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Cuando tuve un descanso

León_es

...no soy poeta, solo escribo...
Cuando, por fin, tuve un descanso

fui paseando por el parque, bajo

la tenue luz de una luna creciente

empavonada por ligeras nubes,

en cielo fascinadas del suave hilo,

de cuyo otro extremo, irreal,

alguna estrella en hado, las sujetaba


Luces ambarinas de la urbe durmiente

emulaban una apariencia tridimensional.


Tardíos viandantes regresaban impávidos

perseguidos por su recónditas sombras


Un banco próximo acomodaba una mujer,

la cabeza entre las manos, sin rostro,

osaba meditar inclinada hacia delante


No me atreví a decirle nada, pero

la casualidad ideó que mi móvil

cayera al suelo, justo delante de ella


Casi coincidimos nuestras manos y

adelantándose ella lo cogió, ¡me miro¡.


En su rostro húmedo del llanto, triste

de sublime melancolía, me dirigió,

con la voz entrecortada: ¡disculpe!

¡es su móvil!. Yo lo acepte. Di las gracias.

Reanudé mi camino, me volví a preguntar

¿Necesita ayuda, puedo hacer algo?


Le ofrecí mi mano y ella aceptó,

mas, sin palabras recorrimos la avenida

hasta un café cercano. Ambos conocíamos.

Surgió una amistad y, ¡ahora recuerdo!

¡Hace diecisiete años, quedamos en vernos!

 
Una historia que suscribo mi querido Leo, a veces esas cosas pasan y también a veces trascienden
a pesar de nosotros mismos y de la situación que las generó. Gracias por el momento especial de
estas letras tuyas que tanto disfruto. Besitos cariñosos vuelen a tus mejillas.
 
Cuando, por fin, tuve un descanso

fui paseando por el parque, bajo

la tenue luz de una luna creciente

empavonada por ligeras nubes,

en cielo fascinadas del suave hilo,

de cuyo otro extremo, irreal,

alguna estrella en hado, las sujetaba


Luces ambarinas de la urbe durmiente

emulaban una apariencia tridimensional.


Tardíos viandantes regresaban impávidos

perseguidos por su recónditas sombras


Un banco próximo acomodaba una mujer,

la cabeza entre las manos, sin rostro,

osaba meditar inclinada hacia delante


No me atreví a decirle nada, pero

la casualidad ideó que mi móvil

cayera al suelo, justo delante de ella


Casi coincidimos nuestras manos y

adelantándose ella lo cogió, ¡me miro¡.


En su rostro húmedo del llanto, triste

de sublime melancolía, me dirigió,

con la voz entrecortada: ¡disculpe!

¡es su móvil!. Yo lo acepte. Di las gracias.

Reanudé mi camino, me volví a preguntar

¿Necesita ayuda, puedo hacer algo?


Le ofrecí mi mano y ella aceptó,

mas, sin palabras recorrimos la avenida

hasta un café cercano. Ambos conocíamos.

Surgió una amistad y, ¡ahora recuerdo!

¡Hace diecisiete años, quedamos en vernos!

Momentos que todavia estan presentes en aquella casualidad de encuentro. el
recuerdo asi y todavia valorando aquella amistad nacida de la nada. bellissimo.
saludos amables de luzyabsenta
 

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