Pierden corteza los días, a veces
me es permitido el hastío del patio.
Llueve y afuera se lavan los platos.
Siento el acíbar lejano del cedro.
Ni ésta pequeña porción de incerteza
me pertenece al final de la tarde.
Ni su reserva de espanto y milagro
me hace de sombra en las horas de yesca.
Mezcla arbitraria de amaño y torpeza
se abren al mínimo roce mis manos.
Sobre el impávido mármol la rosa.
Luego se agotan, se empastan, se incumplen,
frente al espejo
las mil otredades.
Qué baladí, en la oquedad, lo que guarde,
cuando el derrumbe corrija las notas.
Se hunden los graves narcisos y canto,
su temporal embeleso es estrecho.
Desde el tejado, en lo inerme del sueño:
pardos los gatos, los versos siameses.
La suficiente parcela de olvido.
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