F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
Cuando llegue el día
A mi amada
Cuando llegue el día, que espero,
y se libere, al fin, mi alma
de esta cárcel, que es mi cuerpo,
no quiero ver... ¡ni una lágrima,
en esos ojos! No quiero
ver, tampoco, en tu mirada
ni tristezas ni lamentos.
No te preocupes por nada
que allí, donde iré, no espero
encontrar calles mojadas.
Nadie resbala en el cielo
¡nadie en el cielo resbala!
Tampoco transcurre el tiempo.
Allí no existen distancias,
ni las prisas, ni tormentos,
ni el dejar para mañana
algo que no hayamos hecho.
La vida, ¡mujer!, no acaba
al llegar ese momento,
la "vida" continúa: se afianza
en algún lugar del cielo.
Cuando llegue la llamada,
que reclamará mi cuerpo,
se me abrirán las ventanas
de la libertad... que sueño:
¡a la alegría del alba,
a los puros sentimientos,
a la belleza más mágica
donde el amor es eterno
y el dolor es ya nostalgia
y el cariño más sincero!.
Allí, serenada el alma,
junto a mi padre, (¡qué bueno!)
aguardaré tu llegada.
Allí seguiré el sendero
de la promesa sagrada
que te lancé hace tiempo.
Y allí verás confirmada
la fe de mi juramento
cuando dije que te amaba...
¡en la tierra y en los cielos!
A mi amada
Cuando llegue el día, que espero,
y se libere, al fin, mi alma
de esta cárcel, que es mi cuerpo,
no quiero ver... ¡ni una lágrima,
en esos ojos! No quiero
ver, tampoco, en tu mirada
ni tristezas ni lamentos.
No te preocupes por nada
que allí, donde iré, no espero
encontrar calles mojadas.
Nadie resbala en el cielo
¡nadie en el cielo resbala!
Tampoco transcurre el tiempo.
Allí no existen distancias,
ni las prisas, ni tormentos,
ni el dejar para mañana
algo que no hayamos hecho.
La vida, ¡mujer!, no acaba
al llegar ese momento,
la "vida" continúa: se afianza
en algún lugar del cielo.
Cuando llegue la llamada,
que reclamará mi cuerpo,
se me abrirán las ventanas
de la libertad... que sueño:
¡a la alegría del alba,
a los puros sentimientos,
a la belleza más mágica
donde el amor es eterno
y el dolor es ya nostalgia
y el cariño más sincero!.
Allí, serenada el alma,
junto a mi padre, (¡qué bueno!)
aguardaré tu llegada.
Allí seguiré el sendero
de la promesa sagrada
que te lancé hace tiempo.
Y allí verás confirmada
la fe de mi juramento
cuando dije que te amaba...
¡en la tierra y en los cielos!
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