danie
solo un pensamiento...
El día que terminé mis estudios de poesía negra
me propuse hacer un conjuro inusual,
y para escribirlo me fui hasta el fin del mundo.
Ahí mismo, sentado sobre una piedra, escribí...
“Invoco un conjuro que pierda todo el significado del
mundo, que las flores sangren igual o más que los corazones
y que los corazones transpiren una oscuridad como la tinta china
donde todo poeta moje su pluma
y escriba con ella.
Invoco a las musas de la noche
para que el cielo, de ahora en más, mame leche negra
y las nubes no sean otra cosa que fábricas con grandes chimeneas
incineradoras de despojos, huesos y consciencia.
Un conjuro que haga que los árboles
tiemblen aterrorizados hasta volverse fósiles macizos
y que las personas se les parecieran.
Un conjuro que nos distraiga hablando de la existencia de un dios
y nos enceguezca con fetiches y souvenirs
para que no veamos correr y hervir la sangre
a borbotones en el río.
Un conjuro para tener las cabezas vacías
y que cualquiera las pudiera atravesar
con el resuello de las palabras
como un fantasma en un casa abandonada.”
Después me di cuenta que tal vez no estaba en el fin del mundo,
sino sólo en el mundo,
que lo que invocaba no era nada inusual
y que tampoco había necesidad de hacer
un conjuro ya existente.
me propuse hacer un conjuro inusual,
y para escribirlo me fui hasta el fin del mundo.
Ahí mismo, sentado sobre una piedra, escribí...
“Invoco un conjuro que pierda todo el significado del
mundo, que las flores sangren igual o más que los corazones
y que los corazones transpiren una oscuridad como la tinta china
donde todo poeta moje su pluma
y escriba con ella.
Invoco a las musas de la noche
para que el cielo, de ahora en más, mame leche negra
y las nubes no sean otra cosa que fábricas con grandes chimeneas
incineradoras de despojos, huesos y consciencia.
Un conjuro que haga que los árboles
tiemblen aterrorizados hasta volverse fósiles macizos
y que las personas se les parecieran.
Un conjuro que nos distraiga hablando de la existencia de un dios
y nos enceguezca con fetiches y souvenirs
para que no veamos correr y hervir la sangre
a borbotones en el río.
Un conjuro para tener las cabezas vacías
y que cualquiera las pudiera atravesar
con el resuello de las palabras
como un fantasma en un casa abandonada.”
Después me di cuenta que tal vez no estaba en el fin del mundo,
sino sólo en el mundo,
que lo que invocaba no era nada inusual
y que tampoco había necesidad de hacer
un conjuro ya existente.