beso,
pero no,
la suerte estaba echada,
yo sabía que no tendría un buen fin,
ni el velorio ni mi alma,
me empujaste hacia el callejón oscuro.
Te dije qué te pasa, ¡qué tomaste!
Me dijiste ¿a quién de aquí te quieres comer?
¿a quién vas a agarrarte?
¿o a quién te agarraste ya?
Suéltame dije, no tenía aire,
más apretabas, más apretabas, como una inmensa boa asesina,
sentía que la sangre no me pasaba de la cintura hacia arriba,
te dije suéltame,
suéltame
suéltame
¿qué quieres hacer?
Me dijiste qué quieres tú que haga,
¿que te deje inválida? ¿que te mate? ¿que te ahorque? ¿qué prefieres?
estabas loco, me empujaste con fuerza hacia la pared,
en ese momento salió la gente de las casas,
miraban,
miraban
miraban
miraban
me empujaste otra vez,
sentí que iba a morir ahí, sentí la sangre,
si sacabas algo me matabas
y yo pensaba en mis padres,
cómo decirles desde aquí que de ahora en adelante era el calor de la sangre
la gente mientras tanto miraba,
sin decir nada,
sin decir nada,
sin hacer nada,
logré escapar,
y corriste, como un loco,
la gente bebía alrededor de una fogata
los panderos,
las guitarras,
todo era un contraste, y nadie se percataba de que yo en cualquier momento me transformaba en un segundo cadáver, ¿podía ser?
me empujaste en otro callejón a unas matas con espinas,
no me dolió nada, había otra cosa que me dolía
y estaba adentro,
muy profundo
era un dolor por mis padres,
por mi padre,
solo imaginarlo viendo la escena,
de tus ojos redondos de sangre y odio,
un odio criminal
hacia mí,
hacia mí,
hacia mí,
hacia todas las mujeres,
me llamaste puta,
me gritaste que no valía nada
que me fuera a la mierda,
te grité cobarde,
cobarde,
cobarde,
empujar a un a mujer,
no me importan las diferencias pero eres más fuerte, ¡maricón!
me tiraste al suelo y me dijiste ¡andate a la mierda, no quiero verte nunca más, esto se acabó entendiste? Esto se acabó hurona culiá, puta, ¡ándate a la mierda¡
Se fue…
y me dejó en ese callejón
recién violada,
me violó,
sangré,
mi alma sangró negro
lloré arena eso sentí,
una dignidad ancestral me hizo ir hacia el otro callejón,
ahí estaba todavía la gente
¿por qué no hicieron nada? Les dije tímidamente, casi sin voz. Pudo haberme matado, ¿por qué no me ayudaron?
Porque ellos tienen armas, dijeron.
Porque es peligroso, dijeron.
Es muy violento, dijeron.
Me acerqué al fuego. Todos mis hermanos y amigos estaban ahí, en el ritual del velorio.
El vino corría como sangre
los panderos hacían eco con las poblaciones y las luces de la periferia urbana.
Algunos bailaban y él estaba ahí, cantando cueca.
Se veía feliz, radiante, en la rueda de cuequeros. Mis amigos cantaban con él.
Mis hermanos.
Nadie se dio cuenta de la muerte.
Del difunto.
De los golpes.
Del velorio.
A lo lejos se veía un hombre inmenso, canoso.
Se venía hacia mí, caminando apenas.
Se acercó a mí y me dijo tal vez necesitas un "saque".
Toma un saque.
Toma un saque.
Toma un saque.
Poco a poco el fuego se hacia más grande.
Cantaban más fuerte.
El bebía más vino, cantaba más fuerte
cantaba más fuerte,
cantaba más fuerte.
De pronto los vi a todos como cómplices de la muerte.
 

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